La muerte del primer culpable

La muerte del primer culpable

Por Ana Paula Marangoni. Omar Chabán fue uno de los mentores del under rockero porteño más importante de los 80’s y 90´s hasta que en el 2004 Cromañón cambió su historia para siempre. Hoy sigue faltando la verdad que nunca se dijo. 

Omar Chabán falleció el pasado 17 de noviembre a los 62 años de edad.

En 2009 el Tribunal Oral Criminal 24 lo había condenado a 20 años de prisión, pero su defensa apeló y continuó en libertad. Fue recién el 17 de octubre de 2012 cuando cayó sobre él la sentencia a 10 años y 9 meses de prisión por la tragedia de Cromañón, donde murieron 194 personas por un incendio durante un recital del grupo de rock que estaba en el pico de su carrera, Callejeros. Chabán, cumplía arresto domiciliario por su enfermedad desde 2013.

El caso Cromañón, desde sus comienzos, se vio envuelto en múltiples polémicas. La magnitud y gravedad del accidente, sumado a las idas y venidas de la justicia, habilitó y potenció muchas de estas discusiones. La muerte de Emir Omar Chabán, quien abrió y gerenció el espacio Cromañón hasta su cierre, vuelve a colocar la tragedia en el centro del debate.

Desde la noche del 30 de diciembre de 2004, en la que 194 personas (la mayoría jóvenes y menores de edad) murieron a causa del incendio en el boliche República de Cromañón, hubo un derrotero de dictámenes judiciales que duró desde el año 2009 hasta la actualidad, con sentencias y rectificaciones en las sucesivas instancias.

Sin embargo, en todo este tiempo la culpabilidad de Chabán acaso fue lo que logró mayor consenso social, tanto para la justicia como para la opinión general, a pesar de que su situación penal también atravesó transformaciones.

Una tragedia con 194 nombres

Omar Chabán fue el primer acusado, horas después de que la muerte y el horror estallaran en el barrio de Once. Fue detenido y procesado. A los cinco meses de ser carcelado, tuvo 166 días de excarcelación, y luego volvió al penal de Marcos Paz, seguramente más a salvo de los escraches de los familiares de las víctimas. En 2007 lo liberaron. Pero dos años después, lo condenaron a 20 años de prisión, pero la condena quedó sin efecto frente a la apelación de su defensa. En 2011, le otorgaron 8 años de prisión, y luego en 2012, cuando cambiaron la carátula de estrago doloso a estrago culposo –redujendo así la pena- lo condenaron a 10 años y 9 meses. El último cambio en agosto de 2013, la prisión domiciliaria, se producirá a causa del cáncer que lo asediaba.

Que no se repita

La banda Callejeros, también tuvo diferentes reveses. Mientras que el mismo juicio de 2009 condenó a 20 años a Chabán, los integrantes de la banda fueron absueltos. En 2011, se declaró que la banda era responsable y se les dio a los músicos distintas penas. Sin embargo, este año, la Corte Suprema dio la absolución a Patricio Santos Fontanet, Cristian Torrejón, Daniel Cardell y Maximiliano Djerfy.

Otros culpables fueron Raúl Villarreal, socio de Chabán, y Diego Argarañaz, representante del grupo Callejeros, quienes hicieron junto a Omar Chabán el pago de coimas a la Comisaría 7ª para exceder el límite de público presente el día fatídico. Estas fueron recibidas por Carlos Rubén Díaz, subcomisario de la PFA a cargo en aquel entonces de la seccional mencionada.

Los datos son tediosos y difíciles de seguir. Incluso distraen respecto del esquema de responsabilidades. La discusión sobre la culpabilidad o inocencia de la banda, que dividió a familiares de víctimas y a sobrevivientes, fue una de las discusiones centrales. Otro de los debates fue acerca de la cultura del rock: las bengalas, los espacios under de consagración, las posibilidades de las bandas de tocar y poder ganar por su trabajo sin caer en los abusos de dueños de locales que se llevan las mayores ganancias y conforman a las bandas con “algunos mangos” abusando de una situación de poder. Es en esta discusión donde una vez más ingresa Chabán, propulsor desde los 80´s de nuevos espacios para músicos en ascenso, y creador del mítico Cemento, espacio al que acudían todas las bandas y los fans en auge en esa década. Al igual que Cromañón, distaba de ser un lugar en condiciones de habilitación alguna para ese tipo de eventos y para las cantidades de personas que acudían.

Una llaga abierta

Por otro, las discusiones y debates pendientes se abultan, pero lamentablemente pocas de ellos colocaron en el centro de responsabilidad a las autoridades políticas que como tales evadieron todas sus funciones, a la red de coimas institucionales y policiales, en la cual el subcomisario Carlos Rubén Díaz es apenas uno más dentro de una red de ilegalidades legitimada, al por entonces jefe de gobierno porteño Aníbal Ibarra y el ibarrismo, que salió como rata por tirante sin juicio político, y que volvieron a aparecer impunemente en candidaturas políticas años después.

Cuesta colocarlo a Chabán como chivo expiatorio. Para ello debería al menos sostener algún tipo de inocencia. Y debe costar mucho sostener la de un tipo que cerró las puertas de la salida de emergencia con candado para que no haya “colados”, que fue a poner las coimas para que le aprueben el local y que metió cuanta gente pudo sin que le importara la capacidad.

Cuesta colocar a la banda en un lugar de victimización absoluta, cuando el mismo representante de la banda también participó de la “colaboración a voluntad” y cuando de algún modo, siempre se puede decir: “No”. Pero cuesta bastante más saber que hay tantos Ibarras, subcomisarios y Chabanes sueltos, haciendo sus negocios, sus vistas gordas, sus como sí.

Cuesta creer que el 40 por ciento de los pibes y pibas que murieron, fue porque volvieron a entrar esa noche a salvar a sus amigos y familiares. Que el servicio de emergencias fue un desastre y no cumplió con ningún protocolo frente a estos casos. Y que muchas muertes se hubieran evitado, si las ambulancias y el personal “capacitado” para estas circunstancias hubieran llegado a tiempo y actuado en sintonía con la situación frente a la cual se encontraron. Cuesta pensar que las víctimas sobrevivientes y los familiares de los fallecidos, tuvieron una contención sumamente deficiente, y que en soledad, debieron organizarse para que la justicia actuara. Cuesta creer que a todos esos pibes y pibas, los hayan matado tantas veces en una sola noche.

Se fue Chabán y queda flotando el fantasma de muchas sentencias insatisfactorias, una justicia lenta, torpe o malintencionada; responsabilidades políticas que nunca cayeron y se llevaron un día antes de año nuevo a 194 pibes y pibas que habían salido a ver un recital, como cualquier otra noche. Queda la herida social incurable por el dolor que significan todas esas zapatillas apiladas, todos esos sueños y proyectos que no pudieron continuar, todas esas familias y esos sobrevivientes cuya vida ya no pudo ser igual.

Para Chabán, en cambio, no queda nada.