La protesta social frente al nuevo relato “M” y el espejo de Brasil

Por Federico Orchani*

Brasil y Argentina, espejo de la restauración conservadora. Las resistencias, el valor de la unidad y el “problema de la conducción”. 

Primeramente, “Fora Temer”. Mediante este urgente homenaje al pueblo de Brasil y su lucha, comienza esta columna de opinión. Conjurar la realidad Argentina con el espejo de la crisis brasilera suena tentador. Hasta se puede pensar el contexto regional de “restauración conservadora” con los elementos que brinda el arribo al poder político de Michel Temer luego de un “impeachment” plagado de irregularidades para destituir –mediante un claro “golpe blando” de “palacio” o como se quiera llamar– a la presidenta elegida Dilma Rouseff.

Similitudes y diferencias, al menos en el caso argentino, llamativas. Para empezar, el presidente Mauricio Macri, sí cuenta con la legitimidad de origen que su homónimo Temer no tiene. Sin embargo, basta con prestar atención al esquema de ajuste que pretende imponer Temer en Brasil para identificar enseguida el aire conservador que se respira en América Latina. En un artículo para Panamá Revista, Martín Schapiro señala: “si miramos el programa que Temer presentó en el último congreso de su partido, el PMDB, bautizado como “puente para el futuro”, la misión histórica del nuevo gobierno consiste en reformar estructuralmente la economía brasileña, principalmente en el sentido de flexibilizar las condiciones de trabajo y limitar el poder de las organizaciones de trabajadores en la negociación colectiva, y reducir sensiblemente el déficit fiscal a partir del aumento de la edad jubilatoria”. Para muestra basta un botón.

Un punto de encuentro y anhelo común entre el gobierno argentino y sectores del empresariado es sin duda la reducción del costo laboral. Así lo destaca, por ejemplo, Alejandro Bercovich en Diario BAE: “La estrategia que pactó Jorge Triaca con la CGT mientras se negociaba la reunificación de su conducción, es negarse a reabrir paritarias y compensar con bonos de fin de año a los gremios que peor cerraron las suyas, con el argumento de que la inflación se redujo y que lo que se negocia es el futuro y no el pasado. Así se consolidaría el hachazo del salario real que exigen los hombres de negocios para volver a invertir, sin demasiada conflictividad”. En un sentido similar se pronunció el diario La Nación en una elocuente editorial al respecto durante el mes de julio pasado. Dice el diario de los Mitre: “Se requieren modificaciones legales y estructurales, tanto en las reglas de alcance individual sobre el trabajador, como en las que hacen a los acuerdos colectivos”. Eufemismo más o menos, el gobierno y las cámaras empresariales buscan flexibilizar el mundo laboral para así controlar la conflictividad social en aumento y de esa manera “generar las condiciones” para la tan anunciada llegada de inversiones. Un mecanismo claramente extorsivo, el mismo que se usó para intentar justificar el aumento de tarifas. “Es esto o la nada”, “no hay alternativas”, “la herencia recibida”, etcétera. Lugares comunes del ajuste y el nuevo relato “M”.

Maduro, Lula y CFK

La crisis social, económica y política de Brasil es de proporciones y su alcance trasciende las fronteras del vecino país. Envalentonados con la caída de Dilma, en el contexto de una fuerte crisis económica y social, la Mesa de Unidad Democrática (MUD) que articula la oposición conservadora de Venezuela jugó su carta fuerte el pasado jueves con una masiva movilización por las calles de Caracas en reclamo de un referéndum revocatorio. El “apuro” de la MUD tiene que ver con que si consigue que el referéndum se haga durante el año en curso y el gobierno de Maduro es derrotado, deberá convocar a elecciones anticipadas. Si el referéndum es el año próximo, Capriles, Ramos Allup y compañía pierden esa chance ya que Nicolás Maduro en caso de ser derrotado dejara la presidencia pero el chavismo seguirá al mando del ejecutivo. El gobierno de Maduro y el “chavismo popular” respondieron ese mismo día con una masiva movilización por las calles de Caracas, cristalizando una especie de “empate simbólico”. Final abierto.

La deriva política de la crisis regional también alcanza a los líderes más importantes de la década pasada. En Brasil, las acusaciones de corrupción sobre Lula, el PT y el escándalo del Lava Jato pesó claramente en la destitución de Dilma Rouseff. En Argentina, Cristina Fernández enfrenta acusaciones y problemas similares. Una agenda judicial y mediática que la complica. El objetivo quizás sea compartido, en caso de no comprobarse las acusaciones que pesan sobre ellos, que el desgaste sobre sus figuras y legitimidad compliquen sus chances de liderar la oposición o tener éxito en próximas elecciones. La derecha juega sus cartas pero, tanto Dilma como CFK son en parte responsables de la propia crisis. El PT gobernó aliado a sectores de la derecha o centro derecha, el agro negocio y el capital financiero. El kirchnerismo en argentina no supo, no pudo o no quiso atacar los pilares estructurales de la desigualdad social que aun hoy sobreviven en la Argentina, pavimentando mediante una serie de medidas y malas decisiones –que no son motivo de este artículo–, el camino al gobierno a Mauricio Macri.

Un reclamo contundente

La Marcha Federal hacia Plaza de Mayo el pasado viernes 2 de septiembre expresó de manera contundente el descontento creciente hacia las políticas de ajuste del gobierno nacional. Convocada por la CTA de los Trabajadores y a la que se sumaron sectores de la CTA Autónoma, la Corriente Sindical Federal de la CGT, sectores del sindicalismo combativo, organizaciones sociales y políticas, la marcha fue una verdadera convocatoria de alcance nacional y con gran masividad pone de relieve por un lado el valor de la unidad y por otro, tal como dice Horacio Verbitsky en Página 12 el “problema de la conducción”, cuestión para nada secundaria.

Las diferencias son notorias, los debates atraviesan a las diferentes fuerzas políticas y organizaciones de la Argentina. El kirchnerismo por un lado, ya no es la fuerza hegemónica. De hecho, la marcha del pasado viernes convocada por la CTA que lidera Hugo Yasky, dirigente fuertemente ligado al gobierno anterior, contrastó claramente con la “Marcha de la Resistencia” cuya convocatoria fue menor y políticamente sesgada. El lema no era contra las políticas de ajuste de Cambiemos sino “Cristina conducción”, mirando más la interna del peronismo que la convocatoria frentista para resistir la ofensiva macrista. Las dificultades que enfrenta la fuerza política que gobernó la Argentina la década pasada son evidentes. No solo la propuesta del “Frente Ciudadano” no termina de cuajar, las expresiones que conforman el llamado a construir una “Nueva Mayoría” gozan de poca legitimidad. En una actividad reciente en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA participaron de un debate el ex ministro de economía Axel Kicillof junto al actual intendente de Merlo, Gustavo Menéndez, que el pasado mes de febrero desalojo salvajemente un terreno ocupado por miles de familias que reclamaban una vivienda digna. El futuro el kirchnerismo aparece más ligado al camino que ya empezaron otros, como el Movimiento Evita o el grueso de los dirigentes de la unificada CGT, es decir, la construcción y negociación dentro del peronismo y la disputa con referentes como Massa, Randazzo y otros que garanticen llegar con chances de vencer a Cambiemos en las próximas elecciones de medio término.

La crisis del kirchnerismo y el reordenamiento hacia dentro del peronismo señalan el camino para la intervención de nuevos y renovados actores en la escena política. Un entramado de organizaciones sociales y movimientos populares, fuerzas políticas de izquierda y del sindicalismo combativo han ganado protagonismo en el último tiempo a base de presencia en el conflicto social, algo que desvela al gobierno: el control de la calle. Es cierto que no se trata de un “espacio” homogéneo, las diferentes fuerzas políticas tienen características, recorridos y objetivos diversos imposibles de abarcar en estas líneas. De hecho, la forma de participación en la Marcha Federal generó discrepancias. De las fuerzas políticas que componen el Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) el Partido Obrero priorizo la “delimitación” que la crítica al ajuste macrista. Actitud similar adoptaron sectores del sindicalismo combativo que hicieron un acto previo en el obelisco donde intervinieron referentes del sindicato del neumático SUTNA, docentes de Ademys y SUTEBA’s que no responden a la dirección de Baradel para luego movilizar en una columna “independiente” con críticas a la burocracia convocante a la marcha. El PTS no participó de la marcha por considerarla de carácter patronal aunque si del acto en el obelisco a través de agrupaciones sindicales de las que forman parte varios de sus militantes.

Otro grupo de organizaciones como el Frente Popular Darío Santillán, Izquierda Revolucionaria, MULCS, FPDS-CN junto a la Corriente Político Sindical Rompiendo Cadenas, la Federación de Aceiteros, seccionales de ATE combativas y el SUTEBA de Bahía Blanca participaron de la movilización con consignas propias aunque priorizando la “unidad de acción”. Además confluyeron con el grupo de organizaciones y movimientos como AGTCAP, el FOL y otros que acamparon el día anterior en Puerto Madero.

En el gobierno acusaron el golpe. El ministro Triaca se apuró a decir que fue una marcha de “características políticas”. La masividad de la convocatoria no solo le mete presión a la dirigencia de las principales centrales sindicales para la toma de medidas más contundentes, habla por sí sola del malestar que existe en miles de trabajadores ocupados y desocupados que son los sufren cotidianamente las consecuencias de las políticas regresivas del gobierno de Macri.

La unidad en la calle para enfrentar las políticas de ajuste del gobierno de Cambiemos parece una tarea de primer orden. Existen “problemas de conducción” y si bien es atendible la necesidad de “delimitarse” de sectores de la burocracia y la política reformista, no se debe perder de vista el problema principal: cómo enfrentar con éxito las políticas reaccionarias del gobierno de Cambiemos en Argentina como parte del giro conservador en América Latina. De lo contrario existe el riesgo de caer en una política sectaria y aislacionista inconducente en el contexto actual. Promover hoy una política de unidad, que masifique la lucha en las calles es una tarea central para la construcción de un proyecto realmente alternativo y emancipatorio que tenga proyección en el mediano plazo.

*Militante del Frente Popular Darío Santillán