La protesta social no es delito

Fotos por Nayko Fotos / Texto por Redacción Marcha

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Así reza el cartel en la puerta de la carpa que precede el acampe por la liberación de Milagro Sala, dirigente de la agrupación Túpac Amaru, en Jujuy.

El sábado 16 de enero, Sala fue detenida y acusada de los cargos de “tumulto e incitación al delito” en el otro acampe, el que llevaban adelante en la plaza de la capital jujeña mientras exigían iniciar un diálogo con el nuevo gobierno para mantener las reivindicaciones conquistadas por las cooperativas de trabajo.

En principio, una condena relacionada con la protesta social y la ocupación del espacio público. Unos días después, de Gerardo Morales sumó nuevos cargos, “malversación de fondos públicos y asociación ilícita” y la fiscal Liliana Montiel le negó la excarcelación.

Si bien sucedió en una provincia del norte, parece ser que la política se cocina en Capital, y así lo entendieron diferentes organizaciones sociales relacionadas con el kirchnerismo establecieron carpas en el centro porteño. La fuente que supo ser refresco y remojada de pies para aquel octubre caluroso de 1945 es un pequeño desierto céntrico por estos días.

Mientras, Morales es respaldado por el presidente Mauricio Macri a tan sólo unos metros, en el mismo despacho de la Casa Rosada.  Y en paralelo el ministro del Interior, Obras Públicas y Vivienda, Rogelio Frigerio, habla de “empezar a aprender que los derechos de uno terminan cuando empiezan los derechos del otro”, en alusión a cortes de ruta y protestas sociales.

No miden con la misma vara, claro está, que el derecho de un Gendarme a la circulación termine cuando un grupo de niños baila murga en el Barrio 1-11-14, Bajo Flores. Ahí sí la represión y las balas de goma o de plomo no saben de infancias ni de bombos, ni de saltos previos a los carnavales. Ese derecho no cuenta porque los derechos pierden fuerza cuando se trata de villas, de pobres o de jóvenes (y, parece ser, también de niños y niñas).

Mientras, un acampe allá, otra campaña por acá, una asamblea en otro lado y un festival más hacia otro, van perfilando un cúmulo de voluntades que no se acostumbran a atropellos, despidos ni decretazos. Y a la penalización de la protesta social, tampoco.