La vida por el capital: morir en el taller

Por Francisco J Cantamutto/ Fotos Por Natalia Polito

Después de la trágica muerte de dos niños en un taller clandestino en Flores, las líneas que siguen reflejan que, penosamente, no se trata de una anomalía, sino del modo de funcionamiento de la industria textil en la periferia.

 

La vivienda en la que fueron encontrados Rolando, de 5 años y Rodrigo, de 10, oficiaba, además de hogar, de taller textil clandestino. ¿Qué significa esto? Significa que la familia de Esteban Mur, el padre de los niños, habitaba apiñada en el mismo lugar donde trabajaban. Hacinados, sin ventilación ni higiene, cinco personas cumplían jornadas desde las 8 de la mañana hasta las 10 de la noche, confeccionando prendas de vestir para un empresario. Al precio de 5 a 6 pesos por prenda, lograban obtener hasta 700 pesos por día: de ahí debían salir los pagos de alquiler y luz (un costo importante en esta actividad), y el resto se repartía entre los cinco. Los niños vivían en ese lugar porque era la única forma de costear el alquiler, y de estar cerca de una escuela a la que pudieran asistir. De hecho, según el relato del padre, la comunidad escolar fue la que se movilizó en apoyo con mayor rapidez: ninguna autoridad lo hizo.

Mur señaló que desde hace 15 años trabaja en esta situación de absoluta precariedad, lo que sirve de muestra para ejemplificar el carácter estructural de la actividad. La falta de oportunidades de trabajo formal es la norma: cerca de un tercio de los trabajadores en el sector privado continúan carentes de acceso a las condiciones de legalidad que la ley establece como obligatorias. El desempleo, aunque se redujo de valores insólitos, se encuentra estable por encima del 7% de la población económicamente activa desde 2007 a esta parte. Es decir, el mercado laboral ha demostrado su incapacidad de ocupar la fuerza de trabajo, y más aún, de hacerlo en condiciones dignas.

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Trabajo superexplotado

El taller clandestino es más que una situación personal de ocupación. Tiene un rol específico en el sistema de acumulación.

Se trata de una forma de trabajo típica de la etapa de formación del capitalismo industrial en los países centrales, cuando campesinos elaboraban artesanalmente mercancías para compensar su creciente empobrecimiento. El trabajo desde el hogar y el pago a destajo ahorraban a los capitalistas costos de supervisión y de acondicionamiento del lugar de trabajo. Así comenzó la revolución industrial, de la mano, justamente, de la producción textil. Esta forma de organizar el trabajo fue paulatinamente desplazada con la emergencia de la gran fábrica, la imagen arquetípica de la industria moderna.

Hace ya un tiempo que la periodista Naomí Klein registró extensamente cómo se reorganizó el proceso de trabajo en el mundo, y fue particularmente enfática respecto de la industria textil. En su libro No logo llamó la atención sobre el hecho de que las empresas mundialmente más conocidas de la rama en cuestión no producían ningún artículo por sí mismas. Estas marcas líderes se enfocaban en el marketing y el diseño, tareas realizadas en los países centrales, y dejaban la producción material a un conjunto gigantesco de fábricas en la periferia global. Estas fábricas empleaban personas sin las garantías del mundo “desarrollado”, abaratando el producto y agrandando así el margen de ganancia para la empresa dueña de la marca. Se multiplicaron entonces las plantas en Asia y América Latina, que terminaron proveyendo de fuerza de trabajo barata al mundo.

Pero más aún, gracias a las reformas estructurales que permiten el outsourcing –el abastecimiento externo– incluso estas empresas de la periferia pueden subcontratar tareas en emprendimientos más pequeños, más difíciles de registrar. Aquí es donde vuelven a aparecer los talleres de hacinamiento para la producción textil: el eslabón más débil de una larga cadena de producción, que no pocas veces termina en el glamour de las pasarelas internacionales. Los talleres clandestinos no son una anomalía: son la forma misma de organizar el proceso de trabajo en el mundo. Se trata de una rama industrial de elevada integración global.

Las ganancias de las economías centrales se sostienen en el empobrecimiento de los países dependientes. La relación es de mutua implicancia.

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Argentina para armar

La industria textil en la Argentina emplea unas 400.000 personas, de las cuales el sindicato de la confección sólo tiene registradas unas 30.000. Del resto no sabemos si tiene protección legal alguna. La Alameda ha denunciado la existencia de unos 3.000 talleres clandestinos sólo en la zona sur de Buenos Aires, lo que constituye un gigantesco contingente de personas integradas a la ciudad como habitantes de segunda o tercera: ni siquiera se puede afirmar que sean ciudadanos en esta condiciones, pues su situación se acerca a la esclavitud moderna. No en vano suelen aprovecharse de trabajadores inmigrantes, para explotar su condición de indefensión.

La misma fundación estima que cerca de un 78% de la indumentaria usada en la Argentina se produce en estos talleres. Las denuncias ante las autoridades caen en el vacío. Tanto pequeños negocios como grandes marcas se abastecen en esta cadena. Para estas últimas, los vínculos directos pueden ser un problema (como se le hiciera claro a Juliana Awada, esposa del candidato Macri), por lo que no pocas veces aprovechan grandes ferias como La Salada para abastecerse.

La expansión de la industria durante el kirchnerismo no ha escapado a estas tendencias. Apoyada en ventajas obtenidas del procesamiento de recursos naturales abundantes, han crecido la industria de alimentos y bebidas o la química y petroquímica. La industria textil debe competir globalmente, sin esa ventaja, y por eso ha perdido participación en la industria durante esta década. Y por eso presiona una y otra vez por devaluaciones que la protejan de la competencia global: uno de sus conocidos lobistas es Ignacio de Mendiguren, Ministro de Producción de Duhalde y hoy diputado por el Frente Renovador. En los últimos dos años, la industria ha caído, reforzando esta presión: para emplear, se requiere abaratar salarios. Y si la inflación no es mecanismo suficiente, la clandestinidad seguramente lo sea.

La muerte de Rolando y Rodrigo tiene responsables directos en las autoridades de la Ciudad que no se encargaron de inspeccionar, pero también en el gobierno nacional, por la incapacidad de modificar la estructura económica de explotación y el lugar periférico del país. No hay excusas.

jUAN