Las dos caras argentinas frente al Golpe de Estado en Bolivia

Se cumplen cinco meses del golpe propinado al gobierno encabezado por Evo Morales en Bolivia. A continuación, analizaremos el recorrido de Argentina en materia de política exterior de cara a este suceso.

Por Agustín Bontempo / Foto por Jorge Saenz

El 10 de noviembre de 2019 se llevó adelante otra de las ofensivas de la derecha continental: el golpe de Estado en Bolivia. La situación fue un escándalo. El 20 de octubre Evo Morales se imponía en las urnas aunque aparecieron denuncias de irregularidad en el conteo producto de la demora en comunicar los datos oficiales. Más allá de que no es motivo de análisis en este artículo, es importante destacar que no solo el Tribunal Superior Electoral (TSE) avaló el resultado que le dio la victoria al oficialismo por más del %47 frente al %36 de Carlos Mesa, sino que diversos organismos internacionales y veedores respaldaron esta posición. Además de las derechas neoliberales y fascistas como Jair Bolsonaro en Brasil, fue la Organización de Estados Americanos (OEA) quien cuestionó el proceso, en sintonía con su política histórica al servicio de Estados Unidos.

El escenario de crisis política que se abrió trató de ser cerrado por parte de Evo Morales y el MAS, incluso llamando a repetir las elecciones, situación que no ocurrió. El ejército “instó” a renunciar a Morales y en una alianza con parte de la burguesía nacional, la oligarquía y de la derecha cristiana tradicional, se llevó a cabo el golpe que colocó en el poder de facto a Jeanine Áñez.

La complicidad macrista

Del gobierno que nada se esperaba, nada hizo. O nada bueno, para ser claro. Consumado el golpe de Estado las dos principales figuras de cara a la política internacional fueron elocuentes. Jorge Furie, canciller por aquella época, afirmó que “No están los elementos para definir esto como un golpe de Estado”. Además, agregó que “Creemos que es muy importante el rol de las fuerzas armadas y las fuerzas de seguridad para continuar la vida institucional de Bolivia”. Se refería a las mismas fuerzas que garantizaron la efectividad de la destitución de Evo Morales y que en esos días iniciaban una escalada represiva brutal contra el conjunto de la población. Finalmente, nunca pareció que se sintiera inquieto por la sucesión de renuncias de las principales figuras del gobierno: “Todavía la situación de Bolivia pasa por un impasse donde la renuncia del presidente, el vicepresidente, el presidente de la Cámara de Diputados, y la Cámara de Senadores, llega a la asamblea legislativa que será la que deba decidir quién debe asumir, que recién va a ocurrir mañana. Es muy importante que pueda ocurrir porque es el paso correcto en lo que nosotros creemos, que es el desarrollo con los mecanismo constitucionales establecidos”.

Por su parte, el entonces presidente Mauricio Macri –que ya estaba terminando su ciclo luego de la derrota electoral en manos de Alberto Fernández-, aseguró sentirse “preocupado” por la “situación” de Bolivia y evitó hablar de golpe de Estado o cualquier cosa que se pareciera. No repudió la asunción del gobierno de facto, no cuestionó la represión ni brindó ningún tipo de apoyo a Evo Morales, naturalmente. Sin embargo, Macri no necesitaba de mucha exposición en su propia transición ya que no solo Furie había establecido la posición oficial sino que el ex presidente, referente del Grupo de Lima nacido en 2017, estaba bien amparado por esta institución.

El Grupo de Lima está compuesto por la mayoría de los países que están bajo gobiernos de derecha o, como en el caso de Venezuela, que luego de la intentona golpista de Juan Guaidó, este fue recibido con los brazos abiertos como un actor más en el espacio político. Además, el Grupo de Lima tiene el apoyo de, obviamente, la OEA.

Este rejunte de neoliberales, conservadores, fascistas y golpistas, tuvo un rol destacado en la consumación del golpe de Estado en Bolivia que, luego de respaldos y posicionamientos, trepó a su máxima expresión el 22 de diciembre de 2019, cuando incorporó al gobierno de facto de Áñez.

El nuevo ciclo político argentino

Alberto Fernández, que el 10 de diciembre inició un nuevo gobierno en el país, se mostró muy activo desde un primer momento, teniendo en cuenta que si bien no había asumido, ya era victorioso en las elecciones nacionales. Ni bien se llevó a cabo el golpe, lo denunció como tal, brindando un apoyo explícito a Evo Morales.

El 12 de diciembre, el presidente legítimo de Bolivia llega a la Argentina en calidad de refugiado, en otro signo destacado de apoyo político. Durante su estadía en nuestro país, Morales sostuvo reuniones con diversos funcionarios, incluyendo al propio presidente, además de tener una presencia destacada en medios de comunicación y encuentros sociales y políticos.

Finalmente, Fernández dio su apoyo público al informe del Instituto Tecnológico Massachusetts (MIT por sus siglas en inglés) que avaló la victoria electoral de Evo y el MAS en Bolivia. El presidente afirmó que “El informe difundido, critica con singular dureza, por su inconsistencia, la auditoría realizada en esa oportunidad por la OEA que concluyera en afirmar la existencia de irregularidades en la elección que ahora se reivindica” y agregó que “Como siempre señalé, en Bolivia se violentó el Estado de Derecho con el accionar de las Fuerzas Armadas y sectores de la oposición al entonces presidente y con la explícita complicidad de la OEA que estaba llamada a velar por la plena vigencia de la democracia”.

Es importante destacar que Alberto Fernández integra el Grupo de Puebla que nació en julio de 2019 y que desde su elección como presidente de Argentina, ocupa un rol destacado en dicha institución.  La mención se debe a que, en oposición al Grupo de Lima, este espacio respaldó a Evo Morales y pidió por el respeto al orden institucional puesto en discusión por el golpe de Estado.

Las contradicciones del gobierno

No todo es crítica frontal al golpe y apoyo inclaudicable a Evo Morales. Señalaremos dos aristas al respecto: por un lado, el rol de Felipe Solá como Ministro de Relaciones Exteriores y, por el otro, el lugar que ocupa Argentina en el mapa institucional del continente.

En sintonía con su trayectoria política, Solá se ha mostrado muy versátil en su nueva obligación. Por ejemplo, pudo mostrarse activo en las relaciones con el Brasil de Jair Bolsonaro, donde pudo acordar en la mantención “de un rol estratégico de Mercosur”, organización que excluyó a Venezuela del proceso de incorporación por sus diferencias políticas con Maduro. Sin embargo, ha dicho que tiene divergencias sobre el país caribeño porque Argentina “no reconoce al gobierno de Guaidó”, aunque sí está de acuerdo con Bolsonaro sobre que Maduro lleva adelante un régimen autoritario. Bueno.

Particularmente sobre Bolivia, Solá supo acompañar la posición oficial de repudio al golpe de Estado y asilo a Morales, pero, aseguró que no querían que Evo Morales use su lugar para tomar posiciones políticas: “Queremos de Evo el compromiso de no hacer declaraciones políticas en la Argentina . Es una condición que le pedimos nosotros. El grado de libertad es una cosa, y el grado de compromiso político es otra”. Bueno.

Está claro que en el marco de la aceptación de que lo acontecido en Bolivia es un golpe de Estado, el mayor despliegue posible de política por parte de Morales, es sumamente importante y necesario.

Pero esto no es todo. Unas líneas atrás destacábamos qué es el Grupo de Lima y su posición entorno a Bolivia, así como también del Grupo de Puebla. Reforzamos el aspecto de sus respectivas composiciones: Puebla es mayoritariamente de figuras mientras que el de Lima es especialmente de gobiernos.

El Grupo de Lima no nace de la nada. Es una respuesta al ciclo progresista que vivió América Latina durante los primeros 15 años del milenio. Por supuesto, no omitimos que Hugo Chávez accedió al poder en 1998 y que estos años no fueron lineales a nivel continental, pero mientras ese ciclo comenzaba a agotarse, algunos países iniciaban nuevos procesos políticos que estarían muy lejos de la UNASUR o la CELAC. Es decir, el compendio de gobiernos de derecha (con sus matices, claro), se daba un espacio de organización.

Nuestro país bajo la gestión de Alberto Fernández no abandonó este grupo. Es decir, más allá de las posiciones públicas, el gobierno actual sigue integrando un espacio político de peso que apoya explícitamente el golpe de Estado en Bolivia, la gestión de facto de Áñez e incluso la dilatación y a todo el procesos prácticamente ilegal que se viene llevando delante de cara a futuras elecciones.

Está claro que el señalamiento no es de cara a un supuesto apoyo al golpe por parte del gobierno argentino, se ha dado cuenta de todo lo contrario. De hecho al interior del Grupo, Argentina ha tenido diferencias con las posiciones públicas sobre Venezuela. Pero ante determinadas coyunturas, hay grises que no son saludables. Esa versatilidad de la que hablábamos sobre Solá, también se muestra en este punto que, sin duda, puede llegar a ser un límite de cara a posiciones y hechos políticos más enfáticos en favor de la democracia en Bolivia.

La situación actual enmarcada en la pandemia del coronavirus generó diversos niveles de incertidumbre en todo el mundo, incluido Bolivia por supuesto. Sin embargo, el gobierno de facto ya ha dado muestras de hacer un aprovechamiento de la situación para dilatar aún más el estado de excepción. Está claro que la expectativa es que el gobierno argentino mantenga una línea de repudio a la gestión de Áñez y al golpe, de apoyo a Evo Morales en su condición de presidente legítimo y aportar firmemente a la transparencia del proceso electoral que debe llevarse adelante. Los grises y la tibieza en ese escenario, no es una opción.