Las encuestadoras y el arte de las adivinanzas

La falta de una perspectiva clasista puede arruinar al mejor de los análisis. Y las ¿bienintencionadas? encuestadoras lo saben mejor que nadie. Los cálculos tan imprecisos sobre los resultados de los comicios, ¿son operaciones o impericias? 

Por Mauricio Castro | Foto: Urgente24

La debacle de la economía argentina se explica, en parte, por componentes que llevan al menos medio siglo: la dolarización, la desindustrialización que presiona a que se importen bienes que no se producen con moneda local, la extranjerización de ramas productivas claves. Hubo, a su vez, medidas adoptadas violentamente apenas asumió Cambiemos. Liberalizaron la liquidación de exportaciones y desregularon el flujo de capitales especulativos. Ambas medidas respondieron a favorecer a los aliados estratégicos del gobierno: el capital agroexportador y capital financiero local y transnacional.

La astrología se encarga de mencionar algunas condiciones de partida para luego sostener su descripción del comportamiento. Casi siempre son justificaciones a posteriori:

– ¿Sos de Sagitario?

– No, Acuario.

– Con razón.

Desde luego que es problemático esquematizar en axiomas doce identidades, además de pasar por alto las condiciones sociales e históricas, por no mencionar lo incomprobable de que la posición de Júpiter o el mes de nacimiento puedan influir en que se prefiera a las artes por sobre las ciencias duras a la hora de elegir una carrera.

Muchos análisis de discurso demuestran que el arte de la adivinanza consiste en vociferar de modo ambiguo aquello que quien escucha, más o menos supone que puede sucederle. No es casual que el sociólogo Pierre Bourdieu tomara al discurso astrológico como objeto de análisis para estudiar el poder que la sugestión tiene, en condiciones de desesperación, en sujetos con escaso capital político y sociológico. Tal vez por eso, él mismo supo criticar a las tecnologías con que se recababan los sondeos de opinión.

A partir de una compleja forma de estudiar la opinión pública en cruce con las condiciones económicas, ya en la década de 1980, Pierre Bourdieu y Patrick Champagne cuestionaron la validez científica del método de los sondeos de opinión.

Sin ser exactamente lo mismo que los sondeos electorales, las críticas tienen equivalencias. “La probabilidad de tener una opinión está desigualmente repartida. Por no tomar en serio este dato de hecho, en más de un caso los institutos de sondeo, lejos de limitarse a recibir opiniones preexistentes, producen, hasta el último detalle, una ‘opinión pública’ que es en realidad un puro artefacto”, analiza el sociólogo francés en su ensayo Intervenciones políticas.

¡Cuánto periodista repitiendo la frase “es la economía, estúpido”! El marketing no es la única variable en las elecciones y hacer encuestas por teléfono a mil personas no es representativo. Son muchas las variables sociológicas influyentes y, como dijo allí Bourdieu, al igual que el capital económico, la posibilidad de tener una opinión se encuentra desigualmente repartida. Con eso Bourdieu muestra bastante porqué fallan las encuestas que, reconociendo los límites de preguntar demasiado directamente, apelan a dobles sentidos asociables para conocer las preferencias de quien responde.

Al revisar la ficha completa que se publica de las encuestadoras, se entienden mejor los errores que denunciaba Bourdieu. En El horno está para bollos, programa radial de Radio Con Vos, Marcelo Zlotogwiazda frecuentemente leyó resultados de encuestas y, en ocasiones, señaló detalles sobre los modos de medición. No es necesario nombrarlas (en www.pjn.gov.ar puede accederse a las decenas registradas); fueron muchas a las que el periodista recurrió y a cuyos directivos entrevistó. Hasta el más grande banco brasilero realizó sus encuestas, también con errores de cálculo que hacen pensar que más que otra cosa querían influenciar la opinión pública, con la consecuente pérdida de confianza de sus clientes en relación a cómo administra los ahorros en sus cuentas.

Lo que se encuentra, además de lo limitadísimo del número y el canal que adoptan para el muestreo, es que a ese error de enfoque se le pueden trazar paralelos con todos los otros análisis que permanentemente hacen: sobre los motivos de la inflación y las recetas paliativas, sobre las oscilaciones del dólar, sobre cómo se produce la ganancia.

¿Errores u operaciones discursivas?

En esa desigualdad para el análisis, también el periodismo sicofante mostró hoy sus limitaciones para entender los movimientos económicos del lunes pos-electoral. Aquí no achacamos en igual medida a Zloto: en algunas pocas voces, por fin, se escuchó que nombraron a la fuerza ejercida por el gran capital financiero (los mal llamados “grandes inversores”), amigo íntimo de las medidas de política económica adoptadas por la gestión Macri.

Por mucho que les pese a Espert y a Milei, las medidas de Macri fueron liberalismo. Dirán que fue mal aplicado y así salvarán la bandera y de paso evitarán mencionar lo que provoca liberalizar el flujo del capital financiero en una región de mercados dependientes (con insumos dolarizados).

No fueron los “pequeños ahorristas” quienes el lunes compraron millones y millones de dólares, retiraron sus activos en dólares, liquidaron sus bonos públicos. Los mismos millones que prestó el FMI y con los que se financió por más de un año la fuga de capitales. No fue “la desconfianza de los mercados”, tampoco tormentas o la impersonal “crisis” causando una nueva suba, ni mucho menos “la gente”; es la alianza de clase entre la gestión Macri (más integrada por nativos de clase del negocio dinerario, que del negocio del capital productivo) con el sector agroexportador, hidrocarburífero y el capital financiero transnacional.

De enero de 2018, cuando el dólar estaba a $16,50, a la fecha, que cerró la jornada de ayer a un valor de $62, sí es correcto decir que una cantidad importante está integrada por compras inferiores a los ciento cincuenta mil pesos. Pero cada vez que se duplicó el precio de la divisa en unas pocas jornadas, la composición de la alta demanda de dólares estuvo a cargo del gran capital financiero y los grupos empresarios locales.

Lo que aquí se dice es de tan simple fundamentación que parece perogrullo. Pero dado que la mayor parte de los análisis no hacen más que decir obviedades del tipo “sube el dólar porque hay más demanda” y “hay más demanda porque no hay confianza en el peso”, es necesario un enfoque que considere los intereses de clase. Buena parte de los economistas prefieren invocar a una “profecía autocumplida”. Dicen: “la derrota de Macri provocó la suba del dólar”, repitiendo la bizquera cortoplacista del aún presidente.

Hay fondos comunes de inversión, se sientan a la mesa entre partes y con representantes del Gobierno, sí y sí a todo eso, pero en el horóscopo de la clase financiera, cuando el cosmos financiero está liberalizado, prima la gravedad de otros dos planetas: easy money, ante todo, y entrar tarde/temprano o salir tarde/temprano, según lo que crean que hará el capitalista de al lado. Máxime cuando un capitalista es un mega-fondo de España, el otro es de Estados Unidos, otro un amontonamiento entre Sudáfrica, Australia, Israel, etcétera –es decir: holdouts, capitales golondrina, fondos buitres y todas esas denominaciones aladas–. Sí, los capitales financieros son votantes de Macri, pero no hacen más que obedecer a la lógica que los fondos especulativos tienen casi siempre y en todos lados.

Desde luego que no ayudó la campaña de hacer creer que Fernández es Maduro, democracia o autoritarismo, pero conviene no hacer como las encuestadoras: mejor primero comprender el sistema en que se articula la lógica de los actores.