Las huelgas en la región pampeana y los bandidos rurales

Las huelgas en la región pampeana y los bandidos rurales

Primer Comité de la Federación Agraria Argentina

Por Ezequiel Adamovsky. Continuamos con la serie de Fragmentos de historia popular*. Esta vez, dedicado a la tercera entrega de las luchas sociales en el campo argentino.

Si bien en la región pampeana no se registraron episodios de represión tan brutales como los que hubo en el noreste y en la Patagonia, también hubo allí gran agitación.

Aunque desde muy temprano existieron movimientos locales de pequeños agricultores, las entidades gremiales de importancia sólo se organizaron en la primera década del siglo XX. Por entonces, llegaba a su fin el ciclo expansivo del modelo agroexportador y las tensiones por la distribución de la renta agraria se hacían sentir como nunca. Los grandes estancieros y acopiadores de cereales trasladaron sobre los productores más débiles los costos del agotamiento. En ese contexto comienza en la década de 1910 una serie de conflictos sociales que tienen como protagonistas a los chacareros, pequeños arrendatarios que en su gran mayoría eran inmigrantes o primera generación de argentinos.

En 1912, como parte del movimiento huelguístico de mayor alcance hasta entonces, conocido como el “Grito de Alcorta”, confluyeron en la Federación Agraria Argentina (FAA), que sería la principal asociación del sector en los años por venir. Los reclamos de los chacareros en esta época estaban enfocados en la defensa contra los abusos de terratenientes y empresas comercializadoras. Demandaron modificaciones en el régimen de propiedad y tenencia de la tierra, créditos accesibles, mejoras viales, mecanismos arbitrales para las disputas con los terratenientes, exenciones impositivas, rebajas en los cánones de arriendo, etc. El horizonte político era el de una reforma agraria que diera la tierra en propiedad a quienes la trabajaban realmente.

Luego de 1912, la FAA participó en intensos movimientos huelguísticos entre 1919 y 1921 que concluyeron cuando, tras una marcha multitudinaria que por primera vez los mostró en la Capital, consiguieron la sanción de una Ley de arrendamientos. En 1927 tuvieron un papel central en la importante huelga cañera en Tucumán y, luego de la crisis de 1930, intervinieron enérgicamente en defensa de los arrendatarios desalojados por falta de pago. En esa época la FAA tenía más de 400 filiales en diversas regiones del país, que representaban a cerca de 33.000 asociados. Sus huelgas, asambleas locales y manifestaciones de 1933 serán la última expresión del período combativo de la entidad. Por entonces se consolidaba un cambio económico de largo plazo, por el que muchos arrendatarios finalmente se hacían dueños de sus parcelas, convirtiéndose así en pequeños o medianos propietarios.

La región pampeana fue también testigo de luchas no menos importantes de braceros y peones rurales. Ya en los primeros años del siglo XX los socialistas y anarquistas habían intentado extender la organización sindical al campo. Aunque consiguieron fundar algunas asociaciones, resultaron de vida efímera. No es que no hubiera conflictos laborales, pero en general, en esta época de relativa prosperidad y salarios altos, se manifestaban y se resolvían en el plano local.

Las primeras huelgas de trabajadores rurales más o menos extendidas datan de 1912, pero el primer movimiento huelguístico realmente notable debió esperar a 1918-1922. Sus reclamos eran variados: los de la siega pedían una jornada “sólo” de sol a sol, la supresión del pago con vales, mejoras en la alimentación, el reconocimiento de los sindicatos y la prioridad de sus afiliados a la hora de la contratación de mano de obra. Los estibadores demandaban la jornada de 8 horas, la reducción del peso de las bolsas y medidas de seguridad en los galpones. Todos pedían mejores jornales. La patronal se opuso enérgicamente, especialmente a la limitación de la jornada laboral -que en el campo tardaría mucho más que en la ciudad en abrirse camino- y al control de los sindicatos de la provisión de mano de obra. 

Hacia 1919 tanto los anarquistas como los sindicalistas de la FORA del IX Congreso habían conseguido establecer sendas entidades sindicales rurales sobre bases firmes. El movimiento huelguístico se extendió por las provincias de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe. Su resultado fue dispar: aunque las nuevas entidades sufrieron por todas partes una intensa represión, en algunos sitios (en particular Santa Fe y el norte bonaerense) consiguieron éxitos. Aunque las tensiones con los chacareros ya se hacían sentir -especialmente con las entidades anarquistas-, la FORA del IX Congreso firmó en 1920 con la FAA un convenio en el que se comprometían a trabajar conjuntamente para “libertar la tierra y todas las fuentes de producción y de cambio, anulando la arbitraria expropiación del capitalismo y de los terratenientes”. En el futuro, los lazos de solidaridad entre pequeños productores y peones rurales se repetirían, por ejemplo, en la gran huelga de 1927 de los cañeros tucumanos o en las Juntas de Defensa de la Producción y de la Tierra creadas en colonias rurales de Chaco y otras localidades entre 1934 y 1936 y en las medidas de fuerza que ellas motorizaron contra la explotación de las compañías comercializadoras (en las que también tuvo alguna participación el Partido Comunista).

Sin embargo, en la región pampeana esos lazos tendieron a erosionarse rápidamente. Desde 1921 los sindicatos entraron allí en una fase de desorganización y perdieron la capacidad de defender las mejoras obtenidas. Con la caída de los precios internacionales del cereal, volvieron el desempleo y los bajos jornales. Finalmente, en noviembre de 1928 se inició un nuevo ciclo de huelgas en Santa Fe y Córdoba, breve pero muy intenso. Tras una campaña de prensa que denunciaba la presencia de “agitadores” en el campo, el Estado volvió a poner en marcha su aparato represivo. En diciembre, Yrigoyen decretó la intervención militar de la provincia de Santa Fe, enviando cuatro regimientos, entre ellos el 10 de Caballería, el mismo que poco antes había masacrado a los obreros patagónicos.

La advertencia fue efectiva: los dirigentes socialistas y anarquistas llamaron a desactivar la agitación por temor a “un nuevo asesinato colectivo”. Así y todo, los peones se las arreglaron para hacerse notar mediante sabotajes a las máquinas trilladoras e incendios de parvas y una fuerte huelga portuaria se extendió en solidaridad con los peones rurales bajo amenaza militar. Poco después, la crisis mundial desatada en 1929 golpeó profundamente la producción agraria. Muchos productores entraron en bancarrota y el desempleo rural alcanzó hacia 1932 picos inéditos. La miseria fue entonces tan terrible, que en varios municipios debieron organizarse ollas populares y otras medidas para asistir al peonaje hambriento.

La gravedad de la situación le dio un nuevo impulso a los sindicatos rurales, que exigieron medidas urgentes contra la desocupación. Entre otras, demandaron que se pusiera límites al trabajo familiar y al autotransporte de los granos, consignas que los enfrentaron definitivamente con los agricultores de la FAA. Desde 1935, tras haberse superado lo peor de la crisis, los sindicatos más reformistas ligados a la CGT fueron desplazando a los anarquistas, que perdieron la importante presencia que hasta entonces tenían en el campo.

Además de las huelgas y las grandes manifestaciones de lucha colectivas, en zonas rurales existían otras formas de resistencia. Con frecuencia el fenómeno del bandidismo rural fue canal del descontento para las clases populares. Hubo varios bandidos en diversas regiones del país que despertaron la admiración y simpatía de los más pobres, que con frecuencia los ayudaban en sus fechorías.

Uno de los más importantes fue David Segundo Peralta, alias “Mate Cosido”. Al frente de su banda cometió numerosos asaltos en toda la zona del Chaco durante las décadas del veinte y del treinta. Sus blancos eran preferentemente las grandes empresas forestales, los acopiadores de algodón, los bancos y los comerciantes y ganaderos ricos. Se decía de él que entregaba parte de su botín a los más necesitados. Sobre sus hazañas se contaron historias de boca en boca y se compusieron varios chamamés de gran éxito. Su fama sólo fue superada por la de Juan Bautista Bairoleto, “el Robin Hood de las pampas”, quien también fue objeto de gran devoción popular, especialmente tras ser abatido por la policía en 1941.

Los más pobres admiraban y apoyaban a los bandidos no tanto por la ayuda que de ellos pudieran recibir, como por el hecho de que en sus correrías veían una especie de venganza contra los más ricos y una burla a la autoridad estatal que tantas veces estuvo en su contra. Pero en el caso de Mate Cosido o Bairoleto, la dimensión política del bandidismo no terminaba allí. El segundo, de hecho, era simpatizante anarquista y tenía buenos contactos con el movimiento. Fueron militantes anarquistas los que concibieron el plan de unificar la lucha obrera con el accionar de los bandidos para golpear un blanco en común: la odiosa compañía La Forestal. A instancias de ellos, se arregló un encuentro entre los dos legendarios bandidos, que se conocieron así en 1937 en un centro masónico obrero del barrio porteño de Barracas. Tras largas horas de charla, acordaron “expropiar” el dinero acumulado en La Forestal en un golpe unificado. El gran golpe finalmente no pudo llevarse a cabo, pero al menos se alzaron con $13.000 en uno menos difícil perpetrado contra el gerente de una de las subsidiarias de la multinacional.

  

*Fragmento del libro Historia de las clases populares en la Argentina: desde 1880 hasta 2003, Buenos Aires, Sudamericana, 2012.

NB: la información sobre las huelgas rurales está tomada de investigaciones de Adrián Ascolani. La que refiere a los bandidos, de las de Hugo Chumbita.