Libros. Lumbre: un follaje que sepulta el silencio

Por Julieta Sbdar. ¿Qué sucede cuando la narración se ramifica, tupida, y avanza sobre la construcción del recuerdo? Lumbre, tercera novela de Hernán Ronsino, vuelve sobre las huellas de la memoria y se desvía del camino.

 

 

En el último capítulo de Lumbre, Federico Souza despierta con un gusto amargo en la boca. Indescifrable al comienzo, es percibido luego como una cucaracha y expulsado, finalmente, como un mero sabor sin señales. Es este sabor, puente entre el follaje desmesurado y la posibilidad de dibujar el contorno de un árbol, el que recorre toda la novela y teje, silencioso, un hilo invisible que sostiene el relato.

Federico, guionista y poeta que vive en Buenos Aires, vuelve a Chivilcoy, su pueblo natal, a raíz de la muerte de Pajarito Lernú, aunque este acontecimiento -como los recuerdos de infancia, el mito heroico de Carlos Ortiz y la red familiar- permanece difuso. El regreso, lejos de constituirse como una proliferación de memorias, nostalgia y reflexiones sobre el exilio, está marcado por el ritmo que propone el silencio: frases entrecortadas, diálogos breves y elipsis narrativas abundan en pos de un relato centrado en las huellas de lo no dicho. Pero el vacío discursivo encuentra en la narración una sepultura que permite taparlo: se trata del follaje, como imagen de lo informe y lo desmesurado, el que avanza, chismoso, impidiendo que brote aquello que debe permanecer oculto.

“Un follaje que le va ganando espacio al recuerdo” atraviesa Lumbre. Imágenes fotográficas frondosas se intercalan en el texto y el mismo relato se ramifica de manera tal que es difícil volver a un centro. El follaje es, entonces, discursivo: un lenguaje amorfo que avanza sobre lo real y sepulta los otros discursos.

Pienso, enseguida, en el follaje como una suerte de chisme, de rumor disperso que recorre Chivilcoy, ingresa en los personajes y sostiene la trama, vedando el hilo que permanecerá para siempre oculto: “Entonces, el vidrio contaminado, la risa incomprensible del rubio, la calle de tierra que se desgaja de la avenida (…) todo eso me quita las ganas de preguntarle al viejo lo de mamá. (…) ¿Dónde carajo está el cuerpo de mamá?”. La trama, es decir todo lo que envuelve al hilo invisible, se construye como un rumor tupido opuesto a la idea del árbol: si del árbol puede establecerse una biografía, la frondosidad no es más que la destrucción de lo biográfico; en oposición al orden y la cronología, el follaje se propaga y tapa, informe, el vacío del recuerdo. En el lugar donde lo no dicho deja un vacío, un hueco narrativo, el chisme -silvestre, frondoso, selvático- se instala.

Esta flora agreste está habitada por una serie de personajes-animales: Pajarito Lermú, Bicho Souza, Torito y la vaca, herencia que le dejó Pajarito al narrador y motivo aparente de su viaje. En medio de la frondosidad, el devenir animal no es casual: se trata de la suspensión del lenguaje. Privada de la palabra, la fauna que compone Lumbre se vincula con un universo pre-verbal, con el sabor amargo e indescifrable que precede al discurso.

Sin embargo, estos personajes-animales también encuentran refugio en el rumor frondoso a medida que la encarnación del chisme implica una suerte de anclaje en el pueblo, un sentido de pertenencia que borra las preguntas por el significado de las cosas. La vaca, a su vez, es un arraigo simbólico en medio de la discontinuidad que propone el follaje: si el mito del pueblo (correlato histórico del chisme) aparece difuso, y la tradición, a su vez, es un relato borroso, la vaca se presenta como un resto material que puede dar cuenta de la Historia.

Como una reformulación del arrabal de Borges, la novela parece situarse en la frontera entre la llanura y las últimas casas. Este límite conflictivo es el espacio privilegiado del robo: la vaca se resiste a la domesticación y a la atadura, es decir a la ley, al discurso. Si la historia del pueblo no puede recomponerse (como lo demuestra, por ejemplo, la desaparición del único ejemplar del libro que relata el asesinato de Ortiz), esta leyenda debe volver a fundarse, pero no ya desde una perspectiva heroica mítica, sino a partir del robo. El ingreso de una tradición desviada, criminal, implica una ruptura con el mito del pueblo que avanza, frondoso, sobre la historia de los personajes, disolviendo los pocos árboles que quedan en el paisaje.

“Ir por la huella es repetir una historia equilibrada”. En Lumbre la huella no siempre se repite: el narrador teje un relato desviado, borra la huella, se inserta en la tradición de la vaca robada. El hilo invisible de la vida, en tanto lumbre silenciosa que subyace a los acontecimientos y conduce a un devenir, se filtra en el relato constantemente. Las obsesiones de la novela se posan en todo aquello que no se ve, así como Pajarito se obstina, en sus Cuadernos, con la extensión de las sombras y con el lado invisible de la luna. La narración, vuelta sobre sí misma, se convierte en un rizoma que realiza excavaciones por debajo de la superficie y escapa a la domesticación. El lector, como el televidente anónimo, no puede delimitar lo que sucede dentro y fuera del plano. ¿Cuál es el límite del relato? ¿Por dónde se filtra aquello que no se cuenta?

Hacia el final de la novela, Bicho Souza, el padre del narrador, llora “como un animal desordenado”. Ni la frondosidad del chisme ni el orden pueden esconder, a fin de cuentas, el sabor amargo que brota en los sueños.