Los precios y el mito de la oferta y la demanda

Por Carlos Javier Andujar* / Ilustración por Cabro

Tercera entrega de la serie de miradas cercanas sobre lo mitos de la Economía (con mayúsculas) para acercarnos a su terminología tanto como lo estamos de las consecuencias de sus decisiones.

Seguramente ustedes como yo habremos escuchado en la calle, en la fila de algún Banco, en la verdulería o en la plaza, alguna frase similar a “estábamos pagando muy baja la tarifa del servicio eléctrico”, “vivíamos en una ficción”, “al valor de los ‘precios cuidados’ no vas a encontrar ninguna leche”, “el tipo de cambio (precio del dólar) estaba atrasado, no quedaba otra que devaluar”, entre tantas otras posibles.

Difícilmente esas mismas personas hayan hecho un curso de economía neoclásica y sepan graficar y analizar el comportamiento de las funciones que representan a la oferta y la demanda, los costos y utilidades marginales, las curvas de indiferencia y la recta de presupuesto, los equilibrios y desequilibrios de los distintos mercados o realizar complejos modelos matemáticos… pero, de una cosa estoy seguro, captaron su esencia más profunda, que podríamos resumir en tres puntos. Primero. Los precios son una característica esencial de los bienes y servicios, es decir no existen bienes o servicios que no tenga precio. Segundo. Los precios se determinan en el mercado a través de la oferta y la demanda, es decir, si abundan los bienes (mucha oferta o poca demanda) baja el precio y si escasean el precio sube. Tercero. Cualquier intento de parte del Estado o de cualquier actor colectivo de querer regularlos genera ineficiencias y a la larga está destinado al fracaso.

Cuando nos referimos en ciencias sociales a que un pensamiento es hegemónico lo decimos en el referencia a que satura a nuestras conciencias, naturaliza relaciones sociales e históricas, crea consensos aún entre las personas que son perjudicadas por el mismo e inhibe la acción colectiva por concebirla inútil e incapaz.

Si prestan atención, mañana cuando caminen en la búsqueda de algún bien para comprar, sea cual fuere este, sólo verán lo que la hegemonía capitalista en general y, la neoclásica y neoliberal en particular, les permite ver: precios, que inmediatamente compararán con sus ingresos disponibles. Es decir, parafraseando a Marx, verán sólo lo aparente. Pero, me animo a decir, ninguno de ustedes (y quien escribe esta nota no escapa a ello) verán lo que sí es una característica esencial de los bienes y servicios, que son fruto del trabajo humano y, mucho menos, que ese trabajo, bajo su forma capitalista, implica la explotación de unos sobre otros.

Si aceptamos con naturalidad que hay que subir las tarifas de los servicios públicos esenciales (transporte, electricidad, gas, agua) que posibilitan el efectivo ejercicio de ciertos derechos humanos, simplemente porque aumentaron sus costos, me pregunto, ¿cuánto tardaremos en aceptar que, porque subieron los costos, debemos arancelar la educación superior, el uso de los hospitales o el disfrute de un domingo en una plaza?

Mercado de utilidades

Es difícil encontrar en economía un pensamiento más arraigado al sentido común que el de que los precios de los bienes y servicios se determinan por el libre juego de la oferta y la demanda. Dicho mecanismo, al que la mayoría de los economistas no duda en llamarlo ley, despreciando años de avances epistemológicos en las ciencias sociales, presupone un mercado sin Estado, consumidores y empresas con idéntico e ínfimo poder de negociación individual (lo que provoca que se comporten como precios aceptantes y no haya competencia) e individuos cuyo comportamiento no sólo es previsible sino estrictamente racional y motivado por la búsqueda incansable de la maximización de la utilidad.

El surgimiento del capitalismo y de los Estados-Nación es parte de un único proceso histórico y social que se consolida hacia finales del siglo XIX. Si bien en distintos lugares pudo haber llegado primero el capitalismo y luego los Estados-Nación y en otros los cambios políticos precedieron a los económicos, lo cierto es que ambos se construyen dialécticamente. El capitalismo necesita de seres que libremente puedan vender su fuerza de trabajo y los Estados-Nación de ciudadanos que libremente ejerzan sus derechos y cumplan con sus obligaciones. No existen, por lo tanto, economías de mercado sin Estados que establezcan regulaciones de todo tipo (salarios mínimos, retenciones, precios máximos, transferencias, impuestos, subsidios, créditos), que influyen, ya sea por acción u omisión, de modo determinante, la mayoría de las veces, en la determinación de los precios de una economía.

Por otro lado, como había anticipado Marx, un capitalista mata a muchos otros, provocando que el número de empresarios por rubro sea cada vez más reducido y su poder, por ende, cada vez mayor. Los monopolios y los oligopolios no son un caso particular aislado de la ley general que rige los mercados, como pretenden los economistas ortodoxos, sino su característica esencial. Si se analiza cualquier actividad económica, tanto a nivel local, regional o mundial, se descubrirá cuántas empresas dominan ese mercado. La concentración económica otorga a las corporaciones un poder decisivo en la determinación de los precios, a partir de mecanismos de traslación de costos a los consumidores, manipulación de la información, manejo de los stocks y realización de acuerdos implícitos entre los grupos.

Asimismo, la sociología, la psicología y la antropología, entre otras ciencias sociales, enseñan que los seres humanos son mucho más complejos, profundos y contradictorios que las caricaturas racionales y utilitaristas que dibujan las teorías neoclásicas en sus modelos de equilibrio. Las relaciones sociales en general y las económicas en particular, son relaciones marcadas por la historia, la política y las relaciones de poder que en cada época prevalezcan. La determinación de los precios no escapan a tal encuadre, por lo tanto su análisis debe incluir estás perspectivas.

Los precios en una economía capitalista son el resultado de la puja distributiva, es decir, de la lucha histórica y política, por la apropiación del excedente económico. Esta puja distributiva se materializa en cuatro luchas. La primera, que el capitalismo muestra pero de forma distorsionada, es la lucha entre vendedores y consumidores. La segunda, que el capitalismo oculta (Marx diría fetichizando la mercancía), es la lucha entre capitalistas y trabajadores, ganancias y salarios, al momento de producir los bienes y servicios. La tercera lucha es la que se da en el seno del Estado, como materialización de “lo público”, lo que es de todos y todas, y determina, en cada momento histórico, hasta dónde se quiere avanzar sobre los precios de una economía. Por último, y no por ello menos importante, es la lucha que se da entre las distintas economías nacionales en donde a través de relaciones históricas imperiales y de dependencia, unas buscan trasladar sus costos a los precios de las otras. Todas estas luchas se sintetizan, día a día, en los distintos precios de los bienes y servicios.

Sin embargo, el mito del llamado libre juego de la oferta y la demanda, obliga a pensarlas a todas ellas, en caso de que podamos verlas, como relaciones objetivas, inevitables, neutrales, ahistóricas, en definitiva, naturales.

Toda esta discusión sería sólo académica si no fuese que, por la ceguera provocada por este mito, los precios de equilibrio de mercado violan los derechos humanos matando, día a día, a miles de personas que no pueden satisfacer sus necesidades más básicas.

A decir verdad, el libre juego de la oferta y la demanda no es libre ni es un juego.

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*Docente. Integrante del Colectivo Educativo Manuel Ugarte (CEMU). fliaandujar@gmail.com