Macondo llora al Gabo

Macondo llora al Gabo

A los 87 años de edad, falleció ayer el escritor colombiano Gabriel García Márquez. Su obra dejó una marca imborrable en la literatura latinoamericana. Su posición política e intelectual lo define como un defensor de la autonomía de la patria grande y de la revolución cubana. Se fue un hombre de América.


El escritor, periodista y guionista colombiano Gabriel García Márquez falleció ayer por la tarde a los 87 años de edad debido a una infección pulmonar. Hace algunas semanas había sido internado y luego dado de alta por causas similares.

Fue autor de clásicos de nuestra literatura como El coronel no tiene quien le escriba (1961), El otoño del Patriarca (1975) y Crónica de una muerte anunciada (1981). Miembro pleno del denominado “Boom” de los años sesenta, su obra es sinónimo de literatura latinoamericana y una de las más leídas entre las producidas por autores de nuestra patria grande. Su texto de mayor repercusión, Cien años de soledad, editado por primera vez en la Argentina en 1967 -país que lo tuvo y lo tendrá siempre como referente-, vendió más de treinta millones de ejemplares y fue traducido a 35 idiomas.

Desde allí podemos empezar a entender la magnitud de la noticia de su muerte, que no por esperable deja de ser dolorosa. Sucedió en su domicilio de la Ciudad de México, misma metrópoli en la que tan sólo cuatro meses atrás nos dejaba el enorme poeta Juan Gelman.

Nacido el 6 de marzo de 1927 en la pequeña localidad de Aracataca, perteneciente al departamento de Magdalena, Colombia, que le sirvió de base para idear su mágica Macondo, Gabriel García Márquez será recordado por su gran cantidad de novelas, cuentos y crónicas -publicó más de cuarenta libros entre La Hojarasca (1955) y Yo no vengo a decir un discurso (2010)-, pero también por su compromiso político con la situación de Latinoamérica.

Su defensa irrestricta de la revolución cubana forma parte de una coherencia ideológica de más de 50 años. Su amistad de esos años con Ernesto Guevara y Jorge Ricardo Masetti, así como la de toda la vida con Fidel Castro, no son más que extensiones de esa postura, lo mismo que su labor como corresponsal de Prensa Latina durante varios años, y su libro Operación Carlota. Cuba en Angola (1977).

Respecto de la revolución caribeña nos legó frases como ésta: “La revolución cubana es la gran revolución del siglo XX. Ha contribuido de manera notable al proceso revolucionario latinoamericano, pero también ha contribuido a demorarlo porque obligó al imperialismo y los reaccionarios locales a abrir los ojos”. Sobre su ideario intelectual, rescatamos este otro párrafo bien vigente: “Para mí, lo fundamental es el ideal de Bolívar: la unidad de América Latina. Es la única causa por la que estaría dispuesto a morir”. 

Ganador del Premio Nobel en 1982, el escritor colombiano retrató el mundo a través del realismo mágico, se preocupó continuamente por su contexto histórico, y logró fácilmente introducir al lector en una historia como si fuera el protagonista de la misma.

“Quise dejar constancia poética del mundo de mi infancia, que transcurrió en una casa grande, muy triste, con una hermana que comía tierra y una abuela que adivinaba el porvenir, y numerosos parientes de nombres iguales que nunca hicieron mucha distinción entre la felicidad y la demencia”, expresó en algún momento al referirse a su obra.

Además del Nobel de Literatura, el escritor recibió otros premios como el Rómulo Gallegos, el Dimitrov de Bulgaria, la Condecoración del Águila Azteca de México y la Orden Félix Varela de primer grado de Cuba. También fue distinguido por la Universidad de Columbia, que le otorgó el  doctorado honoris causa, y el gobierno francés lo galardonó con la Legión de Honor.

Este es el hombre que se nos fue ayer, el Gabo -apelativo de Gabriel para los guajiros del norte colombiano-, deja una profunda huella y una enorme tristeza en el mundo de la literatura. Pero la enormidad de palabras vertidas entre su deceso y este momento nos deja otra cosa en claro. Por su obra y por sus posturas intelectuales, a diferencia del Coronel de sus fantasías, el Gabo sí tiene quien le escriba, además de los miles de miles de hombres y mujeres que lo leen y seguirán leyéndolo.