Marcha sobre Ezeiza (2)

Marcha sobre Ezeiza (2)

Por Ramiro Coviello, desde Mexico. Segunda parte de la entrevista exclusiva a Carlos Nine, responsable del único registro cinematográfico de la enorme movilización popular que fue a recibir a Perón en su primer retorno luego de 18 años, el 17 de noviembre de 1972.

-¿Dónde las proyectaron?

-Siempre las pasamos juntas, era un kit. Recuerdo que las proyectamos en una escuela de teatro que quedaba cerca de la vieja escuela de Bellas Artes Pueyrredón. Ahí la festejaron muchísimo, se cagaron de risa, sobre todo con la segunda. No había mucho peronista, era sólo simpatía del medio pelo, pero la película muda les pareció genial. Luego se proyectaron en Unidades Básicas, por supuesto, pero también en casas privadas, clubes y hasta en la calle. Allá en Mataderos hay muchas cortadas. Se cortaba la calle, se ponía una sábana, se proyectaba y venían los vecinos. Siempre contábamos con una, dos, tres o diez Unidades Básicas, que proveían la seguridad e infraestructura. La reacción era más fervorosa a medida que te ibas alejando de los lugares más urbanos y te adentrabas en las villas. Un éxito extraordinario era tener que cambiar la sábana sobre la que proyectábamos porque cuando aparecían los milicos, la gente empezaba a tirarle piedras. Nos hacían pelota la pantalla, pero era un orgullo que el público interviniera la “obra” rompiendo a pedradas la sábana cuando aparecían los milicos. Era una gran contraste con la actitud respetuosa y comprensiva de los estudiantes de teatro.

-Era un poco el concepto que venían manejando otros realizadores, ¿no?

Sí, en “La hora de los hornos” y sobre todo en “Actualización política y doctrinaria”, se notaba que ellos venían del Partido Comunista. Lo de poner “Espacio para el debate” muestra la vocación por clasificar y organizar, eran enciclopedistas. Lo nuestro no era organizado.

Cuando restauramos “Marcha sobre Ezeiza” y la pasamos a digital, surgió la pregunta de qué hacer, si dejarla como estaba o arreglarla, porque los carteles son toscos, explícitos, panfletarios.  Prevaleció la idea de que había que dejarla exactamente como estaba, con sus defectos, con su rusticidad que es lo que le da valor. Si ahora le metés mano modificás su naturaleza. Es eso que está ahí, un panfleto de algo que realmente ocurrió, un documental para que la gente se enfervorizara y se sumara a la lucha.

-¿Las dieron alguna vez en una sala de cine?

Sí, si mal no recuerdo fue en una sala de Flores por la calle Alberdi. Daban una nueva de Pino que no recuerdo cuál era. O no era de Pino, pero por algo él estaba ahí. Así que al fin las pasamos en un cine en serio y con un buen proyector de Súper 8. Fue muy emocionante verlas por primera vez en una pantalla profesional. Y después de muchos años y restauradas, se proyectaron en la Biblioteca Nacional.

-¿Durante cuánto tiempo las pasaron?

Entre uno y dos años. Fue un recorrido breve porque era casi un noticiero. Llamarla película es un atrevimiento porque es muy rústica, una cosa brutal. Pero ese es su valor, por eso ahora no tocamos nada y decidimos dejarla como está. Las dos películas se filmaron y se editaron en un mes. El resultado es eso que está ahí. Recuerdo que terminado el proceso de edición, estuve como tres meses buscando si había alguien que también hubiera filmado en esos días para ver si hacíamos algo juntos, pero no había nadie, ¿dónde estaba Pino ahí? Los tipos de la vanguardia cinematográfica peronista no le dieron pelota al acontecimiento de la vuelta del general, lo cual era una señal política que pasó desapercibida, pero nosotros la detectamos. Hay algunas fotos que son las de los diarios. La General Paz cortada, los carros del ejército y por ahí algunas figuritas, pero cuando tienen que ilustrar algo tienen que caer en esto que hicimos. Yo pensé que había miles de metros de película filmada. Además, lo que pasó era genial para filmar. En el momento en que estoy filmando la toma desde el medio del río, metido en el agua y con la filmadora, apuntando a la gente que va pasando, pensaba “¡Puta, mirá donde estoy ahora! ¡Filmando bajo la lluvia, en medio de un río de agua podrida, mientras otros me pasan por al lado! Esto es increíble”. En fin, se perdieron la película… Porque había un montón de grupos de cine, no era sólo Cine Liberación. No sé cómo no la vieron. Se podrían haber conseguido tomas mejores, cosas hechas con más calidad, con otro tipo de cámara, con más sabiduría. Pero, en fin, en esos momentos nosotros tres teníamos otras preocupaciones como por ejemplo filmar y seguir vivos, porque los milicos habían empezado a tirar. No te tiraban a vos, le tiraban a los árboles y te caían las ramas. Pensábamos “En cualquier momento tiran en serio”. Lo que te querían dar a entender era exactamente eso, “mirá que en cualquier momento bajo la mira y te pego”. No eran tiros sueltos, eran ráfagas de ametralladora. En esas condiciones tuvimos que filmar. Los travellings eran forzados, los hacíamos porque teníamos que correr (risas). Fue un laburo entre tres. En un momento me la veía muy jodida, corría hacia donde estaba Enrique y antes de llegar a él, a unos dos metros, le tiraba la cámara como una pelota de rugby. Él pasaba un alambrado, pegaba una vuelta filmando por allá y se la pasaba al uruguayo. La cámara iba de mano en mano.

-¿Después cómo siguió la trayectoria de las películas?

Quedaron guardadas porque habían cumplido una misión en su momento, hasta que un compañero de Mataderos, uno de los pocos que me quedaron vivos y que sigue activo políticamente, me dijo que por qué no pasábamos el documental a DVD, ya que mucha gente ni sabía lo que había pasado ese día. Así que la saqué, fuimos a hablar con Fernando Peña y la copiamos.

-Es interesante porque siempre está mucho más presente la vuelta de Perón del 73, ¿no?

Sí, de hecho cuando la dimos en el BAFICI pusieron en el catálogo que era del 73. Pero el 17 de noviembre del 72 fue fundamental porque la gente no estaba encuadrada en ninguna organización, era gente suelta. En las imágenes se ve que no hay casi banderas. Lo único es el tipo que aparece al principio con un megáfono, pero eran consejos para evitar ser interceptados por los milicos. No había una bajada de línea de algún grupo. Además, ese día, en Ezeiza, Perón toma decisiones muy complejas. Nosotros llegamos a ver la pista de aterrizaje nomás. Pero Perón estaba en el hotel y frente a la puerta había 2 ametralladoras de la aeronáutica apuntando. Y en un momento determinado decidieron salir y si tiraban, tiraban. Los milicos pensaban lo mismo, “¿Le tiramos o no le tiramos?”.

Lo del 73 fue otra cosa, cada uno estaba con sus banderas, con sus brazaletes y ya se había podrido todo. Acá era gente común. Íbamos por la General Pazy salía la gente de los monoblocks y se juntaban con nosotros, los arrastrábamos. Se formó una muchedumbre, un infierno. Y no era gente que pertenecía a tal o cual grupo. Te diría que hasta habría gente que ni siquiera era peronista pero que también iban a buscar a Perón. Una cosa maravillosa, increíble. Las viejas… ¿qué hacían esas viejas ahí con esa lluvia terrible? Viejas a las que hasta les costaría caminar por la vereda en un día de sol, y de pronto, porque volvía Perón, se sumergían en un río podrido, con lo complicado que era luego trepar por las barrancas. Las sacaban a cuestas. Hubo tipos que se quebraron las piernas intentando desenterrar los pies del barro porque una vez que te agarraba no te soltaba así nomás. Por eso está la toma esa de los pies, que la hizo Enrique.

-Pero al otro día, cuando lo van a ver a Perón a Gaspar Campos ya se ven banderas, ¿no?

Pero eran más banderas de festejo que otra cosa. El 73 fue muy distinto. También filmé eso con la ayuda de dos muchachos de otra Unidad Básica. Recuerdo que un amigo, Luis, llevaba un grabador de sonido y filmamos hasta que comenzó todo el lío. La  película se corta cuando empieza a aparecer un poco de humo por el puente 12. Ahí dejo de filmar y me dedico a otra cosa, que era la tarea que me habían asignado. En esa filmación había muchas caras porque yo me concentré en la columna de Mataderos que es con la que salimos nosotros. Era una sucesión de retratos de nuestros compañeros cercanos. Luego me di cuenta que esas imágenes se podían utilizar con otras intenciones. Así que cuando vimos el material llegamos a la conclusión de que no podía salir. Eran 15 o 20 rollos que hubieran hecho la delicia de cualquier servicio de inteligencia, porque ya la cosa se había puesto jodida. Si aún sin haber visto este material hicieron un desastre con todos los compañeros del barrio que conocíamos, imaginate lo que pasaba si se apoderaban de este registro. Así que la destruimos. De hecho, la mitad de los compañeros que estaban ahí filmados, hoy están desaparecidos o viviendo en otros países.

-Y una vez que Perón regresa en el 73, ¿cómo sigue tu vida política?

Tratamos de hacer lo que se podía, pero vimos que la mano venía horrible. También por parte nuestra, por tener la pretensión de querer corregirle los textos nada menos que a Perón. Ahí nos fuimos al carajo, con la soberbia. Después aparecieron los monstruos y terminamos en una tragedia colectiva. Perdimos la oportunidad de ser otro tipo de país…

-¿Vos te quedás en el país?

Cuando la cosa se pone fatal sacamos pasajes para irnos a Venezuela. Para entonces ya estaba casado y tenía un hijo. Teníamos los pasajes en la mano pero al final decidimos quedarnos, porque me di cuenta que fuera de mi país no tengo ninguna posibilidad de nada, ya que todo lo que hago lo tomo de aquí. Si vos eras comerciante o teórico marxista, te podías ir a Venezuela, Cuba o Francia. Pero yo trabajo con las imágenes que produce el barrio, las historias familiares, los muchachos, los compañeros. Sin eso estoy perdido, estoy muerto.