Masacre de Avellaneda: el reclamo que sigue vigente

Masacre de Avellaneda: el reclamo que sigue vigente

Fotografía crédito Noelia Leiva.

Por Noelia Leiva. Diez años pasaron desde que la represión policial se cobró la vida de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. El martes último, una multitud se congregó en el puente Pueyrredón, con el mismo pedido de justicia. Organizaciones sociales y familiares visibilizaron que el proyecto de cambio social sigue intacto.

Todas las cabezas miraban hacia el puente Pueyrredón, ese mismo donde hace diez años empezó todo. Una fila interminable de jóvenes que actualizaban los testimonios que tanto escucharon sobre aquel 26 de junio de 2002. Sin embargo, el martes último no sobrevoló la certeza de que, en plena democracia, la represión institucional podía personificarse directo sobre ellos como hace una década. Pero si llegaba a ocurrir, esta vez las personas estaban armadas con la experiencia de la organización impulsada como un grito de rabia cuando a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki les arrancaron la vida las balas policiales. En Avellaneda volvió a escucharse el pedido de justicia, porque el tiempo no borra la responsabilidad de los culpables.

De todas las edades eran los y las militantes que se congregaron cerca de las 11 de la mañana a metros de la estación de trenes Darío y Maxi –ex Avellaneda-, como la bautizaron sus compañeros y acaso una ley nacional que se analiza en el Congreso. Algunos pisaban por primera vez esa calle que antes se tiñó de sangre. Otros estuvieron justo ahí, donde la represión -y no la “crisis”- se cobró dos víctimas. “Es un honor estar acá por la justicia y la verdad. No todos se animan a hacer lo que ellos hicieron, hay que ser valientes”, recalcó Martín Cárdenas, un joven de Gerli del Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo, que se sumó con su consigna “El hambre es un crimen” a la conmemoración.

Cada colectivo replicó sus cantos, pero cuando las tres columnas de organizaciones coincidieron en el puente se activó el “Las balas que vos tiraste / van a volver” que el día anterior había copado los pies del escenario que precedió a la tradicional vigilia hacia el 26. Al Frente Popular Darío Santillán (FPDS) y la COMPA, lo acompañaron el Polo Obrero, el MST y Quebracho, entre otros colectivos que se transformaron en total en unos 8 mil participantes. Ya sobre el Pueyrredón, llegaron adhesiones desde Mar del Plata, Rosario y Tartagal, además de todo el Conurbano bonaerense. Hasta Mirta Tejerina, hermana de Romina, acercó su solidaridad con los familiares de los homenajeados y la unión en la defensa por los derechos humanos.

“Darío se consideraba parte de la sangre de los caídos. A diez años (de su muerte), yo veo a mi hijo en estos pibes”, enfatizó un emocionado Alberto Santillán, papá del referente que dio nombre al frente. Sin embargo, una década de aniversarios no amedrentó al sistema responsable de los asesinatos, porque, aunque fueron encarcelados en 2005, ocurrió “una provocación absurda de la Justicia que liberó prácticamente a (los ex policías Alfredo Fanchiotti y (Alejandro) Acosta. Eso no tiene nombre”, repudió el hombre, antes de avanzar con la caravana.

Una vez en el escenario se cuestionó la “solidaridad” que la presidenta Cristina Fernández aseguró trasmitir en cadena nacional el mismo martes al mediodía. Algunos integrantes de su gabinete, como el ahora senador Aníbal Fernández, son considerados como “responsables políticos” del doble homicidio, los más de treinta heridos de bala y la manipulación de la información de 2002. Leonardo, su otro hijo y también trabajador de la bloquera de Lanús donde se desempeñaba Darío, fue tajante con su postura, cuando pidió que la premisa de que los mártires de Avellaneda se “multiplicaron” en los jóvenes no sea sólo una enunciación. “Nosotros tenemos la misma consigna hace diez años y debemos hacer una autocrítica. Hay que empezar a movernos para que caigan los responsables políticos”, insistió.

En el palco preparado para la ocasión, con el paso cortado una vez más para el acto montado a favor de la memoria, también estuvo Elia Espen, integrante de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora que llevó su pañuelo blanco y la foto de su hijo, Hugo Meidan, desaparecido en plena dictadura militar, en 1977. Cerca, Mónica Alegre, mamá de Luciano Arruga, cuyo paradero también se desconoce, pero desde 2009. Los dirigentes del Frente de Izquierda Néstor Pitrola, Jorge Altamira, Vilma Ripoll y Christian Castillo, entre otros, completaron la primera plana. Hasta arribar a la tarima, detrás de ellos fue la bandera roja del FPDS, tan encendida como plantean que mantienen la fuerza en sus barrios.

“No le daría lugar a nadie para que use la lucha de los compañeros, Darío, Maxi y Mariano Ferreyra nos quieren acá”, subrayó Vanina Kosteki, hermana del joven caído al que Santillán quiso proteger cuando vio que agonizaba en el hall de la estación. El argumento fue contra las palabras de congoja que se escucharon desde el oficialismo los días previos al acto, pero que el colectivo entendió que no se tradujeron en hechos cuando enviaron a Fanchiotti a un régimen más flexible en Baradero.

“Revolución” y “libertad” fueron palabras claves a lo largo de la jornada. Todavía contra las barandas del puente había restos de las fogatas que dieron calor a los militantes que pasaron la noche allí y que estaban de pie -algunos sin haber descansado- con sus bolsas de dormir y frazadas al hombro. “Organización y lucha” fue, como siempre, el lema motivante para abrir los ojos, con el puño en alto.

Ellos, antes del 26

Hay quienes sostienen que ‘las cosas suceden son por algo’. En la historia de Maximiliano y Darío puede aplicarse, pero no porque sus acciones hayan estado atadas a un destino mágico, sino porque el sentido que tomó su muerte fue coherente con ese ‘hacer’ que los unió aquel 26.

La imagen de Santillán en la que intenta detener a los policías con su mano en alto para proteger a ese compañero que no había visto antes lo pintó de cuerpo entero porque “era así en el trabajo, la asamblea, con quienes recién se acercaban. Su último gesto lo mostró con crudeza”, definió Carlos Leiva, que lo conoció en febrero del trágico 2002 y que ahora se desempeña en Lomas de Zamora.

Kosteki no pertenecía al movimiento piquetero que pero sí tenía inquietudes: “Con él hablé unos días antes porque nos encontramos para el cumpleaños de mi mamá. Me dijo que estaba en un comedor, que daba clases de arte y pintura para chicos, que quería hacer algo. El cambio que buscaba lo encontró un acto en el puente Pueyrredón, donde perdió su vida”, describió su hermana Vanina.

A ellos les quitaron el tiempo para poner en común sus ideas, para contarse cómo era el mundo nuevo que querían. Aunque tal vez en algún otro espacio se hayan podido reencontrar y debatir como si estuvieran vivos. Pero como de situaciones hipotéticas no se hace la resistencia, sus compañeros siguen en la lucha.