Masacre de Tlatelolco: 50 años después, el 68 no se olvida

Por Fernando Munguía Galeana desde México

Como hacía mucho no se veía, la marcha de conmemoración de la masacre de Tlatelolco del 2 de octubre de 1968, reunió a decenas de miles de personas en las calles de la Ciudad de México.

No podía ser para menos: se cumplen cincuenta años de aquel acto de barbarie y masacre de estudiantes universitarios, cuyo principal responsable, el expresidente Díaz Ordaz, nunca fue juzgado penalmente.

Medio siglo después cuando, atravesando un largo ciclo de resistencias fragmentarias y de violencia y represión sistemática contra las organizaciones populares, parecía que la memoria de la lucha comenzaba a desdibujarse y a quedarse en el olvido las grandes utopías puestas en práctica por aquellos estudiantes sesentayocheros que lograron conectar con el pueblo y hacer de su movimiento un proyecto de escala nacional hoy, de nueva cuenta, se hacen vibrar las calles con las consignas de siempre: ¡Ni perdón ni olvido!; ¡2 de octubre no se olvida, es de lucha combativa!

Sin embargo, algo ha cambiado. No son solo las cinco décadas transcurridas, la cronología llana de la historia. Es la multitud de experiencias, de derrotas y algunas victorias las que retumban en la conciencia colectiva y se filtran en las prácticas de los distintos sectores populares, a veces detonando expresiones antagónicas, otras un reflujo largo y frugal. El proceso decisivo que arrancó con las jornadas de 1968 implicó una profunda transformación de todas las estructuras y formas de socialidad vigentes porque trastocó el sistema político y las clases dominantes en el núcleo mismo de su poder: demandaron la democratización del país de una manera radical, profunda, lo que implicaba romper con las formas de control corporativo, con el presidencialismo y la represión selectiva.

No fue un movimiento planeado con paciencia calculada, pero tampoco respondió sólo a cuestiones intempestivas. Fue durante sus asambleas, marchas, expresiones lúdicas y artísticas, cuando salieron a las calles a dar información y a exponer sus demandas formuladas en el pliego petitorio, que tuvieron la potencia de interpelar a trabajadores y a la población empobrecida y amenazada constantemente por el autoritarismo gubernamental y ahí, detonaron una chispa de organización fundamental.

La dominación del presidencialismo priísta, que había hecho del milagro económico de las dos décadas anteriores la palanca de su precaria hegemonía, entraba ya en una etapa de decrecimiento y las formas represivas de control se exponenciaban. Una década atrás, en 1958, el movimiento ferrocarrilero al que se sumaron petroleros, electricistas y maestros, y que demandaba mejores condiciones laborales y democracia sindical, fue brutalmente reprimido y sus principales líderes encarcelados.

En 1962, Rubén Jaramillo -heredero del zapatismo y dirigente agrario de Morelos- y su familia (tres hijos y esposa embarazada), fueron asesinados por el ejército y la policía. También los médicos, en 1964, habían desplegado sus demandas laborales y corrieron la misma suerte represiva. Apenas unos meses después de la elección de Díaz Ordaz, en la ciudad de Madera, Chihuahua, estalla la primera insurrección guerrillera de la década, como respuesta a la represión sistemática contra el movimiento de los trabajadores. En los primeros meses del mismo 1968, el maestro rural Genaro Vázquez es rescatado por un comando armado en Iguala, Guerrero, lo que daría inicio a una de las experiencias más profusas de conflicto armado y contrainsurgencia que marcarán el devenir de toda la década posterior.

Esos eran los antecedentes políticos del movimiento estudiantil de 1968 que arrancó con un conflicto localizado, casi menor, pero que creció rápidamente en cuestión de días a propósito de la provocación y represión incesante de la policía capitalina. Para el 4 de agosto, los estudiantes de la UNAM, IPN y Chapingo, presentan un documento conjunto en el que delinean algunos de los sentidos que los acompañarán a partir de entonces: “oponer la razón a la violencia”; en defensa de la libertad, “que está cada día más limitada, más reducida y se nos está conduciendo a una pérdida total y absoluta de la liberta de pensar, de opinar, de reunirse y de la libertad de asociarse” […] las protestas activas de los estudiantes -señalaban-, son críticas sociales que siempre llevan un contenido de justicia y libertad porque son esencialmente verdaderas”.

Pero en aquella década fulgurante de los sesentas, que conmovió tantas otras latitudes, los universitarios mexicanos estaban también en el quiebre generacional con el legado de la “Revolución hecha gobierno”, con la ideología del nacionalismo revolucionario que había generado férreas lealtades con el régimen. Eran coetáneos de la Revolución cubana, del Che Guevara, de las críticas al stalinismo y a los totalitarismos. En su acervo de conocimientos afloraban el marxismo humanista, las tendencias libertarias del feminismo y la descolonización, el rock and roll y la literatura de ruptura latinoamericana. Articularon, con el júbilo y la crítica radical, una pieza multicoral y polifónica en la incansable lucha por la democracia y la libertad.

El 2 de octubre, la masacre de Tlatelolco, era la única manera posible que tenía el gobierno, hondamente enajenado con la supuesta “preservación del orden” y en contra de la “conspiración comunista”, como tantos otros de América Latina, de frenar un movimiento de esa magnitud que en esa oscuridad del autoritarismo priísta, alumbró como un relámpago la historia de los subalternos, indicando diversas trayectorias que desde entonces no han dejado de ser transitadas.

El 68 perdura, pero no necesariamente como unidad, sino como pléyade de lecciones, experiencias y repertorios: sus demandas siguen interpelándonos; muchos de sus motivos permanecen más vigentes que nunca y, también, resultan necesario seguir bregando porque se haga justicia y no quede impune el crimen cometido.

En plural, los 68’s mexicanos se cuelan hoy en el tiempo extraordinario de las resistencias pero también en la densa vivencia de la cotidianidad; expresan una suerte de síntesis abierta entre la memoria del pasado, las crisis del presente y las utopías del futuro.