Matar al padre

Matar al padre

Por Cezary Novek. Félix Torre, líder y vocalista de Los nietos de Borges, acaba de publicar Así no hablé con mi padre (poesía) y Marcha conversó con él sobre la trastienda del proyecto.

“El cuerpo de mi hermana en el fondo del agua (…) El dolor de mamá como el grito de un gigantesco elefante marino. El tiempo se detuvo. Mi hermano mayor era un bebé y todos siguen llamándolo bebé. Mi otro hermano nació tiempo después y nadie quiso tocarlo (…)”

-Así no hablé con mi padre, página 13-

Un libro delgado y decorado con un collage de fotos familiares, íntimas. En una de ellas se puede ver a Jorge Luis Borges -tío abuelo del autor, quien es nieto de Norah Borges- figura recurrente de su obra (literaria y musical: su banda se llama Los nietos de Borges) y de su vida. Pero los protagonistas de la mayoría de las fotos son un niño, su hermana mayor -eternamente niña- y el padre de estos, de expresión grave y melancólica. “Así no hablé con mi padre”, dice el título. Y faltaría agregar muy poco, ya que refiere con exactitud el contenido de los poemas del libro, una elegía a la incomunicación con el progenitor. Una crítica a un padre presente en cuerpo pero ausente en pensamientos. La imposibilidad de usar las palabras para decirse o expresarse algo. Las palabras como cortina de hierro para intercambiar emociones. Las palabras, al fin y al cabo. Entre ellos dos y el resto de la familia –tácitamente aludida, casi omitida- pesa una sombra aún nítida: la de la hermana mayor, ahogada en una pileta a mediados de los años 70. “(…) un mismo río nos lleva” parece resumir uno de los poemas que cierra el libro.

Félix Torre nació en Buenos Aires en 1981. Es un artista polifacético que divide su tiempo entre la actuación (el año pasado estrenó un unipersonal titulado No eres los otros), la música (es líder, vocalista y fundador de la histriónica banda Los nietos de Borges). Además, tiene en su haber cuatro títulos anteriores, publicados a razón de uno por año: Cómo domar bestias (2010), Cómo caerle bien a todo el mundo (2011), Cómo trascender sin mamá (2012) y El baño en la oficina (2013).

Marcha dialogó con Félix Torre sobre el camino de construcción de Así no hablé con mi padre (Editorial Llanto de Mudo, Córdoba, 2014) y su relación con sus otros trabajos.

-Yo me la paso escribiendo cosas, sucesos, emociones, sin ninguna proyección de publicarlo. Este verano pasado me atreví a juntar todos los trozos de texto en relación a mi viejo. Me di cuenta que eran bastantes y que esa reunión de textos también pedía otros. Así que me decidí a hacerlo, en primera instancia como una necesidad.

-¿Es un libro que a tu padre le hubiera gustado leer?

-No. No creo… No sé qué le puede producir… Creo que escribí el libro que mi padre jamás querría leer.

El mayor vínculo (a obras anteriores) es, quizás, la necesidad de hacerlo. Y toda la carga autobiográfica que le mando a las hojas. Pero, claro, no tiene una gota de humor. Y es el primer libro con el que me paranoiquié con la idea de que mi familia me iría a acusar de traidor cuando lo vieran publicado.

El ajuste de cuentas es conmigo mismo. No es un libro para mi viejo. Es más bien una confesión a público. Y es irónico en cierto punto, creo. Porque digo “así no hablé con mi padre” es porque así no puedo hablar con él, y por eso lo escribo, para manifestar mi imposibilidad. Real y perpetua.

-¿Qué lecturas te influyeron durante el tiempo que estuviste trabajando en este libro?

-Carta al padre, de Kafka, que en su momento me dijo “vale hablar de esto también”. También me influyó Bukowski, que se zarpa de autobiográfico. Lo biográfico, lo estrictamente biográfico, también puede ser literario, tener valor artístico. Hay que superar la idea de que uno debe esconder al autor en su obra.

-Siendo que te dedicás a diferentes disciplinas, ¿Cómo las relacionás -especialmente, la música- a la hora de escribir?

-Muchas veces aparece la palabra y me doy cuenta que es fácil que se convierta en música. Cuando escribí este libro no se me cruzó la musicalidad. Estaba muy pendiente en la palabra, cien por ciento ahí. Quizás en dos años abra el libro con la guitarra en la mano y se asome otra cosa. Por ahora, más que suficiente.

-¿En qué estás trabajando ahora?

-Estoy cerrando, espero que para este año, un libro de poesías que va a ser ilustrado por Lo Li Sa, una artísta plástica hermosa, muy tierna. Y el año que viene voy a participar con mi Ensayo sobre la timidez en la colección “Exposición del actual” que edita Ana Ojeda con Milena Cacerola.

-¿Es la poesía un agente sanador? ¿Es la propia vida materia prima para la poesía? ¿Cuál se nutre de cuál?

-Personalmente, la poesía es una especie de magia. Solo me interesa eso de la poesía, su sentido mágico. Es decir, son palabras que no se pueden explicar racionalmente porqué están juntas, pero al leerlas y evocarlas, se produce algo dentro, como si de repente entráramos en contacto con algo invisible. Las poesías son huellas sin tiempo, como un conjuro para abrir un pasaje a otra dimensión, igual que cómo sucedía en Heman y Shera.

Y, claro, la propia vida es la fuente. Pero no la vida como “el relato que uno le cuenta al psicólogo”, sino el hecho de que uno es una esponja humana y en el trance de la creación de la poesía uno habla de mucho más. No hablo por mí mismo, sino hablo por otros que no pueden hablar. Hablo como parte de un colectivo a través del prisma de mi identidad. El tema de quién es el autor de un libro necesario entra dentro del terreno de lo místico. Mi libro es necesario y yo creo que es un libro que escribí yo, pero a la vez, lo escribió toda mi familia a través de mí. Me lo pidieron a gritos.

-¿Es la figura del padre un espejo en el que a veces nos cuesta vernos reflejados? Me refiero a la figura del propio padre, no a la paternidad.

-Yo diría que el padre es una deformación de nosotros mismos. En muchas cosas el padre dijo y nosotros -los hijos- nos quedamos colgados a la ley del padre y no percibimos nuestra propia voz.

-¿Qué repercusión tuvo el libro en tu familia?

-Por ahora estaría recibiendo mi parte de la herencia.

Lo autobiográfico

-Lo que me anima es que los demás seres humanos son tan humanos como yo. Creo que es mi camino, mi sello. Yo puedo decir “me acosa la posibilidad de fracasar” y enseguida genero un sentimiento de empatía con el oyente, porque lo que más encuentro son oyentes, son más los que me ven arriba de un escenario, que los que me leen. Entonces la experiencia es de liberación. Digamos que a medida que expongo mi intimidad, lo que logro es que la sombra pierda fuerza y me de más espacio. Cuando digo sombra se debe entender en el mismo sentido que cuando Obi-Wan Kenobi se refiere al “dark side”.

Cuando leo a Bukowski, entiendo, paradójicamente, que referirse a uno no es tan importante. Lo importante es el mensaje. Apuesto siempre a eso: a que la gente trascienda la circunstancia de que yo estoy refiriéndome a mi propia vida.

-Hay un título anterior tuyo que se llama Cómo trascender sin mamá. ¿Hay alguna relación con Así no hablé con mi padre?

-No. Pero parecería que sí, ¿no?

El día a día…

-Soy un caos. Estoy tratando de ponerme las pilas. No sé adónde va a terminar lo que empiezo a escribir. Postergo al productor/editor -que soy yo mismo- hasta último momento. Estoy en mi balsa, rodeado del mar de los misterios y me tomo mis propios textos como jeroglíficos que se van abriendo de a poquito a mi comprensión.

En cuanto a la dificultad, es siempre el desamor. El desamor trae todas las dudas. Y con dudas, cagamos, ¿no? Porque crear es hacer un pozo en la oscuridad y nadie puede venir a ayudarte.

Sí, este libro fue un destierro y un gran acto de amor propio.