Mi emoción era la disidencia

Mi emoción era la disidencia

Créditos: Lucas Vallorani.

Por Fernando Bonfiglio. Abrimos un espacio de ensayos sobre el rock argentino a través de la mirada del cuerpo docente del Seminario “Las Letras del rock argentino después del 2001”, coordinado por Oscar Blanco y Emiliano Scaricaciottoli*.

Siempre hay alguien. ¡Ay!. Que viniendo, viene de uniforme. Pero a mí, que no escucho -o apenas, porque otra musiquita mental me lo impide-, me suena: aires de sirena -y de mito. ¡La doxa! Sí. Todo lo que escucho, rítmicamente, sobre lo que llaman rock nacional, me sorprende. ¿No era algo concluido ya antes de mi nacimiento, una jugada de la dictadura?

Hace unos días, ayer nomás, allá, durante el desierto, el estupor me hizo enterar -el estupor era casi nunca: forclusión- que Tan Biónica era una banda masiva. Lo del Pro ya lo sabía. ¡Felicidad, felicidad! Ojo. Igual. Que si estoy desinformado no escucho; y es porque tengo una intención flotante. No flasheo. No me quedo en el significante. Porque algo, siempre, ya lo dije, se mueve, viene llegando y pretende fijarse para conformar un divertidísimo sentido ¡Único!

Y si el rock transnacional, de transa berreta, es un género estatuido ya, y por eso no hay sorpresa, molestia o hastío posible, aún ni todavía, en la propaganda mundialista de Coca-Cola, eso me hace pensar -un tanto- en las bandas, en esos jóvenes avejentadísimos de ideales, en la conformación binaria que caracterizaba su discurso, y en la policía que, para ellos, estaba viniendo o llegaba -ay-, pero que, aparentemente llegando, no se mostraba con una estructura semejante, ni se calzaba los instrumentos.

El mito era otro. Lo menciono ya que adolezco de nostalgia (Ese pasado preciosito de las melenas, -qué bien te queda/-Gracias) y no –Por favor diosito- lo sacralizo: Nuestra señora del rock de las Pampas proteged a los postas que desconocemos para que nos den una muestra de tu gracia y enviadnos tu luz para que guíe a sus guitarristas en contra de nuestros padres para el escándalo un tanto llamativo de nuestras madres. No. No sitúo la noción de valor en este punto. Está en crisis. Lo más fácil del mundo es abstraer; y tentarse. Hasta yo, que fui una profesora embrutecida de macrofascismo lo he notado. La onda era así: auténtico frente a cooptado, desprolijo frente a cheto, rati-yuta contra rocker: Ya estaba: qué se enciendan las luces de nuestra emoción.

Yo, que desconozco qué será el rock, aunque un poco, como todos, pretendo intuirlo, pienso que si algo lo caracteriza es su imposibilidad de definición, aunque no, desde ya, de clasificación. Basta ir a Musimundo para ver cómo el mercado se ocupa de nosotros: nos vende luces y nos anula o nos integra. Lo sorpresivo, de repente -ahora, quizás-, es no escuchar a nadie hablar de tácticas. Que exista una pose de resistencia estratégica. Que se forme parte de alguna fiesta. Estatal o mercantilista.

El rock, en Buenos Aires -si se me permite agregar alguna nueva confusión-, como nadie ignora, empezó como un chiste. Posee un mito fundacional. El de unos jóvenes en la clandestinidad de un baño de Once. Un amigo mío un tanto malvado diría, peyorativamente, “empezó como joda”, pero yo, que nunca lo he sido, quisiera ser prudente. No me animo en esa modulación ultraporteña. Me distancio. Pero retomo -porque me voy por las ramas-: El rock, agregaría lo de nacional: argentino -para manipularlos falazmente, porque lo creo oportuno-. Lo que ese sintagma denota, como práctica y como producto, empezó como chiste y quedó… Ocasionalmente, durante este mes, se localizó mundialista. Todo está por llegar. O está llegando. Y si se dice, tal vez, se dice llegando, superficialmente: el chiste es un modelo de bildung. Un modelo de formación simbólica, si se quiere. Exhibe la manera de proceder de la cadena significante. Una perogrullada, CLARAMENTE. Lector sagaz, queda en ti dar el último paso en mi argumentación. Pongo “rock”, pongo “nacional”, pongo “chiste”, pongo “formación”, pongo “pongo”, pongo “significante”, pongo -y no lo hago explicito- “once de septiembre” y te pongo a ti. ¡Felicidad, felicidad! Procedo sin demostrar, pero ya lo mencioné: lo más fácil del mundo es abstraer. ¡Ay! Y tentarse. El rock, o eso que llamamos rock en lo provisorio e imposible que resulta habitar nuestro lenguaje, estoy diciendo, es un chiste sobre nosotros, que nunca sabremos, tal vez, si somos realmente nosotros y que, efectivamente, nunca seamos sólo nosotros. El asunto sería cuidarse de la policía que habita en uno y que viene llegando. A veces, pero sólo ocasionalmente, en formato de banda.

 

*Autores del libro Las letras de rock en la Argentina (1983-2001). De la caída de la dictadura a la crisis de la democracia