Mis mundiales: un recorte de la historia cada cuatro años

Por Simón Klemperer.

El cronista repasa los mundiales de su vida y, después de la media sanción en la Argentina, piensa en la situación del aborto legal en cada país. Una analogía posible; un cronista desilusionado que vislumbra una lucecita en la goleada de las pibas.

En el Mundial Argentina 1978 yo no estaba. Faltaban 5 meses para mi concepción, 7 para el secuestro de mi tío, 8 para su rescate, 9 para que mi viejo dejara de fumar, 10 para que internaran a mi vieja, 11 para que mi viejo pasara a la clandestinidad, 12 para mi flamante aparición, 14 para mi salida de la incubadora, 15 para nuestra huida a Paraguay, 22 para el arribo a la Ciudad de México, 60 para el fin de la Dictadura, 468 para que Argentina lograra dar el primer paso hacia la legalización del derecho al aborto.

Para el Mundial de España 1982 estaba en México, tenía 3 años y no recuerdo nada. Nada es nada. Tampoco tengo recuerdos inventados o reconstruidos, ni fotos de la época animadas inconscientemente y convertidas en recuerdos borrosos. Ni siquiera tengo relatos ajenos para apropiarme sin querer. Ni siquiera hubo un Naranjito pegado en la heladera o en el vidrio de la ventana del escarabajo. Nada. Como si no hubiera pasado. En España llevaban 6 de años de democracia formal tras los 40 de gobierno de Franco y faltaban 28 años para que se legalizara el aborto.

Para México 86 ya tenía 7 años, una edad apropiada para vivir la experiencia de un Mundial. Tenía un papa argentino, uno que sigo teniendo y vivía a muy pocas cuadras del Estadio Azteca. Sin embargo, debo confesar, tampoco me  acuerdo de nada. Solo que en mi habitación había un cuadro del Mundial donde la sombra de un indígena, asumo que un mexicano cualquiera disfrazado con fines publicitarios, se proyectaba pisando un pelota sobre una columna de piedra con dientes y rasgos precolombinos. Una especie de suvenir de un mundo marginado convertido en falsa añoranza.

El día en que Maradona le metió el gol a los ingleses, a diez cuadras de mi casa, yo habré estado mirando los Pitufos o escuchando Menudo, Parchís o Timbiriche. Nunca se lo reproché a mi viejo pero, ahora que lo pienso, debería hacerlo. Mañana le mando un wasap y le digo que es un boludo. En esa ocasión sí había un Pique pegado en la ventana de mi habitación. El PRI ya era un partido casi tan horrible como lo es hoy. Faltaban 8 años para el levantamiento zapatista y 21 para la legalización del aborto.

En el Mundial de Italia 1990 ya era grande. Ese sí que lo viví. Lo más apasionante fue, obviamente, llenar el álbum de figuritas. Recuerdo que tenía a Caniggia repetido como mil veces. Todavía sueño a veces con abrir el sobrecito en la mañana, de camino al colegio, y ver salir una y otra vez al Pájaro Caniggia. Una vez salió dos veces en el mismo sobre. Me acuerdo como si fuera hoy el día en que completé el álbum. Recuerdo que la última figurita que me faltaba, y no pude conseguir durante días que parecieron años, era Ruggeri. Inolvidable el día en que a la salida de la escuela se lo vi a uno de los chicos de sexto año, un grandulón de 12. Yo no tenía ninguna figurita que a él le faltara así que me la vendió. Supongo que mi viejo, amarrete profesional, prefirió pagar antes que seguir gastando en figuritas cada mañana y maldecir cada vez que veía salir del sobre al Pájaro Caniggia. En ese entonces yo no tenía ni idea que el mentado Ruggeri era un boludo a cuadros, paradigma del futbolero machote, canchero y fanfarrón, de ese país del sur del cual yo lo único que conocía de cerca era mi padre. De haberlo sabido dejaba el álbum sin completar. Ese Mundial hinché por Argentina y sufrí cuando Camerún nos ganó el primer partido porque mis compañeritos mexicanos se cagaron de risa de mí hasta que los fueron a buscar sus padres.  Ese año, la figurita que tantas veces tenía repetida dejó fuera a Brasil y le metió el gol a Italia que los llevó a los penales que hicieron héroe al Goyco. En Italia, hacía 12 años que se había aprobado la ley del aborto, y eso que si algo sobra en ese país son conservadores, y de los buenos.

En Estados Unidos 1994 ya habíamos vuelto al sur, pero no a Argentina sino a Chile, la tierra de mi madre y, para ser sincero, todo era una mierda. La sociedad era clasista, fascista, arribista, represora y conservadora, y yo, un niño extranjero con ganas de irme bien al carajo. Ese Mundial hinché por México fervorosamente. Pocas veces hinché por algo tanto como esa vez. México jugaba con Italia el tercer partido de la primera fase. Si perdía quedaba afuera y si empataba pasaba a octavos. Yo tenía un examen de inglés a la misma hora y a todos los chilenos les chupaba bastante un huevo el partido así que nadie lo iba a ver. Mis viejos no me dejaron faltar al examen pero me dejaron llevar a la escuela una pequeñísima televisión que cabía en el bolsillo y que habíamos comprado en Estados Unidos cuando ese maldito país limitaba con el nuestro. Yo nunca supe inglés. Ni hoy ni entonces (antes no lo estudiaba por vago, pero lo disfrazaba de antiimperialismo, hoy no lo puedo disfrazar de nada). Así que ahí estaba yo, en mitad del examen de inglés con la hoja en blanco sobre la mesa y la tele a color escondida debajo. México perdía uno cero, quedaban veinte minutos, el silencio era total y nadie sospechaba nada, hasta que, sí, señoras y señores, un mexicano de nombre Bernal, Marcelino Bernal, le pegó de afuera del área y empató el partido. Yo grité el gol como si fuera el último día de la vida. The test flew through the air, la miss me expulsó de la sala, yo asumí el castigo con una inmensa sonrisa y me fui a mi casa sacando pecho. Ese año Estados Unidos firmaba el Tratado de Libre Comercio con México y Canadá. México nunca más sería lo mismo. El aborto era legal hacía 21 años.

En Francia 1998 comenzó el extraño proceso de bipolaridad y autoexclusión. Con mis amigos chilenos hinchaba por Chile, con mi papá por Argentina, pero la verdad de la milanesa es que había entrado hacía poco a la universidad y no recuerdo nada porque con mis compañeros no estuvimos sobrios ni un solo segundo de ninguno de los partidos. Punto y aparte. En Francia hacía 24 años que se había aprobado el aborto, sin embargo, la premisa de la Revolución había sido alterada inconstitucionalmente por “desigualdad, ilegalidad y xenofobia”. En Chile faltaban casi 30 años para que la discusión llegara al Parlamento. Hasta entrado 2018, era ilegal sin excepción. Incluidos los casos de violación y de riesgo de vida para la madre. Hoy es legal únicamente bajo las tres causales.

Para el Mundial 2002, Japón y Corea, vivía en Madrid. Me había ido porque sí, y la verdad, el Mundial me importó un carajo. No sabía en ese entonces que pocos años después me convertiría en uno de los bielsistas más fundamentalistas de la era moderna. Yo estaba más preocupado por los conflictos sociales, de las casas okupas y, supongo, de alguna compleja historia amorosa. No eran tiempos de fútbol. Recuerdo, eso sí, que el día de Argentina-Suecia tenía, para variar, un examen de Estructura Social Contemporánea o alguna cuestión sin importancia por el estilo y decidí hacerlo y no ver el partido. Creía que ese equipazo le ganaría a los suecos. No imaginaba que al salir del examen me encontraría con la catástrofe más grande de la historia del fútbol. El partido más triste de todos, ese que cada día duele más. En Japón no sé qué pasaba, pero el aborto era legal desde hacía más de 50 años. En Corea del Sur, sigue sin serlo.

En Alemania 2006 hinché por Argentina. Román, Román, Román y Román. Así, sin más. Grité a los gritos el gol de cabeza de Ayala y creí en algo, no sé en qué, pero en algo. O creí que creía, al menos, hasta que Pekerman, en un gesto inolvidablemente cobarde, decidió arruinarnos la vida y sacar a Román para meter a Cambiasso y aguantar un resultado que no aguantó. No solo sacó a Román de la cancha, sino que no metió a ese pibe que estaba sentadito en el banco: un tal Lionel Messi. Eso sí, lo metió a Cruz, uno de los delanteros más olvidables de todos. Esa fue, no está de más decirlo, la última buena selección argentina que hubo hasta la fecha. Ese día se terminó el fútbol argentino. En Alemania hace un año había asumido la eterna Canciller o Cancillera, Ángela Merkel y llevaban ya 16 años con la posibilidad legal de interrumpir el embarazo.

Sudáfrica 2010 me agarró de regreso en Argentina. Yo ya me había convertido al bielsismo. Mi amigo Sallato, un vago chileno que había conocido en Madrid, me convidó a colaborar en la producción del documental Ojos Rojos, una joya si las hay, y el fútbol se volvió más lindo que nunca. Bielsa le dio a las cosas un sentido que antes no tenían. A partir de ahí lo recuerdo todo: cada pase, cada gol, cada fallo, cada victoria, cada derrota, cada movimiento. Chile jugaba muy bien. Era una maquinita con ganas de meter goles, y pasó a segunda ronda. Le tocó Brasil porque a Chile siempre le toca Brasil en octavos: le tocó en el 98, en el 2010 y en el 2014. Jugó, perdió y a llorar a la iglesia. En Sudáfrica hace 20 años había finalizado el apartheid y hace 13 que se había legalizado el aborto. Faltaban tres años para la muerte de Nelson Mandela.

2014 fue un placer inigualable hasta que dejó de serlo y se convirtió en todo lo contrario. El Chile de Sampaoli, que jugaba mejor que el de Bielsa, le ganó a la España campeona del mundo… y Ramos se merece la cárcel por querer romper a Salah. La dejó fuera del Mundial y yo, que no estaba habituado a alegrías tan inmensas, ni sabía cómo gestionarlas, rompí a patadas la puerta de mi casa con el primer gol. Después, en octavos, les tocó contra Brasil porque así nomás son las cosas. El mejor equipo de la historia de Chile le tocaba el local, y el local era Brasil. Agua y ajo. Ese día Alexis fue inmenso. Los brasucas no entendían nada pero empataron, no sin antes el tiro de Pinilla en el palo en el minuto 90. “A cinco centímetros de la gloria”, se tatuó el demente en su frente, que no por demente equivocado. Cuestión, que Chile perdió por penales y yo me quedé para siempre mirando la puerta rota, con un dolor desconocido, inaguantable, insoportable, que duró por meses, años, siglos y un poquito más también, pero no mucho más. Brasil había construido gigantescos estadios de fútbol que no serían utilizados nunca más, uno de ellos fue proyectado para ser convertido en cárcel. El Parlamento, en post de “la seguridad del evento”, modificó las leyes y aumentó la cantidad de policía, militares y armamento, y en post de la apreciación de barrios cercanos a zonas turísticas, fueron desalojados miles de habitantes de las favelas. Odebrecht fue el gran ganador de la Copa. Es lo que tienen algunos progresismos. Faltaban dos años para que Brasil legalizara el aborto.

Este 2018 se juega en Rusia. Chile no va. México se va a ir en octavos porque siempre se va en octavos. Argentina va a perder, también en octavos, dos a uno contra Francia. Uno de Messi, uno de Pogba y uno de Griezmann. Rusia fue el primer país en el mundo en legalizar el aborto. Era, decía Lenin, “un derecho democrático básico de las mujeres ciudadanas”. Hoy, con Putin, es legal bajo una amplia serie de restricciones. En Argentina, después de que el Congreso diera media sanción al proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo (EVI) estamos cada vez más cerca. No sabemos cuando será, pero será.