Ni Patria ni Matria: Hermanatria

A María Ester Alonso Morales y Alejandra Szir las une un pasado trágico y las ausencias de sus padres que perdieron la vida en los 70 apostando todo a la promesa, aún vigente, de que la revolución es un sueño posible. Pero también las une la poesía. Y de esa conjunción nació el libro Hermanatria.

Por Ignacio Marchini

Cada vez que María encara la vuelta al país transita las mismas etapas. La primera es la alegría previa (Vorfreude¸ en alemán): planificar el viaje, poner la fecha, sacar los pasajes. Hacerse un hueco en la agenda para poder experimentar el éxtasis de regresar a este país que nunca dejó del todo pero al que nunca termina de volver. A este primer punto alto le sigue el procedimiento neurótico de empacar: qué cosas llevar, cuánta ropa y, sobretodo, qué libros. En esta ocasión, decidió resolverlo fácil. Un puñado de vestidos, algunas lecturas para el viaje y mucho espacio en la maleta para llenarla de más libros, su pasatiempo favorito.

Al insípido momento del viaje en sí (despegue, vuelo, aterrizaje) le sucede el punto álgido o Euphorie. La alegría por el reencuentro, esa sensación de “flotar en el aire” cuando ve a sus amigos y amigas, a su mamá, a sus compañeros y compañeras de H.I.J.O.S. La Plata. Es que María Ester Alonso Morales, poeta, abogada y ex integrante del equipo jurídico de la filial platense de Abuelas de Plaza de Mayo, es hija de Jacinto “el Gallego” Alonso Saborido, un jefe del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) asesinado por el Ejército Argentino el 7 de octubre de 1974. Poco más de un mes después nacieron ella y su hermana melliza María Elena en una clínica en la esquina de una comisaria en Bernal donde se encontraba presa su madre Rosa Delfina Morales, también guerrillera.

La hermana de María moriría 16 años después de una enfermedad degenerativa y su madre jamás podría verbalizar lo que sucedió dentro de esa comisaría. Al silencio familiar y a la nostalgia de un padre que jamás conoció, pero del que heredó su terquedad y ansiedad, María Ester respondió con poesía y la verdad sin rodeos. “Por eso digo que soy hija de guerrilleros. Porque no puedo decir otra cosa. No puedo decir que eran militantes secundarios, universitarios. Es mentira. Eran guerrilleros y me concibieron en su lucha” definió en una entrevista al portal Infojus Noticias en 2015, en el marco de la publicación de su primer libro de poemas Entre dos orillas – Zwischen zwei Ufern (La Plata, 2015).

La cuarta fase del viaje, que es “cada vez más sutil pero no por eso menos dolorosa”, es el punto bajo o Tiefepunkt, ese momento en que la exiliada se da cuenta de que no vive más acá, de que la distancia “es ausencia: la tuya, la de los demás, la del país en vos”. Y María lo sintió en un momento muy específico, cuando el presidente Alberto Fernández, mediante el decreto N° 297, volvió obligatorio el aislamiento social y preventivo hasta (por lo menos) el 31 de marzo, dejándola en una especie de limbo, convirtiéndola en una paradójica exiliada en su país natal.

Fue la presentación de otro libro el motivo que la trajo de vuelta desde Hamburgo, Alemania, donde vive desde 2006: Hermanatria (La Plata, 2020) de editorial Píxel, un poemario surgido de la unión con Alejandra Szir, que no pudo llegar a venir debido al cierre de las fronteras antes de su viaje. Ella es hija del director de cine del grupo Cine Liberación y militante de la Columna Oeste de Montoneros, Pablo Bernardo Szir, secuestrado el 30 de octubre de 1976 y detenido-desaparecido desde entonces.  El juicio oral a los responsables, que siguen con vida, de lo que fue el centro clandestino de detención “Sheraton” y donde estuvo desaparecido Szir finalizó en marzo de 2019. Algo de su historia y la de sus compañerxs aparece en los films de Albertina Carri Los Rubios y Cuatreros, ya que los padres de ella (Roberto Carri y Ana María Caruso) estuvieron detenidxs-desaparecidxs en el mismo lugar que Szir.

Tapa de Hermanatria. Diseño de Celestina Alessio

Este pasado en común pero diferente, la figura de sus padres ausentes, la nostalgia y esa “herencia incomoda”, como definiera Alonso Morales hace unos años, las llevó a hermanarse, justamente, para la creación de este libro. En diálogo con Marcha, María Ester (M. E.) y Alejandra (A) hablaron a la distancia, a uno y a otro lado del Océano Atlántico, sobre la presentación que no fue en medio de la pandemia del coronavirus que puso un parate al mundo y la publicación de este libro como respuesta de ambas a “la impotencia ante mandatos enviados desde ningún lugar preciso”.

¿Cómo se conocieron?

M.E.: Emiliano Tavernini fue el artífice del encuentro. Él venía investigando y escribiendo sobre la poética de los hijos e hijas de desaparecidos para su maestría y fue quien me pasó el contacto de Alejandra. Me dijo: “es una compañera hija de padre desaparecido, vive en los Países Bajos y escribe poesía, tenés que conocerla”. Yo le escribí al volver del país en noviembre de 2018, venía de presentar mi último libro Corazones oprimidos – Unterdrückte Herzen y la invité a la presentación en Hamburgo. Ella no pudo venir en esa oportunidad pero nos enviamos los libros por correo postal. Alejandra me envió Cuaderno y yo le envié Corazones oprimidos. El año pasado, el 28 de marzo, organicé para la semana de la memoria una lectura en el Instituto Cervantes de Hamburgo y la invité a Alejandra. Ahí nos conocimos personalmente. Cuando la vi y la escuché supe que ya la conocía de antes. Fue encontrar una Hermana.

¿Cómo decidieron hacer este libro?

M.E.: Para llegar a la decisión de publicar Hermanatria confluyeron varios acontecimientos, señales de que íbamos por buen camino. Yo venía trabajando un manojo de poemas con las ideas de derrumbe, ruinas, demoliciones. Imaginaba un libro con fotos. Luego, Margarita Merbilhaá, compañera de H.I.J.O.S – La Plata, docente universitaria de letras e investigadora del CONICET, me mandó un trabajo sobre nosotras para una publicación académica en Alemania basada en un cruce entre en mi libro Entre dos Orillas – Zwischen zwei Ufern y Cuaderno de Alejandra. Finalmente, Alejandra me mandó por mail un documento Word con sus poemas nuevos. Ahí me cayó la ficha y le pregunté por qué no sacamos algo juntas. Y así nació la idea.

Después necesitábamos un editor y ahí convocamos a Carlos Aprea, del sello Pixel de La Plata. Carlos se puso la camiseta desde el primer momento y así fuimos sumando cómplices en este sueño. Sumamos a Margarita para el prólogo y a Mariana Eva Perez para la contratapa, dos hermanatrias. El equipo se completó con Celestina Alessio quien se hizo cargo del diseño del libro. Después siguieron meses de trabajo: selección de los poemas, leer, releer y reescribir, el trabajo de edición de Carlos, las correcciones, el diseño de la portada e interiores y finalmente enviar a la imprenta. Editar un libro de poesía es un milagro y una utopía, se necesita de la suma de varias voluntades, es un trabajo en equipo.

A.: Muchos poemas refieren directamente al juicio a los responsables del centro clandestino de detención llamado “Sheraton” donde estuvo mi padre, entre otros. Las audiencias y el juicio oral empezaron a fines de 2017 y se continuaron hasta que se dictó la sentencia el 25 de marzo de 2019. Me vi en una situación particular, quería estar y a la vez no quería, no sabía qué momento elegir. Finalmente, estuve presente en una de las audiencias pero no para acompañar a mi hermana o a mi madre o a la compañera de mi padre o a las víctimas y testigos que declararon y a quienes estoy eternamente agradecida. Me tocó presenciar el alegato de la defensa. El resto del juicio lo viví en Holanda, por YouTube. Y fue por necesidad de manejar la ansiedad, de no sentirme sola, de entender, que empecé a tomar apuntes y a dibujar mientras escuchaba. También para tolerar las palabras de la defensa, objetivar ese discurso, un discurso que gracias a la dictadura conozco muy bien.

No sabía qué hacer, yo ya no quería publicar poesía, estaba escribiendo prosa y quería seguir en eso, oscilaba entre hacer un libro sobre el juicio a guardar todo en un cajón. En esos pensamientos estaba cuando me di cuenta de que si venía un libro no tenía que ser sobre el juicio o solo sobre él, sino sobre la hermanatria, lo que acompaña, como ustedes ahora. La hermanatria no solo familiar de mis tres hermanas o mis hijas Francisca y Eleana. Leyendo el procesamiento caí en cuenta de la cantidad de mujeres que estaban detenidas con mi viejo. Eso también es Hermanatria para mí. Entonces María Ester me propuso hacer un libro juntas. Yo dudaba del título, de todo, pero si me quedaba dudando no hacía nada. A María Ester le gustó el título y ahí me di cuenta de que el libro tenía más sentido así, con las dos juntas.

En el libro se perciben tres temas que se desarrollan entre los poemas de cada una: la nostalgia, la herencia de los padres y el exilio. ¿Cómo se articulan?

M.E.: La nostalgia se puede apreciar desde dos puntos de vista: como hija y como migrante. Como hijas, es la nostalgia de lo que no tuvimos, del “hubiera querido”. Esto lo vengo trabajando desde mi primer libro y lo condeso en el poema y en el verso El padre que no viví. Esta nostalgia nos acompaña hasta hoy, es lo que Margarita define en el prólogo como la “vida-sin”. Nuestro presente lleva a la vida-sin. La impunidad, la magnitud de los crímenes nos llevan a esa presencia constante con intermitencias, con disparadores que son, por ejemplo, encontrar una foto o una carta, las audiencias de un juicio, un aniversario. Lo que vuelve es político. No se cierra, no hay duelo y eso es algo político. Nos afecta, nos alcanza a todos, estemos aquí o en el exterior.

Desde el punto de vista de una migrante yo hablo en mis poemas de la orfandad del que está lejos, sin su país, familia, amigos y entorno natural y cultural. El exilio es, como lo resumió magistralmente Juan Gelman en un poema estar Bajo la lluvia ajena, “El exilio produce una honda sensación de desamparo, de estar a la intemperie”. Y en este sentido, lo que hacemos con Alejandra de escribir en tu idioma bajo otra lengua es querer de alguna manera persistir en tu identidad de origen y saber que no te podés desentender.

A.: Son temas que compartimos con María Ester, cosas que tenemos en común. También con más personas de nuestra generación o incluso más allá, algo cultural. Me cuesta mucho pensar en cómo se articulan, espero que más o menos se articulen. Son sí temas que están muy entramados entre sí, no creo que se pueda escribir sobre uno sin el otro.

María, hablas mucho de los sueños en tus poemas. ¿Qué importancia tiene el mundo de lo onírico para vos? ¿Qué te posibilita?

M.E.: En los sueños y en la poesía no hay límites, todo es posible. Puedo encontrarme con mi viejo, dialogar, discutir con él. Puedo incluso intentar, como abogada, defenderlo a él y sus compañeros como lo escribo en Alegato en defensa de mi padre y sus compañeros. He viajado en el tiempo para alertarle de su peligro y salvarlo como en El cielo sobre Lanús de mi primer libro. Finalmente, en este libro participo de un sepelio y homenaje cuarenta y tantos años después en el patio de mi escuela como un verdadero Héroe nacional.

Justamente, en relación a la herencia de tu padre hablas tanto de “heredar la derrota” como de que “la revolución es un sueño posible”. ¿Qué conclusión sacas de esta contradicción?

M.E.: Patricio Pron en El espíritu de mis padres sigue subiendo en el aire dice que los hijos de los jóvenes de la década de 1970 íbamos a dilucidar la historia de nuestros padres como si fuéramos detectives. Y también que cargamos en nuestras espaldas la derrota de nuestros padres. La imagen de cargar una mochila que pesa pero que no se suelta aparece en un poema de Alejandra y en uno mío también. La idea de derrota es a un nivel generacional y a lo que significamos para la sociedad.

Por otro lado, también reivindico las razones que llevaron a mis padres y su generación a desafiar el orden político y social, las injusticias de la sociedad en la que vivían. Algunas razones siguen vigentes y, personalmente, las comparto.

Jacinto “el Gallego” Alonso Saborido (arriba) y Pablo Bernardo Szir (abajo), las dos figuras paternas fantasmagóricas que atraviesan el libro. 

El título del libro sale de un poema de Alejandra. ¿Por qué Hermanatria? ¿Por qué ni Patria ni Matria?

M.E.: Mariana Eva Perez explica en la contratapa este desplazamiento de hijas a hermanas. Ella dice “la ‘Hermanatria’ designa aquel país imaginario de pares pero también la experiencia que lo hace posible: una relectura compartida, bajo las luces de otro cielo, de un relato que es a la vez susurro íntimo y gran narrativa nacional. Al amparo de esa palabra, como ciudadanas de esa Hermanatria nueva, María Ester y Alejandra reinventan la propia condición y la proyectan en paisajes nuevos sembrados de futuro. No son (sólo) hijas: son hermanas, son migrantes, son madres, son amantes, son poetas”.

¿Por qué les parece importante posicionarse políticamente como hermanas y correrse del lugar de “hijas de”?

M.E.: En primer lugar, es una manera de hacerse cargo de lo que nos tocó personalmente, en nuestro propio cuerpo y nuestra propia piel. Somos muchos y muchas que sufrimos diversas variantes de tortura y secuestro por el terrorismo de Estado. En mi caso, nací, nacimos con mi hermana melliza María Elena durante la detención ilegal de mi madre, pasamos el primer año de nuestras vidas en la Unidad 8 de Olmos, en un pabellón especial donde eran alojadas las presas políticas con sus hijos. Nos destetaron cuando expulsaron a mi madre al exterior, pasamos los primeros años de vida separadas y después clandestinas en el interior del país en un durísimo exilio interno. Hicimos la primaria en tres escuelas distintas. Nunca tuve la sensación de tener familia o casa propia. Volvimos a La Plata en 1985. Mi hermana falleció con 16 años de edad a causa de una enfermedad del sistema inmunitario, Lupus, en parte por haber sufrido stress post traumático.

En segundo lugar, me parece que es importante asumir nuestra propia identidad política, sin tener que unirla a la de nuestros padres. Yo tengo veinte años más que Jacinto, ya he vivido muchos más años que él. Jacinto tenía 24 años cuando lo mataron, no llegué a conocerlo.

La presentación que no fue

La idea era juntarse acá para presentar el libro y marchar el 24 de marzo, un día muy especial para las dos. ¿Qué les produce que, por primera vez, no se marche en un día tan emblemático?

A.: Para mí, presentar el libro con María Ester en la semana de la memoria, ir a la marcha, era un regalo que me hacía a mí misma, un lujo. Me emocionaba mucho porque por estar afuera no había vivido nunca las marchas del 24, no había logrado viajar para estar en una de las marchas desde que se están realizando de esta manera. Desde un lugar egoísta es una desilusión no poder estar allá, no poder formar parte, compartir. Este libro es un poco eso también: permitirme el egoísmo de compartir. Ahora tendremos que inventar otras maneras de compartir y de estar presentes, hasta que podamos salir a la calle otra vez.

M.E.: A mí me produce una mezcla de sentimientos: desilusión, tristeza e impotencia. Fue como chocarse de frente contra una pared. Al poco de llegar la situación fue cambiando drásticamente en el país y en el mundo. Todo lo que vinimos a hacer se fue cayendo, Alejandra no pudo volar, se suspendieron las presentaciones y además se decidió desde los organismos de Derechos Humanos no convocar ni marchar para el 24 de marzo, una decisión acertada. Entiendo que es un cataclismo mundial, que nos tocó y nos excede. Lo más importante es que pasará.

La última etapa de un viaje son los últimos días, los peores. Ahí es cuando la migrante comienza a despedirse internamente del lugar y de la gente. El regreso a Ezeiza, pasar los controles de seguridad e inmigración. Y el momento final, cuando el oficial de Migraciones estampa el sello de SALIDA en el pasaporte y dice “adiós y muchas gracias por su visita”. María no puede evitar llorar. Ese último tránsito lo hace sola, significa una vez más tomar la decisión de abandonar el país. Una etapa que quedará en suspenso hasta que esta crisis pase y pueda volver a abrazar a su familia y gente querida que la esperan en Hamburgo.

(Izquierda) Alejandra Szir (Argentina, 1971) recibió una mención en la Primera Bienal de Arte Joven de Buenos Aires (1987, rubro novela). Publicó los poemarios extrañas palabras (1998, mención concurso Diario de Poesía), Cuaderno (2009) y Suecia (2016, segundo premio nacional de iniciación) y el ensayo Las fronteras del yo. Entre señoras, prostitutas, indios y gauchos (2017). Figura en las antologías Poetas Argentinas 1961-1980 (2007) y Si Hamlet duda le daremos muerte (2010). En la universidad de Leiden se graduó en Estudios Neerlandeses y obtuvo una maestría en Estudios Latinoamericanos. Reside en los Países Bajos.

(Derecha) María Ester Alonso Morales (Argentina, 1974) es abogada y activista de Derechos Humanos. Recibió el primer premio del Certamen Literario El Butacón (Hamburgo, 2013). Publicó los poemarios Entre dos orillas – Zwischen zwei Ufern (La Plata, 2015), Estirpe de Navegantes – Bitácora poética (Galizia, 2016) y Corazones oprimidos – Unterdrückte Herzen (La Plata, 2018). Participó de la Antología La Plata Spoon River (La Plata, 2014). Reside en Hamburgo, la puerta alemana al mundo.