Niemeyer, una arquitectura convencida y nuestra

Niemeyer, una arquitectura convencida y nuestra

Oscar Niemeyer en su juventud

Por Santiago Chudnovsky. De curva en contracurva, se fue uno de los máximos referentes de la arquitectura brasileña y su legado debe ser transformado en insumo para nuestra cultura.

“Niemeyer fue más que un arquitecto, fue un amante de la vida y un incansable defensor de la igualdad entre todos los seres humanos” (“Niemeyer foi mais do que um arquiteto, foi um amante da vida  e um incansável defensor da igualdade entre todos os seres humanos”) dice la reciente declaración del Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra de Brasil, que recuerda su figura como a “un amigo”.

Con 104 años encima, este arquitecto decía tan sencillamente que “la vida es un soplo”. Su larga trayectoria y su  inagotable trabajo lo convirtieron no sólo en uno de los arquitectos más reconocidos del mundo, sino también en una destacada figura de la cultura brasileña.

Nacido en 1907, Óscar (a secas, como lo llaman en Brasil) supo hacer convivir su pasión por la arquitectura y el arte con sus férreos principios políticos, humanistas y arquitectónicos. Se inició en la profesión admirando las tendencias europeas del Movimiento Moderno (de líneas rectas y ángulos secos), aunque rápidamente comprendió que el camino de sus obras sería otro, que rescataría los valores más trascendentes de dichas corrientes y construiría una arquitectura propia, que fuera de su pueblo, que forjara una identidad.

La belleza era para él, aquello que le daba sentido a la vida y la sorpresa, el vehículo de las experiencias arquitectónicas. Desde allí, entendía que su deber profesional era concebir cosas bellas con capacidad de sorprender porque era eso lo que le daba alegría a un pueblo mientras la arquitectura siguiera siendo únicamente de y para ricos. Esta idea recorre las obras más emblemáticas que supo concebir en la ciudades más importantes de Brasil y el mundo.

Ganador de premios como el Pritzker (el Nobel del mundo de la arquitectura) y el Príncipe de Asturias de las Artes, y a pesar de haber sido introducido al quehacer arquitectónico desde los círculos de poder (estatal, privado) algunas de sus obras más reconocidas fueron el Sambódromo carioca, el Museo de Niteroi (cerca de Río de Janeiro), la iglesia de San Francisco en Belo Horizonte, etc. Este arquitecto centenario fue, junto con Lucio Costa, uno de los mentores de Brasilia, la nueva capital del país. Impulsada  a finales de la década de 1950, por el entonces presidente Juscelino Kubischek, tuvo como objetivo “repensar” al Brasil, mostrar sus potencialidades. Aunque ahora muy criticada, Brasilia fue un campo propicio para proponer una arquitectura institucional novedosa: la reconocida catedral, el congreso nacional, el teatro nacional, edificios de vivienda, ministerios, todas obras que lograron construir un estilo personal. En el acto inaugural, Niemeyer , que esperaba que fuera una fiesta protagonizada por todos los que habían participado activamente en la construcción, decidió no subir al palco cuando acudieron al mismo políticos de todo el país a arrogarse el trabajo realizado. Eligió, en cambio, quedarse del lado de la gente.

Todo ello lo transformó no solo en referente de una generación intelectual y artística brasileña sino que también logró instalarlo en el imaginario social, tarea difícil para un arquitecto.

Suele decirse que Niemeyer fue un arquitecto “poeta” por la delicadeza de sus formas libres, por su capacidad de transformar el hormigón armado en material expresivo, por haber explotado la línea curva que tan exactamente ligó con el espíritu brasilero; pero no debe escaparse que fueron también ejes centrales de su vida la preocupación por la situación de los más desfavorecidos, su compromiso ideológico lo plantó firme ante cualquier escenario. El sueño de una Latinoamérica libre de injusticias lo llevó a concebir el famoso monumento Mano de América Latina, de cuya palma brota la sangre que representa el “sufrimiento de un continente eternamente subyugado”.

Fidel Castro (quién lo consideró el último comunista vivo) llegó a decir que la próxima vez que lo dejaran plantado, mandaría un barco desde Cuba a buscarlo, al enterarse de que le habían vetado el ingreso a EEUU por causa de sus convicciones ideológicas de izquierda . Anteriormente le había sucedido lo mismo, motivo por el cual la segunda vez se lo escuchó decir: “No se imaginan lo feliz que me hace que no me den el visado, caballeros. Es la prueba de que en 20 años no he cambiado, sigo siendo el mismo”. También se vio forzado a exiliarse de su país producto del hostigamiento sistemático de la dictadura brasileña de 1964, y aunque no tenía vetada la entrada, lo privó de seguir proyectando en su país durante largos años, pero le permitió desenvolver su arquitectura en lugares como París, Argelia e Italia, entre otros.

Dejando como herencia una producción gigantesca, una pasión y una actitud ejemplar, nos permitimos rescatar como lo más valioso de su figura la infranqueable disposición a defender sus principios éticos, políticos y arquitectónicos. Es la enorme alegría de sus obras que no es más que el fiel reflejo de la alegría del pueblo brasileño. Su legado nos da la seguridad de que debemos ser los protagonistas de nuestra propia cultura sin escindir nuestras ideologías, que la belleza también construye un mundo nuevo, diferente, propio.

Cuando ya sospechábamos de la posibilidad de que viviera 100 años más nos advirtió que “la inmortalidad es una fantasía, una manera de olvidar la realidad. Lo que importa, mientras estamos aquí, es la vida, la gente. Abrazar a los amigos, vivir feliz. Cambiar el mundo. Y nada más.”