Niñeces populares en aislamiento: la distancia del no abrazo

Desde la certeza de que el aislamiento tiene que ser físico y no social, Niñez y Territorio propone este recorrido por las experiencias de cuarentena de sus pibes y pibas. Buscando echar por tierra las fronteras que tratan de imprimir con nuestros barrios, acercamos estas voces y miradas atrincheradas. Porque a algunos encierros no se los decreta, sino que los trazan las desigualdades.

Por Niñez y territorio | Foto: Juan Pablo Barrientos

¿Cómo nos abrazamos en este tiempo? ¿Quiénes abrazan cuando no hay familia que cuide porque no pudo o no quiso o nunca hubo? ¿Cómo será jugar puertas adentro o puertas afuera? ¿Cómo será cuidar cuando falta de todo? ¿Qué sentirá ella cuando se va temprano sin poder quedarse en casa sabiendo que si no está no habrá quién cuide? ¿Qué sentirá aquel que igual decide salir con el carro a circular y circular quién sabe hasta dónde y hasta qué hora, sabiendo del riesgo pero sabiendo que si no, no se come? ¿Cómo nos cuidamos sin desamparar a esas pibas y a esos pibes que se quedan solos? ¿Cómo afrontamos el Aislamiento social, preventivo y obligarotio (ASPO) que se traduce en encierro para las pibas y los pibes que viven en situaciones de pobreza y violencia? ¿Cómo acompañar en tiempos de aislamiento social obligatorio?

Que la precariedad nos cuesta la vida no es nuevo, pero sí lo es saber que empeora en contexto de pandemia porque las condiciones de vida se deterioran aún más. Y que el impacto más fuerte de las crisis –la sanitaria, la económica y social– recae sobre los sectores más frágiles. Esto se traduce en que hay nuevos pobres y que las y los de siempre están más desamparados.

Así, el año pasado terminaba con la estadística de más de la mitad de los chicos y chicas pobres en la Argentina y el 23 % en hogares con condiciones de hacinamiento  y sin agua potable. No podemos dejar de preguntarnos: ¿Cómo estarán hoy esos pibes y esas pibas hacinados y sin agua?

Si seguimos con cifras, en ese tiempo alertábamos que la inseguridad alimentaria llegaba al 35%, que más de 4 millones de personas tenían problemas de empleo y que dos millones estaban desocupadas. En un contexto con deuda con el FMI y el endeudamiento de las economías domésticas, una inflación que fue marcando el alza de precio de alimentos y una caída abrupta de salarios, la situación no pudo más que empeorar. Porque hoy, quienes no tenían salario formal se quedaron sin nada. Sin ingreso y sin servicios.

Por eso repensamos el significado de #Quedateencasa y nos preguntamos: ¿Quiénes podrán quedarse en casa en esas condiciones? ¿Pensaste cómo será cuidarse sin agua durante días cuando escuchas “lavate las manos”, “cuidarte depende de vos”, ¿sentirás bronca o será como escuchar hablar de gente de un mundo ajeno? ¿Cuántas horas de cuidado se le sumarán a los días si hay que ir a buscar agua para lavarse las manos, para comer, para higienizar la casa, bañarse? ¿Cuántas personas tendrán posibilidades de cuidar, acompañar en las tareas de más de un niñe en una casa sin salario sin conectividad y con un solo celular al que se le agotan los datos que se reparten entre cinco? ¿Será posible hacer la tarea si tu mamá es trabajadora esencial y se va temprano con el único celular y vuelve a la noche? ¿Cómo será ese día para esa nena y esa nena sin tarea, ni amigos, ni datos, ni educadores para hablar de tanta escasez y soledad? ¿Quién me ayuda?

Por eso pensamos en estas niñeces en aislamiento. Las que viven en los barrios populares. Para las que el aislamiento obligatorio, en el lugar donde viven, se traduce en la gorra siempre dispuesta. Otra vez ven llegar más policía que educadores, que médicos, que enfermeros, que trabajadores y trabajadoras  sociales. Da la impresión de que para las altas esferas, en esta fase el problema son las y los pobres y no las precariedades, y la respuesta es el encierro. ¿Cómo era antes la vida de las pibas y los pibes más pobres de la Argentina? El encierro no es nuevo, no son nuevas las fronteras ni la violencia. Tampoco es nueva la indiferencia.

Así, el Covid-19 profundiza y reproduce las desigualdades porque impacta más en territorios marcados por el hacinamiento, la falta de servicios públicos básicos, la mal nutrición persistente, la precariedad de los servicios de salud y educación y la informalidad del trabajo. Y así como la indiferencia no es nueva sí lo es para estos barrios es la distancia del no abrazo. Eso que las niñeces reciben porque el hacinamiento se transforma en comunidad en esos mismos lugares.

Por eso nuestra manera, y la de muchas organizaciones sociales, de estar presentes es la de redoblar los esfuerzos para que no se instale el hambre en nuestras barriadas, y sabemos que el hambre no es solo de panza.  Que ese aislamiento no sea una manera de ser más invisibles, ni seguir interponiendo fronteras. Porque creemos que, en esta realidad tan difícil, la comunidad organizada es la que abraza e invita a soñar.