Nuestra América, donde habita la esperanza

America


Por Guillermo Cieza.
En Nuestra América hay mayores posibilidades de cambios que en otros lugares del mundo. Tras una primera década del siglo XXI plagada de convulsiones sociales podemos diferenciar tres tipos de experiencias.

Los autores no se ponen de acuerdo respecto del primer antecedente de las rebeliones populares en Nuestra América posteriores a la crisis de 1990. Algunos lo ubican en Chiapas, México, en 1994 y otros hablan de la guerra del agua en Bolivia, al comenzar el nuevo siglo. Lo cierto es que toda la primera década del 2000 estuvo marcada por importantes rebeliones populares en América Latina. En la Argentina tuvimos la rebelión popular de 2001.

En la segunda década del 2000 estas rebeliones se extendieron a Medio Oriente y después a Europa. Primero Grecia y España, luego Francia, Inglaterra, Portugal e Italia. Ahora llegaron a Wall Street, en Estados Unidos. Son los famosos indignados.

Si se analizan estas propuestas al principio reclaman cuestiones muy básicas: resistencia al ajuste, transparencia democrática, lucha contra la corrupción, defensa de los bienes naturales, etc. Pero a medida de que estas protestas se desarrollan y masifican se empieza a debatir que no basta con poner parches, que hay que cambiar de sistema.

Los pueblos se defienden, en palabras de González Casanovas, “identificando que los soberanos del mundo son las corporaciones, iniciando una nueva lucha, con rasgos comunes de tipo universal, en que están presentes todas las luchas anteriores de la emancipación humana”.

En el contexto más reciente, Nuestra América aparece un poco opacada por las novedades de las rebeliones en Medio Oriente o por la irrupción de los indignados en el primer mundo. Sin embargo, hay nuevos sucesos que merecen atención.

Por un lado se produjeron nuevos cambios institucionales, como la elección de Humala como presidente de Perú, masivas movilizaciones estudiantiles en Chile y un conflicto muy simbólico en Bolivia -el de la construcción de la carretera en TIPNIS- que pone en discusión el modelo desarrollista-extractivista que, por necesidad o convicción, han tomado como propio los gobiernos progresistas del continente.

Pero quizás lo más significativo a señalar es la diferencia cualitativa que siguen teniendo los procesos de Nuestra America respecto del contexto mundial.

En Nuestra America hay mayores posibilidades de cambios que en otros lugares del mundo: los de abajo son más fuertes y tienen más experiencia; los de arriba son filiales del poder concentrado, no su centro. Desde lo civilizatorio las rebeliones de Nuestra América parecen partir de un piso más elevado que las que se producen en las sociedades del Primer Mundo, muy penetradas por el individualismo y el consumismo, o las sociedades atrasadas de Medio Oriente, con un fuerte peso de valores conservadores sacralizados por la religión.

Observando lo ocurrido con las rebeliones en Nuestra America, me arriesgo a diferenciar tres tipos de experiencias:

1) Países donde se produjeron rebeliones que permitieron desalojar a los gobiernos neoliberales y posteriormente instalar gobiernos populares que con sus luces y sombras intentan cambios profundos. Ocurrió en el país que era el más politizado del continente: Bolivia. También en el país que era uno de los más despolitizados del continente: Venezuela. En estos países hay una fuerte contradicción entre lo viejo y lo nuevo y el sostenimiento del rumbo de cambio depende en gran medida de la acción de los movimientos populares.

2) Países en los que no se han producido rebeliones masivas pero sí cambios por vía electoral, gestando gobiernos que no han generado grandes modificaciones con las políticas anteriores y donde las identidades políticas de cambio acabaron siendo asimiladas por los modelos políticos de dominación anterior: Nos referimos a la Concertación de Chile, el Partido de los Trabajadores de Brasil y el Frente Amplio de Uruguay.

3) Países donde se produjeron rebeliones populares que no pudieron llegar al gobierno, aunque le marcaron la cancha a equipos políticos que, si bien ya habían gobernado ejecutando políticas neoliberales, tuvieron que advertir la necesidad de ejecutar medidas progresistas para ampliar su base hegemónica. En esos países la herencia de las rebeliones se expresa en la maduración de los movimientos populares de base y en el aumento de la politización de las mayorías.

Esto es lo que sucede en Argentina y lo que va a suceder con el próximo gobierno de Chile. En ese país, donde se está dando el pico de movilización más importante de Nuestra America, difícilmente se consiga reemplazar a Piñera por un gobierno popular, pero el próximo gobierno, sea de la derecha o de la Concertación, tendrá que tomar nota de lo sucedido si quiere gobernar.

Nuestra América es un lugar privilegiado en el mundo para proyectar nuevas utopías y Argentina, que cuenta con uno de los pueblos más politizados y con mayor experiencia de lucha del continente, contribuye a abrigar las mejores esperanzas para el futuro.

Bình Luận

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