Palabras para mi viejo, el hincha de San Lorenzo que no se fue

Una mirada profunda y amorosa de lo que se teje con un equipo de fútbol y los colores. Una herencia, un compartir, una cotidianeidad que es cancha y lazos para toda la vida. El cronista acaba de perder a su viejo, y le escribe desde los colores azulgrana que los marcaron para siempre.

Por Gabriel Casas

¿Adónde irán las almas de las y los hinchas? Se suele ver en las banderas. A veces con un dibujo de la persona y la frase: “Tal te alienta desde el cielo”. En otras, directamente hay anticipación: “Cuando me muera, te alentaré desde el cielo”. Como en las canciones de las hinchadas. Aunque nadie lo sabe en realidad. A muchos lo tapan con la bandera el cajón rumbo a su destino final. ¿Irá el alma también ahí adentro?

Como en esa fabulosa historieta de Quino, cuando en un cuadrito se encuentran Mafalda y Felipe. El amiguito le dice a Mafalda: “¿Qué palabra es esa pipiruchi? Lo siento en el alma, pero no te puedo entender”. Entonces, Mafalda le pregunta: “¿Lo sentís adónde, Felipe? ¿Qué es el alma?”. Y Felipe, todo colorado, empieza a balbucear: “Bueno, el alma es eso que uno tiene adentro. O quizás afuera. O no sé bien adonde está”. Y Mafalda lo corta diciéndole: “Está bien, clarísimo, Felipe”. Y termina el cuadrito con Felipe diciéndose a sí mismo: “He quedado como un vulgar pipiruchi”.

Bueno, el asunto es que recientemente mi padre murió. Él era fanático (casi hasta la enfermedad) de San Lorenzo. Nació en Boedo y desde muy jovencito seguía al Ciclón a todos lados (otra vez, como canta la hinchada). Ahora me detengo porque nunca le pregunté por qué o por quién se hizo hincha de San Lorenzo. El asunto es que él también nos hizo hincha a sus tres hijos. Su fanatismo era desbordante. Nada lo paraba, ni la lluvia, para ir a la cancha. Cuando San Lorenzo se fue a la B, volvimos de la cancha de Ferro en silencio a nuestra casa en Boedo. Yo tenía 11 años. Mi viejo esa noche se fue a dormir sin cenar. Estaba haciendo su propio duelo de los colores que amaba.

Cierta vez, le pregunté a su mejor amigo, Milo, de dónde había nacido tanto fanatismo de mi padre. Y Milo me contó que era parte de la barra de la goma. Una barra mansa, a comparación de las bravas de hoy en día. Apenas se agarraban a veces a trompadas a la salida de los estadios con otras hinchadas. Para que se ubiquen en el tiempo, les hablo de la década del 50. Lo de la goma era porque ese elemento cubría la cadena con la que le daban al bombo.

Fui a muchas canchas con mi viejo desde chico. Viví alegrías y tristezas. Al desaparecido Viejo Gasómetro, cuando iba a la platea de los niños. Después, cuando uno crece, ya va con los amigos de la infancia y de la adolescencia. Obvio, de Boedo. Mi padre, a medida que pasó el tiempo, se fue convirtiendo en una persona importante en el club. Cambió la popular por la platea al llegar a socio vitalicio. Los sábados iba a la Ciudad Deportiva del Bajo Flores (donde está el Nuevo Gasómetro) para coordinar o ser entrenador de un equipo en el fútbol recreativo. Siempre ad honorem. Una vez, cuando ya no vivía en su casa y él vivía solo, le regalé un lavarropas muy grande. Era de esos viejos cuadrados. A las dos semanas, cuando fui a visitarlo, no estaba más. Le pregunté y me contestó que se lo había donado al club para que lavaran la ropa de los chicos del recreativo. Que ellos lo necesitaban más que él. No pude responderle nada.

Mi padre no necesitó, ni necesitaba, tatuajes para llevar al Ciclón en su piel. Yo sí me hice un tatuaje con el escudo y los colores del club y la palabra “Boedo”. Como legado, sus cuatro nietas y nietos (dos por mi lado y dos por mi hermano Fabián) son hinchas de San Lorenzo. La última campaña, que fuimos a la platea con él y mis dos hermanos a todos los partidos de local, fue la de 2007. La del título con Ramón Díaz de entrenador. Recuerdo en el último partido con Arsenal. Con mis hermanos fuimos a la popular local, que rebalsaba de gente. Nos quedamos abajo porque no paraban las avalanchas. Casi ni veíamos los goles, y eso que fueron cuatro. Mi viejo fue al palco y nos encontramos después en San Juan y Boedo a festejar. Hacía mucho frío. Y también hacía mucho calor entre la muchedumbre.

El Alzheimer alejó a mi padre de la cancha y de los partidos los últimos años. Sin embargo, pese a la pérdida de su memoria inmediata, se escapaba de la persona que lo cuidaba y se iba en la semana a la ciudad deportiva. En especial, cuando había sol. Era increíble que pudiera ir y volver en colectivo hasta cerca de los 90 años. Un par de veces nos llamaron desde el club (les dije que era muy conocido) para decirnos que se sentía medio perdido por el calor. Siempre llevaba una agenda con los números de celulares de sus tres hijos. Era como uno de Los Matadores, pero sin nunca haber jugado. Es más, se hizo amigo de la mayoría de los futbolistas de Los Matadores.

Paradójicamente, San Lorenzo es el Matador. Los Matadores. Y mi viejo murió. Nos dejó una casa llena de todo tipo de banderines y cuadros del Ciclón. Era como su pequeño museo. Y nos dejó innumerables fotos, revistas, diarios con toda la historia del club. No sé adónde estará su alma (nadie lo puede saber). También, como Felipe, ni siquiera puedo explicar qué es el alma. Sólo sé adónde irán sus cenizas. Ah, mi padre se llamaba (o llama) Juan Carlos Casas. Se fue a los 91 años por el maldito alemán que le invadió la mente. No sufrió. Y todavía no puedo llorarlo. Y eso que ya lloré, con él, varias veces, junto a San Lorenzo.