Papelito, el hombre barbudo de Burzaco

Por Pablo Pallás*

Papelito formaba parte de la vida cotidiana del centro de Burzaco, en el distrito bonaerense de Almirante Brown. Aquí, un relato que juega con la ficción y con lo que muchas personas conocían de él.

Personajes de la calle que pueblan el sur del Conurbano bonaerense. Sus historias verdaderas y otras no tanto. La mirada de los otros. Don Acuña le cuenta al pibe quién era Papelito, extraño y mítico personaje de Burzaco. Don Acuña se pone reflexivo y le empieza a contar al pibe:

-Ves sabes Pibe, que hay muchos vagabundos, linyeras o crotos, o viajeros trashumantes que no son desclasados, que se cayeron del sistema, muchos hay y son la mayoría, sino algunos que eligieron el vagabundeo como forma de vida, de hecho hay mucha bibliografía sobre el tema. No te voy a hablar de los desahuciados del sistema, te voy a hablar de aquellos que por elección o por lo que algunos llaman locura, eligieron salir de la formalidad rompiendo todos los moldes.

Existe un cuento magistral de Haroldo Conti, “El último”, que habla de eso. Y más allá de la situación terrible o desesperante que es ser un desposeído, hablo acá del anarquismo trashumante, de la búsqueda de otro sistema. A veces lo que llamamos locura es lo que incita a estas personas  a tal determinación, otras veces un anhelo de libertad incondicional.

Veamos un caso concreto, famoso acá, en la zona sur del conurbano, exactamente en Burzaco. Papelito era un tipo de algo más de cincuenta años, que era parte del paisaje de Burzaco, se sentaba en Alsina y Roca en frente del puesto de diarios “El Nene” y allí tomaba todas las mañanas en una lata de duraznos  un mate cocido caliente. Mil historias alrededor de este hombre se tejieron, se entrecruzaron, de este hombre barbudo y sucio que vivía en la calle y que hablaba poco, mil historias dramáticas de su pasado, pero a ninguna le podemos dar crédito de verdad.

Papelito vagaba por Burzaco, por la plaza, por los comercios, por las calles más céntricas, cerca de la estación del  ferrocarril y paraba en esa esquina que te mencione. Muchos hablaron con él e intentaron ayudarlo en su situación, cuando uno interrogaba a aquellos,  decían simplemente que Papelito, estaba loco, que no se podía hacer nada.

Los mayores de la Parroquia de Burzaco, que está frente a la Plaza, más de una vez lo sentaron a su mesa la noche de los viernes, cuando se juntaban a cenar. Pero nada, el tipo se iba convirtiendo en leyenda.

-¿Y por qué lo llamaban Papelito? –interroga el pibe a Don Acuña.

-Porque la actividad más importante que tenía este buen ciruja durante el día, era ir a pedir a los puestos de diarios, a algún negocio,  diarios viejos, revistas viejas, él las juntaba, las llevaba a su esquina,  como también llevaba papeles que encontraba como tesoros por las veredas o en la plaza en frente del Colegio Inmaculada de Burzaco. Al llegar con el material se sentaba tranquilamente y comenzaba a romper en pedacitos todos los diarios y revistas y convertirlos en montañas de papelitos a su alrededor.

Algunos con formas de tiritas, otras con formas más alargadas que parecían palomas al decir de los que pasaban cerca de él, pero la mayoría, pedacitos pequeños que se iba convirtiendo en pilas y montones de papelitos ubicados a su alrededor en la vereda.

Traté de averiguar qué fue de la vida de Papelito, nadie me supo decir exactamente, algunos vecinos con cara de sufridos sentían pena por él, otros intuyo que lo envidiaban en secreto, una vida del aire, una vida sin horarios y con un solo objetivo, cortar papelitos. Otros lo extrañan. Así como llegó, un día se fue y los diarios viejos también extrañan ese ritual de ser la actividad principal en la vida de un hombre. Papelito les daba sentido a los papeles viejos y los papeles inservibles le daban sentido a su vida.

*Publicado originalmente en Diario Conurbano.