Pensar el “fin de ciclo”

Pensar el “fin de ciclo”

Por Ulises Bosia. Tras las elecciones quedó planteado el escenario político general de cara al 2015 y se impuso la idea del “fin de ciclo”. Algunas reflexiones para empezar a bajar a tierra lo que puede significar esto, a treinta años del retorno de la democracia.

Pongámonos de acuerdo rápido, para ganar caracteres y evitar confusiones. Cuando en diciembre de 2015 concluya el mandato de la presidenta, ningún Kirchner ocupará el sillón de Rivadavia por primera vez en doce años y, sea cual fuere la alternativa que prevalezca en las próximas elecciones, ese solo hecho planteará el inicio de una nueva etapa política. Incluso si llegara al gobierno un sucesor bendecido por Cristina, lo que aunque hoy parece más bien improbable, no puede descartarse del todo faltando dos años.

A eso vamos a llamar en esta nota “fin de ciclo”. No al final supuestamente inexorable del kirchnerismo como fuerza política y social, ni tampoco como elenco de gobierno. Ni siquiera al imaginado y propagandizado desmonte del conjunto de políticas y regulaciones establecidas a lo largo de esta década.

Dicho sea de paso, la profundidad de las transformaciones producidas y el consenso de fondo de la clase dominante con la estructura actual del capitalismo nacional, no conducen a un discurso de “refundación del país” sino que más bien imprimen a la dinámica política nacional la tónica de la “mesura”, “el país normal” y la “continuidad con cambios” que encarnan perfectamente Daniel Scioli, Sergio Massa y Hermes Binner, candidatos todos afines a los intereses de la cúpula empresarial local.

Nuestra clase dominante busca sacarse de encima un personal de gobierno imprevisible, que detenta ciertos márgenes de autonomía que le resultan intolerables, ahora que nos separa una distancia razonable del “infierno” del 2001. Se trata de corregir aspectos del “modelo”, algo que si bien en términos de la estructura económica puede ser pensado solamente como una modificación, en términos políticos y sociales puede implicar un fuerte retroceso.

Entonces, se viene un “fin de ciclo” en el 2015 y ello amerita una recapitulación histórica. A lo largo de los treinta años que está cumpliendo la democracia en nuestro país, podemos decir que ya hubo tres grandes finales de ciclo: el primero fue bien al comienzo, el del retorno de la democracia en 1983, cuando tras la derrota en Malvinas entró en crisis el régimen militar y grandes movilizaciones populares abrieron paso a un nuevo régimen político. El segundo en 1989, cuando Alfonsín debió retirarse de la presidencia antes de tiempo, signado por el shock de la hiperinflación y la crisis social, mediante el que la clase dominante pudo imponer la convertibilidad y las políticas neoliberales de los años noventa. Y el tercero a fines de 2001, cuando ante la recesión económica y una nueva crisis social provocada por la apertura indiscriminada de la economía, se desató la rebelión popular de 2001 que echó de la Casa Rosada a De la Rúa y luego de un interregno terminó por dar lugar a la década kirchnerista.

Sin forzar demasiado las cosas, puede decirse que en los tres casos (1983, 1989 y 2001) el final de cada ciclo político incluyó episodios catastróficos y grandes convulsiones sociales. Con estos precedentes, es significativo pensar que el 2015 parece encaminarse a ser el primer cambio de ciclo de la democracia argentina en condiciones de relativo respeto por las reglas institucionales.

La democracia liberal como régimen político parece haberse consolidado en nuestro país, a tal punto que hoy parece una verdad indiscutible, sin competidores a la vista. Por un lado, desde un punto de vista histórico, ello puede festejarse, tal como lo percibe la generación que padeció el genocidio. Pero al mismo tiempo, también es necesario dar cuenta de que esa consolidación no implicó terminar con la pobreza y la dependencia económica, la soberanía sobre nuestros bienes naturales, el final de la fractura social, cultural y simbólica que divide a nuestra sociedad, o tantas otras deudas que permanecen muy presentes como por ejemplo la penalización de la práctica del aborto. Tampoco implicó una renovación de las estructuras partidarias tradicionales, que fueron golpeadas en el 2001 pero lograron recomponerse parcialmente, en especial el peronismo que actualmente detenta una supremacía contundente por sobre su sombra radical.

Otra innovación de este fin de ciclo será la ubicación de Cristina como líder tras su paso por el gobierno. A diferencia de Juan Domingo Perón, cuya salida traumática del gobierno fue provocada por un golpe militar y su ausencia forzada se expresó políticamente por el trauma de la proscripción a lo largo de 18 años, y de Carlos Menem, quien se retiró del gobierno tras una década con una imagen negativa muy alta de la que nunca pudo recomponerse, Cristina puede convertirse en la primera líder del peronismo en terminar un ciclo de doce años y salir del gobierno con un liderazgo envidiable en el pueblo argentino, superior al de cualquiera de sus rivales.

Eso sería toda una novedad en el sistema político argentino, pero no desentonaría con la actualidad de nuestro continente, como testimonian Lula en Brasil o Bachellet en Chile. ¿Mantendrá su liderazgo desde afuera del gobierno? ¿Será una figura tutelar? ¿Tendrá la posibilidad de aprobar o reprobar cualquier iniciativa? ¿Se replegará para estar en condiciones de volver más tarde en 2019? ¿Qué pasará con la fuerza militante del kirchnerismo, que en buena medida excede al PJ? ¿Conseguirá mantener la actual coalición política unida en el Frente para la Victoria si este sello electoral no continúa en el gobierno? Algunas de las preguntas posibles hoy y que irán develándose en los próximos años.