Ponerle cara y nombre al cáncer de mama

En Argentina 18 mil mujeres al año son diagnosticadas con cáncer de mama. Algo así como pensar en dos nuevos casos… por hora. Sin embargo por detrás de las cifras, hay historias.

Por Mariana Fernández Camacho / Ilustración: Tomatoe

“Me dieron ganas de escribir. Capaz lo podés pulir”, escribió por whatsapp mi amiga Andrea, la doc del grupo, un viernes a las nueve de la noche. Y sin esperar su turno para seguir hablando, compartió una catarsis verborrágica, desordenada y con mayúsculas innecesarias. Andrea tuvo cáncer de mama. Todavía no cumplió 40, y ya pasó por punciones, biopsias, malditas confirmaciones y radioterapia. Zafó de la quimio, y quienes la adoramos agradecimos por eso a todas las fes mundiales que le encontraran el bulto a tiempo. Pero las marcas de tinta en la teta siguen ahí, y también las que se reviven cada mes de octubre (y varios días después) cuando estallan las campañas rosas sobre la segunda causa de muerte de mujeres en nuestro país.

Al cáncer de mama se lo suele analizar en números. Y no está mal, porque los números son espeluznantes: en Argentina se diagnostican 18.000 mujeres al año. Algo así como pensar en dos nuevos casos… por hora. Una enormidad que requiere de urgentes políticas públicas de salud y de géneros, porque aunque está recontra chequeado que la detección temprana a través de una mamografía anual nos puede definir entre contar o no la historia, las extenuantes sobrecargas laborales, domésticas y de cuidados desigualmente compartidas siguen ubicando la salud de las mujeres al fondo a la derecha.

Pero hay otra manera de hablar de cáncer, igualmente dolorosa: todos/as podemos ponerle cara y nombre al cáncer de mama, hasta más de una cara y un nombre quizás. Porque con seguridad quienes lean esta crónica conocen a, por lo menos, una mujer que tuvo o tiene la enfermedad.

El cáncer de mama podría llamarse Andrea, como mi amiga. O Laura, la paciente con su misma edad y diagnóstico que conoció hace unos días cuando la atendió en el control de ausentismo laboral post cirugía. La propia experiencia, reciente y cercana, le permitieron a mi amiga doctora no solo contener desde la medicina. Además le dio fuerzas, le contó lo que venía y la animó a no tirar la toalla. En el ascensor, la mamá de Laura abrazó y agradeció el “gesto humano” (dixit). “Esa señora me dio uno de los abrazos más genuinos que recibí. Tan auténtico, tan sentido. Ella entendía todo”. También era una sobreviviente del cáncer de mama. La historia se repetía.

Mi mamá se llama Susana y se curó hace poco más de un año, después de rayos y de una quimioterapia brava que la tuvo habitada por el tratamiento. Durante varios meses, ver a mi mamá fue ver y acompañar un cuerpo en lucha. Caída del pelo, hinchazón, cansancio, decaimiento, otros colores en su piel. Es que ganarle al cáncer no es disimulable. No es como tomar pastillas para la insuficiencia cardíaca y seguir. El cáncer se nota, hace gala, parece jactarse de su presencia. Y todo el proceso que hay que atravesar para matarlo o ralentizar queda indefectiblemente sobre la mesa.

El cáncer de mama podría sino llamarse como la extraccionista de la salita donde me saqué sangre la semana pasada. O como las compañeras de la escuela Normal 4 con las que mi tía sigue haciendo grupo: de seis, dos Gracielas y una Susana le sobrevivieron al cáncer de mama. O como Alicia, la suegra de una prima. O Gisela, la novia de un amigo. O Beatriz, que con kinesiología va aprendiendo a aceptar la cicatriz… el cáncer de mama se asocia con muchos rostros, nos recuerda demasiados nombres.

En el siglo 17, el filósofo holandés Baruch Spinoza tiró una frase que todavía seguimos rumiando: “Nadie sabe lo que un cuerpo puede”. A pasitos de comenzar el 2020, podríamos proponernos escuchar más seguido a ese cuerpo que no se sabe qué puede. Preguntarnos qué soportamos, por qué, qué hacemos y, sobre todo, qué no hacemos por nosotras. Qué no hacemos ni hace este sistema para que las mujeres nos dejemos de enfermar.