Quién alzó a un policía precarizado

El conflicto con la bonaerense puede entenderse de muchas formas. En este artículo, se expondrán algunas de las piezas de un polémico rompecabezas para que, quien se atreva, lo intente armar.

Por Ana Paula Marangoni | Foto de Juan Obregon

La pesada herencia es una frase que sirvió tanto para los oficialistas de aquellos años kirchneristas como para sus detractores. Para un nuevo gobierno (¿panperonista?) la frase no sólo connota un conglomerado de gestiones de uno, dos o tres gobiernos, sino que también permite sopesar el arrastre de aciertos, de errores y de transformaciones sociales que tienen alcance hasta el día de hoy. Pero también puede significar un tablero político, no elegido, sino heredado. Todo gobierno debe lidiar con eso. En cómo modificarlo a su favor radica gran parte de la estrategia que lo puede convertir en un gobierno olvidable o memorable, en líneas gruesas de balance.

Alberto el conciliador (epíteto elegido por quien narra esta historia) llegó a la presidencia con el flamante anuncio de cerrar la grieta, aparentemente, un exceso de confrontación mediática que dividió a la población argentina. La premisa, con tintes de aroma alfonsinista, sonaba mejor en tiempos de campaña que en las arenas del gobierno. Sobre todo porque, en líneas generales, el presidente no logra rearmar el tablero, y lo único que ocurre es que la consigna pacifista no sosega a los Magnetto, que a pesar de no haber logrado sostener la reelección de un gobierno más útil a sus negocios, todavía mantienen un poder que radica en desestabilizar, levantar, agitar, y hacer tambalear a un gobierno que no los desafía, pero tampoco los conforma.

El tío Beto, chabacano, tranquilo, canchero, no pierde la paz interior frente a las cámaras. Dialoga con los medios que le marcan la agenda, y busca conciliar intereses. Pero la agenda propia no aparece. Vicentín es el botón de muestra de un intento de gestión política que retrocede ante el menor escándalo. Y que, de no corregirse, enuncia el fracaso de no poder armar un juego propio, y continuar respondiendo, por default, a los beneficiarios directos de la grieta: nuestra elite corporativa, el empresariado de guante blanco.

Pieza uno: los pitufos

En 2013, un gobernador de la Provincia de Buenos Aires llamado Daniel Scioli (que aspiraba a ser presidente) tuvo la ocurrencia de incorporar 50.000 nuevos policías en la provincia, dando una respuesta marketinera a un problema de larga data, mal enfocado por la casta de monopolios que detentan los medios del país, al que mal llamaron inseguridad. El gobernador en carrera, entonces, agrega a la ya problemática fuerza una cantidad de nuevos problemas que se vieron traducidos en una nueva especie policial: los pitufos. Mal pagos y mal formados y, en general, en dependencia de los municipios, fueron una solución precaria que alimentó también la cadena de precarización laboral en las y los jóvenes del conurbano bonaerense, quienes encontraron en la propuesta una oportunidad para tener un sueldo fijo, con obra social y algunos derechos laborales.

Si la policía bonaerense ya era cuestionable por su formación orientada en la picana y el submarino de la última dictadura militar y ausente de nociones de Derechos Humanos, la caja chica basada en la corrupción, y sueldos bajos que propiciaban esta inclinación, la incorporación de pitufos no sólo no resolvió estos problemas, sino que los empeoró visiblemente, largando a las calles a pibas y pibes con un arma, sin formación, y con sueldos todavía más bajos.

Algunos de los rumores también dicen que, en medio de la pandemia, la policía vio reducida una buena parte de su ingreso mal habido, la caja chica de los negocios corruptos, menguados por la decreciente circulación de gente en las calles.

Pieza dos: Sergio Berni

La llegada de un tal Sergio Berni como Ministro de Seguridad a la Provincia no abrió un panorama alentador en relación con la necesidad de resolver estos problemas desde una perspectiva progresista. Berni, otra pesada herencia. Sus títulos son los de médico y abogado, y este último parece al menos difícil de rastrear a partir de los saberes que exhibe en sus declaraciones. Como médico se incorpora al ejército para luego formar parte del levantamiento de los carapintadas, una insignia esta vez comprobable.

En Santa Cruz, lo acusan de haber sido infiltrado en medio de una protesta de mineros, en la que participaba en calidad de médico. El gobernador de la provincia, en aquel entonces, era Néstor Kirchner. Cuando Néstor asume como presidente, Berni se incorpora como Dirección de Asistencia Crítica y Abordaje Territorial dentro del Ministerio de Desarrollo Social. Desde ese cargo, y otro similar que desempeñará dentro del mismo ministerio, articula para desarmar protestas, especialmente de piqueteros y piqueteras, tarea para la que ya había demostrado ser hábil desde el territorio santacruceño.

En 2012 asumió como Secretario de Seguridad de la Nación, y en ese cargo desplegó su potencial con mayor alcance. Una de sus primeras medidas fue el despliegue territorial de 6000 efectivos de Gendarmería en el Operativo Centinela. Fue responsable de detenciones de manifestantes que habían cortado la Panamericana, las cuales se realizaron ilegalmente en Campo de Mayo, ex centro clandestino de detención y tortura durante la última dictadura militar. Anteriormente, había participado de otros operativos, con una resolución ferozmente represiva. Un ejemplo es el desalojo de las tomas por una vivienda digna ocurridas en el Parque indoamericano en 2010, evento que culminó con una brutal represión y la muerte de tres personas.

Ese Berni, es el actual Ministro de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires. Los rumores afirman que tal personaje no cae bien ni entre los jefes de la bonaerense y ni entre un cúmulo de intendentes. Previamente a la protesta, una de las novedades políticas fue el anuncio de Berni de postularse como presidente del PJ en la provincia. Anuncio que no cayó en gracia para fuegos amigos ni enemigos.

Si el gobierno planeaba una reforma integral de las fuerzas policiales y armadas, no parece haber elegido al candidato correcto. Berni, el que desafía a la Ministra de Seguridad de la Nación, Sabina Frederic, y no tiene inconvenientes en desautorizarla, un milico de práctica que no tiene pudor a la hora de hacer el trabajo sucio, y que parece no acusar recibo ante el crimen de Facundo Castro, agredido, desaparecido, y finalmente confirmado su asesinato al ser hallado su cuerpo, con todas las pistas apuntando por culpabilidad y encubrimiento hacia la policía. Muchos de sus dichos son memorables. Entre ellos, su defensa de Chocobar.

Manifestantes ¿armados?

Los precarizados de la bonaerense se movilizaron, haciendo foco en Puente 12. Pero es difícil hablar de manifestación y no de un alzamiento, cuando se trata de policías que lo hicieron armados, e incluso haciendo uso de los patrulleros con los que deberían cumplir servicio.

Las movilizaciones llegaron, en una demostración de poder, hasta las afueras de la quinta de Olivos, emblema del poder presidencial.

En medio de un conflicto que agitó las aguas más de lo deseado para el presidente de la paz y los acuerdos, se anunciaron los aumentos de sueldo para la policía, a partir de lo cual se diluyeron los focos de protesta.

Pieza tres: los Magnetto

Cuesta imaginar cuánto hay de protesta espontánea y cuánto hay de operación. Lo que está claro es que los Magnetto no desaprovechan oportunidad, y levantan los vientos de la desestabilización con los inconformes de la cuarentena, en pleno auge de contagios, con el fantasma de la crisis económica, al que invocan permanentemente, y en su última edición, con los levantamientos de policías, armados ¿pacíficamente? frente a la quinta presidencial.

El gobierno esquivó la confrontación con una negociación veloz. Pero quedan en el aire algunas preguntas: ¿van a caer los responsables fácticos y políticos por el crimen de Facundo? ¿Van a reformar la policía bonaerense, de las provincias y federal para combatir los eventos permanentes de inseguridad propiciados por las mismas fuerzas? ¿Podrá el gobierno plantear una agenda propia, al margen de las bocinas desestabilizadoras y de la agenda de las corporaciones que hoy parecen, sino gobernar, al menos sí marcar el rumbo de lo que se puede hacer y debatir? Y, por último, ¿algo de todo esto les interesa?