Quiero llenarme de tí

Quiero llenarme de tí

Por Mariel Martínez. Hoy cumplirían años Sandro y Roberto Sanchez, nuestro más conocido caso de bipolaridad cultural. Roberto Sanchez murió hace ya tres años, el 4 de enero de 2010. Sandro sigue pululando vivo, porque como toda leyenda desconoce los procesos biológicos.

Siempre celoso de su vida privada, fue amigo de las cámaras pero reacio a las preguntas. En los pocos casos de reportajes íntimos que se han logrado realizarle,  él mismo definió sus estrategias: “Sandro es el muñeco, yo el titiritero”. ¿Será inútil buscar la respuesta a una pregunta que sus seguidoras no se han hecho? ¿Es en vano preguntarnos cómo se movían esos hilos o  cuál fue la dinámica que hizo del gitano el héroe de la sexualidad argentina?

Quizás  haya sido su año de nacimiento, 1945, el que signó su destino de ícono popular, o la mezcla fatal de erotismo y barrio. O la genial idea de inventar un Presley latinoamericano, o el exceso de brillos y ropa extravagante. Lo cierto es que cincuenta  años de carrera han dejado un tendal de bombachas en cada escenario, un conjunto nada despreciable de maridos aceptando un trío imaginario y un piso difícil de igualar para cualquier sex simbol del nuevo siglo.

Toda la vida de Sandro fue pública, toda la de Don Sánchez fue privada. Sandro se debió a sus chicas, a las que le gritaban piropos osados o insinuaciones desmedidas como “pedime lo que quieras, yeguo”. Un raro caso de popularidad sostenida en el tiempo, un envidiable  polo de creciente deseo.

Eduardo Aliverti cuenta  que en una ocasión de cruce,  intercambió unas palabras con el ídolo: “Te escucho desde Continental y Belgrano, en los tiempos jodidos. Todos los días, cuando encendía la radio, me preguntaba: ¿estará hoy este tipo?” y  ese comentario es lo que lo hizo pensar que quizás Sandro y Roberto Sánchez no eran estrictamente lo mismo, que en una de esas Don Sánchez conocía algo más allá de lo que pasaba en el escenario donde la euforia femenina alimentaba el mito. Así nacieron  memorables citas  de un reportaje  en radio nacional, en donde el periodista y el cantante se encuentran más allá de lo visible y lo farandulesco.

Allí recorren amores, deseos frustraciones. Roberto Sánchez cuenta cómo se volvió a enamorar a los 60, cómo a los 17 años pensaba que Dios era su secretario, cómo le marcó la vida una maestra de primaria que les ponía discos de Bach o Mozart, y les proponía dibujar lo que escuchaban.  Y  sí, claro que también cómo transformó su casa de Banfield en un castillo cerrado, cómo eran sus concepciones de ser “hombre y caballero”, su relación con las mujeres, su eterno alimentar la histeria. Y cómo Sandro, muchas veces, le jugaba una mala pasada a Roberto: “Tengo un Mercedes del ’70 que casi nunca usé porque cuando salía con ese auto, descapotable, y me paraba en un semáforo al lado de un colectivero o un camionero o cualquier trabajador, me gritaban  ´vos sí que la ganás fácil´. Y me di cuenta de que yo no quería eso. Entonces me compré un Fiat 1600 y cuando paraba con este otro auto en los semáforos, esos mismos laburantes me decían ‘qué hacés Sandrito. Mi mujer me tiene loco con vos y mi vieja te adora, hermano´. Yo quería que me dijeran cosa lindas, no que me puteasen. Entonces el Mercedes quedó ahí, tirado”. Claro, así también de contradictorios son nuestros ídolos.

Existen muchísimas Sandras signadas con ese nombre por compartir casualmente la misma fecha de nacimiento con la pelvis de Latinoamérica. Algunas otras tuvimos padres que han intervenido para salvarnos de la ignominia. Pero seguramente todas hemos visto  que ante cada cumpleaños centenares de “chicas” iban a ofrendarle flores a su casa de Banfield. Después de su muerte, desde el año pasado, el 19 de agosto se instituyó para ellas en el “Día del hombre” y se multiplican homenajes caseros, cotidianos, colectivos, en donde el recuerdo se transforma en baile y alegría. Y ya no hay llanto, porque Sandro les ha cantado, innumerable cantidad de veces, que quiso que lo recuerden como a la misma felicidad. Por eso, a descorchar un vino, a pedir fuego, y Feliz cumpleaños, Sandro de América.