Recordando a Osvaldo Bayer

La llegada del tren.

El ansia.

Sí, de vernos, de quedar abrazados.

El encuentro de los ojos,

de los cuerpos, de nosotros.

Después de tanto tiempo

tus ojos, tu sonrisa,

el amor, eso tan increíble,

humano, humano, colores,

nunca apenas.

Sonrisas y sonrisas,

para siempre.

El momento definitivo.

El amor, la vida con luces,

despertares, la vida del sueño,

fuimos poetas por muchos días,

años, la vida.

El encuentro:

el 24 de enero de 1952.

Comenzaba todo lo interminable,

lo definitivo.

Nuestras vidas serían nuestra vida.

Nuestro amor sin jamás ser derrotado.

Está en flor. En nuestros ojos. En tu voz.

En las palabras, en las miradas.

Nuestros hijos, nuestros nietos, nuestras bisnietas.

La vida que fundó

nuestro amor sin fin.

Osvaldo

24 de enero de 2013

Hace un año partió de esta tierra Osvaldo Bayer, el eterno libertario. El 24 de diciembre de 2018, a los 91 años de edad, el escritor autor de clásicos como “La Patagonia rebelde” y “Los anarquistas expropiadores” falleció dejando un inmenso legado de libros, artículos, conferencias y, sobre todo, una vida ejemplar dedicada a una ética de los y las desposeídas. Para recordarlo, recurrimos a las memorias de Marlies Joos, su compañera por más de 60 años de vida.

Por Luis Hessel* | Foto de Mariana Nedelcu

Cierto sábado del mes de agosto de 1947, Hilde y yo decidimos ir al Teatro Colón. Daban Rigoletto. La función comenzaba a las nueve de la noche. Así que teníamos mucho tiempo antes para hacer alguna otra cosa. En el Instituto estaba anunciada una conferencia sobre Los maestros cantores de Ricardo Wagner. Decidimos escucharla. Nos vestimos bien, como corresponde para ir a la ópera, Hilde con un sombrero con pluma muy larga y yo con una boina. Ya estaba por comenzar la disertación cuando pasó por el pasillo, con el director de la escuela, un joven muy apuesto. Le comento a Hilde: “este es el único muchacho buen mozo de toda la escuela”. Bueno, y él hizo la charla. Quedé maravillada de Wagner, y eso que era la época en que más me gustaba Chopin (debe ser por una película americana con Cornel Wilde de Chopin, horripilante). El orador tenía 20 años.

Esa noche ni cené ni dormí, creo que me había enamorado. A partir de ese día fuimos siempre juntos caminando a Retiro después de las clases del Instituto y nuestras charlas eran interminables. Debo decir que a veces me preocupaban sus ideas disparatadas -era posible que estuviera maravillado porque esa noche Marte estaba a una distancia más corta de la Tierra que de lo común-. Me inició literariamente en los autores que se leían en aquellos años: Hesse, Mann, Whitman, Sartre, Rilke.

Con Dios comencé a tener dificultades, y a raíz de sus injusticias, rompí del todo con él. Mientras tanto, Osvaldo escribía poesías profundas, melancólicas.

Osvaldo iba a estudiar medicina o ir a la marina de guerra o hacer algún doctorado, todos deseos de su madre. Para no ingresar a la Marina de Guerra se hizo aplazar en el examen de ingreso. Así que medicina. Rindió perfectamente el examen de ingreso y comenzó el estudio. Yo no estaba muy convencida de ese estudio, Osvaldo no tenía la más mínima relación con el cuerpo y la anatomía. Su pasión era escribir. Papá decía: “enamorate de un carpintero, de un comerciante, las poesías se escriben los domingos”.

Osvaldo trabajaba en Clarín y Correo de la Tarde. Más tarde fue elegido secretario general del sindicato de prensa. Apenas lo veíamos. En 1964 fue allanado el edificio del sindicato y todos los presentes, inclusive los que habían ido a pagar la mensualidad, fueron llevados presos. 45 hombres fueron llevados a una antigua cárcel de mujeres, en medio del centro, enfrente del Colegio Lasalle. Dormían todos en un dormitorio grande. No hubo ninguna acusación, ningún juicio, estaban librados a la voluntad del gobierno de turno. Dos veces por semana había horario de visita. Los domingos iba con los cuatro chicos, creo que fue un episodio muy impresionante para ellos. No el momento de visita: había un patio grande y mientras los mayores conversábamos, ellos jugaban con los chicos de otros presos. Pasó un mes y no pasaba nada. Había que ir pensando en una estadía más larga y si bien Clarín seguía pagando el sueldo, eso no iba a ser por mucho tiempo (…) Decidí alquilar una habitación de nuestra casa. Mi prima Matilda trabajaba en la embajada suiza y me comentó que un compañero suizo precisamente buscaba una. Así fue como entró Georges Brichler a nuestra casa. Todos lo llegamos a querer mucho y fue enseguida como un miembro más de la familia. Por supuesto nos trajo algunos alivios, aparte del financiero. Aún no teníamos teléfono, así como no lo tenía nadie. Ni siquiera la escuela primaria de los chicos, con 500 alumnos, tenía teléfono. Y a través de él en seguida lo tuvimos. También tenía un pequeño auto VW que nos ayudó en más de una ocasión a superar percances de la vida diaria. También comenzó a tomar clases de guitarra conmigo.

Osvaldo salió a los dos meses, pero Georges siguió con nosotros. Con él nos acostumbramos a “Aperó” (como él llamaba el aperitivo) los domingos a la mañana. Él nos proveía de bebidas y creo que las mejores páginas de los libros de Osvaldo se deben a los whiskies que –aportados por Georges– lo inspiraban.

Osvaldo viajaba mucho: a los Estados Unidos, Cuba, Hungría, a la República Socialista de Checoslovaquia, a la Unión Soviética, a la República Democrática Alemana y a la República Federal Alemana. Para la familia eran grandes aventuras: Osvaldo traía novedades de lo que ocurría en el mundo y por supuesto regalitos: lápices de colores, cajas con compases, un libro de cuentos rusos que llegó a ser el libro preferido de Udo; para mí un tapado de piel artificial, mini – el último grito de la moda de aquellos años– con gorrita con vicera rojo; todo el mundo (los hombres) me miraban. Se usaban las polleras muy cortas y las mías lo eran bastante.

Osvaldo y Marlies

En aquellos años salía una revista llamada Todo es historia, dirigida por Félix Luna, un amigo de Osvaldo. Él le pedía a Osvaldo que escribiera artículos y así comenzó a escribir notas históricas. Le pidió que escribiera algo sobre un anarquista italiano fusilado en Buenos Aires en el año 1931 y que siempre había sido considerado como un bandido común y silvestre: Severino Di Giovanni. Una pequeña nota llevó a Osvaldo a interesarse en el tema y así fue como escribió su primer libro: Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia. Esto fue en el año 1970. El libro fue todo un éxito y tuvo varias reediciones. También en base a un artículo en esa revista, Osvaldo escribió su primer guion cinematográfico: “La maffia”, que fue llevado al cine por Leopoldo Torre Nilsson. Lamentablemente este no respetó el libro original y si bien fue una buena película, no fue lo que Osvaldo hubiera querido ver filmado. Un nuevo artículo escrito para Todo es Historia versaba sobre los fusilamientos de trabajadores en la Patagonia en el año de 1921. Este fue el comienzo de una investigación que le llevaría seis años de viajes al sur de la Argentina y a desembocar finalmente en la escritura de cuatro tomos sobre el tema. En los años 20 se habían levantado trabajadores rurales de la Patagonia por mal pago y condiciones de vida y trabajo sumamente precarias. Al no realizarse la esquila, el gobierno de Hipólito Yrigoyen envió un regimiento a la Patagonia para terminar con el levantamiento. El jefe del regimiento y los estancieros confeccionaron un tratado por el cual se le daba un mejor trato y condiciones a los obreros. Pero los estancieros no cumplieron con el contrato, los trabajadores volvieron a declarar la huelga, el gobierno mandó nuevamente al regimiento a mando del mismo comandante y éste decide fusilar a aproximadamente 1500 obreros. Durante 50 años este tema fue tabuizado en la Argentina. Osvaldo pudo entrevistar a muchos de los que aún vivían y habían estado involucrados en la masacre, tanto como actores o como víctimas. Pudo obtener enorme cantidad de material de los archivos y relatos personales con los que pudo escribir los tres libros de Los Vengadores de la Patagonia Trágica; el volumen 4 salió en Alemania durante el exilio.

Osvaldo pudo realizar el sueño de su vida: renunciar al periodismo y dedicarse por completo a la escritura. Muchos años había trabajado en el diario Clarín, pasando por todas las secciones: Congreso, policiales, interior, política y cultura.

En la Argentina empeoraron las cosas. Después de la muerte de Perón, le siguió como presidenta su mujer, Isabelita. Era una pobre mujer que no tenía noción de nada. Se creó la AAA (Alianza Anticomunista Argentina), un émulo del macartismo americano. Todo lo que no era de derecha – y la izquierda ya comenzaba en el medio – fue perseguido, prohibido: intelectuales, sindicalistas, profesores, políticos, estudiantes. Se prohibieron y quemaron libros, entre ellos, el Severino y la Patagonia de Osvaldo. Fue “recomendado” no seguir exhibiendo la película. En volantes que se repartían por todas partes figuraba una lista con “zurdos que serán eliminados” y por orden alfabético figuraba Osvaldo Bayer como primero. Comenzamos a poner al día nuestros documentos personales. En el vecindario, los vecinos eran instigados por la policía a hablar sobre nuestras costumbres, horas de salida y llegada, visitantes, se hicieron razzias en el barrio. Cuestión que los vecinos mismos nos pidieron que nos fuéramos ya que también ellos corrían peligro. A fines de septiembre, Osvaldo viajó a la Patagonia para dar una serie de conferencias. Yo quedé sola en casa con Stefan y Ana. Una noche suena el teléfono y el editor de Osvaldo nos aconseja abandonar la casa esa misma noche ya que corríamos peligro. A él se lo había comunicado la misma persona que poco tiempo antes había advertido del mismo peligro al rector de la universidad, Silvio Frondizi. El rector no se inmutó y fue asesinado. Así que con los dos hijos tomamos nuestros piyamas, los cepillos de dientes y nos fuimos a casa de mi amiga Ruth. Ella vivía en una fábrica que más bien parecía un bunker, allí nos sentimos seguros. Esto fue muy valiente por parte de Ruth y nunca lo olvidaremos. Poco después llegaba Osvaldo y el editor lo fue a esperar al aeropuerto donde le aconsejó no ir a su casa. Osvaldo se refugió en casa de amigos anarquistas. Ana y yo decidimos viajar a Alemania; Stefan iría a vivir en casa de la familia Henke, ya que le faltaba un solo mes para terminar la escuela secundaria. Ana y yo nos quedamos diez días en casa de Ruth y luego nos embarcamos en un barco italiano rumbo a Génova.

Durante todos esos años de dictadura, Osvaldo hizo lo imposible por denunciar los hechos que ocurrían en la Argentina: dio conferencias, escribió artículos, participó de demostraciones, él era el mentor de todas las agrupaciones en Alemania  (…) Después de la fracasada guerra de las Malvinas, se proclamaron elecciones libres en la Argentina, volvía la democracia. Contentísimo, Osvaldo preparó sus valijas y retornó luego de seis años de exilio. Yo decidí no volver. Tenía un trabajo que me gustaba y perspectivas para obtener una jubilación alemana. Todos mis hijos y nietos estaban en Alemania y me hubiera resultado muy difícil vivir nuevamente en la Argentina. Nos arreglamos: vivíamos los dos con un pie en Alemania y con el otro en la Argentina. Osvaldo pudo instalarse en uno de los departamentos de la casa de la nona, hoy es el famoso Tugurio.

Osvaldo tuvo grandes problemas en ubicarse luego del retorno. No fue fácil volver a encontrar trabajo: los que se habían quedado en la Argentina no le perdonaban la “huída” a los exiliados. Luego fue empleado como columnista en el diario Página/12, tarea que cumple hasta hoy.

*Marlies partió un 2 de septiembre de 2015 y nos dejó su libro de memorias “La vida me ha regalado todo”, del cual compartimos pasajes. Sesentaiún años juntos.