Riquelme y el tiempo

Después de que Riquelme genera revuelo acá y allá al presentarse en la fórmula de Ameal contra el oficialismo-macrismo en Boca, unas palabras que nos llevan a revisar al Román jugador y al Román que piensa su próxima jugada: el tiempo está, siempre, de su lado.

Por Juan Stanisci

Para dar un buen pase es necesario entender dos variables: fuerza y tiempo. La pelota tiene que llegar a una determinada velocidad en el momento exacto para que el compañero tenga ventaja en la jugada, ya sea para continuarla o para terminarla. Fuerza y tiempo. No alcanza solamente con ser hábil con los pies o con ponerla donde uno quiere. Si no se sabe manejar la fuerza y el tiempo, entonces algunos pases saldrán bien, pero no dependerá del jugador.

Riquelme fue uno de los mejores pasadores de la historia del fútbol mundial. 190 asistencias a compañeros a lo largo de su carrera lo demuestran. Eso sin contar todos aquellos pases anónimos que no son contabilizados porque no terminaron en gol, ya sea por impericia del definidor o porque el pase daba curso a la jugada. La fuerza, pero más que nada el tiempo, siempre estuvo de su lado. Él siempre supo que si la pelota la tenía su equipo, entonces era solo cuestión de esperar. Al fútbol se gana con goles; los goles se hacen con la pelota; si la pelota la tengo yo entonces tengo más chances de ganar que el rival. Hace varios meses que Román tiene la pelota.

Así en el fútbol como en la vida

Durante el mediodía del 17 de septiembre explotó un rumor en Twitter: la despedida de Riquelme sería el 12 de diciembre, día del hincha de Boca. Con el correr de los días y a la vista de los acontecimientos, ahora se entiende algo que antes había quedado en el aire: la noticia se había filtrado antes de que Román apareciera en cámaras. Riquelme siempre fue tan hábil con la pelota como con el micrófono. Pero, también, Román siempre supo qué hacer con el tiempo frente y fuera de las cámaras. Cuando se lo veía dentro de un partido, había dos maneras de verlo: por televisión, donde se notaban la precisión de sus pases y los envíos certeros; y en la cancha, donde se lucía sin pelota porque jugaba con ese otro tiempo que no se televisa, el del arrastre de marca, el de organizar compañeros y rivales, el de cranear la jugada próxima en el momento. Esos tiempos también son del diez. Dos meses después se puede ver que la filtración no fue inocente. Horas más tarde Román oficializaba su despedida para cuatro días después de las elecciones en Boca. Quizás las más importantes de las últimas dos décadas.

Cuentan quienes tienen acceso a informaciones incomprobables pero ciertas, que la despedida iba a ser en octubre. Pero en vistas de los resultados de las PASO, gente cercana a Macri –si es que no fue el propio Mauricio– se comunicó con Riquelme para pedirle que el partido fuera en diciembre. Ya era bastante con haber perdido por goleada en la Nación y en la Provincia de Buenos Aires como para sumarle una bombonera repleta de hinchas de Boca que insultaran a Angelici en las semanas previas a la elección definitiva en Nación. Probablemente el todavía oficialismo sobredimensionó los insultos en la cancha, en vez de prestar atención a gritos más importantes como los que reclaman comida o trabajo. Quizás ya empezaban a sentir el olor de la lona y no querían un golpe definitivo, por más de que en la práctica significara poco o nada. Lo cierto es que Román corrió la fecha de su partido, y desde el oficialismo de la Nación y de Boca lo vieron como un guiño.

Luego llegó la eliminación de River. La quinta. El oficialismo en Boca sabía que una derrota más con el eterno rival sería un cross a la mandíbula. No un golpe de knock out, ya que 24 años en el poder hacían que la maquinita eleccionaria estuviera bien aceitada, pero sí era un resultado que complicaba la elección. Y el 22 de octubre Boca quedó afuera con River. Una semana después, desde el diario Olé empezaban a deslizar, primero con suavidad, que Riquelme estaba cerca del oficialismo; es decir, de Gribaudo. Todos los días había una noticia que relataba que Román estaba cada vez más cerca de oficializar su candidatura con Gribaudo.

En aquel momento, deslicé tres posturas: era una operación del macrismo o Román estaba jugando en modo Cristina para despertar a la oposición y terminar uniéndose a ella o, lo que era peor, efectivamente Román estaba cerca del oficialismo y sería uno de los dolores más grandes de mi vida.

Misterio develado (o no tanto)

Las operaciones del diario Olé y compañía se terminaron por un tiempo el 7 de noviembre. Ese mediodía, Riquelme habló desde el patio de su casa –no la Bombonera, sino la casa donde vive– con el Pollo Vignolo. Ahí, con su mejor cara de Riquelme, le dijo al rubio periodista que estaba dispuesto a meterse en la política de Boca, siempre y cuando todos los candidatos se unieran. Ante la incredulidad de Vignolo, Riquelme le explicó que si todos habían sido oficialismo en algún momento, no entendía por qué ahora no podían unirse. Al pobre Pollo, que esperaba una primicia más directa y jugosa, lo agarró desprevenido y entró como caballo al stud. Al igual que todos los periodistas y los dirigentes.

Al día siguiente Angelici, con su mejor cara de Angelici, desfiló por los canales pidiendo unidad a los cuatro vientos. Y organizó una reunión para charlar el tema en cuestión. Pero Ameal y Beraldi no fueron. Entonces, pero esta vez con cara de maestro que marca un errora los alumnos, habló de que estaban dispuestos a unirse, pero que el resto no. Y cuando digo “el resto”, claro está, me refiero a Ameal y Beraldi, ya que un candidato que dice ser oposición no solo en Boca se juntó muy contento olvidándose del espacio que ocupa en la política nacional. De esta manera, el camino parecía fácil: Román pidió unidad; todos nosotros intentamos la unidad; la oposición no quiso = Román tiene que venir con los que buscamos la unidad.

El tiempo pasaba y el cierre de listas se venía encima. “Que va con Ameal”. “Que está cerca de Gribaudo”. Ya lo sabemos: cuando Riquelme no quiere, las palabras no se filtran. Y cuando Riquelme quiere, un miércoles a la mañana se filtra que su partido despedida se suspende. Y que sale a hablar al mediodía. ¿Qué mejor manera de acaparar la atención? Todos y todas queríamos saber qué iba a pasar con ese bendito partido. Los minutos pasaban y los muchachos de 90 minutos de fútbol hablaban pavadas y más pavadas; pero de Román, nada. Hasta que pasaditas las dos de la tarde llegó Riquelme. Y sucedió lo que todos ya sabemos y vimos y compartimos por WhatssAp e hicimos memes. Lo único que voy a destacar es que, si no lo hicieron, presten atención al tiempo que se toma para decir: primero que sí va a meterse en política y después con quién.

La venganza es un plato…

Cualquier otro, hubiera mandado a Angelici a la mierda. Después de no querer renovarle el contrato, de decir que con él como presidente Riquelme no volvía más a Boca; después de que Gribaudo se burlara de él por Twitter, lo más lógico, lo que haría cualquiera, sería mandarlos bien a la mierda. “Ahora que se las ven jodidas, vienen a endulzarme la oreja”, diría, además, ofuscado. Pero, claro, si Riquelme los echaba de una, el golpe no habría sido el mismo, porque hubieran tenido más tiempo para sentarse y ver de qué forma seguir. Moviéndose como lo hizo Román, no solamente se fue con Ameal sino que los dejó pedaleando en el aire y sin tiempo de respuesta.

Nada es casualidad. Es la segunda persona en seis meses que, poniéndose como vice, deja fuera de juego al macrismo. Y fueron justamente las dos personas que más debe detestar Mauricio Macri: Cristina y Riquelme. ¿Por qué los detestará Macri? Primero, porque no los pudo comprar nunca. Segundo, por lo que mueven y representan en la gente que lo y la quieren. Tercero, porque sabe que, pese a todas las influencias y dinero que él pueda mover, todavía le pueden ganar.

Riquelme en modo Riquelme. Juntó marcas y descargó para que Ameal quedara solito y solo para definir. Cuando más arriba enumeré mis hipótesis sobre las filtraciones a finales de octubre, hubo una que no tuve en cuenta: la posibilidad de que Román estuviera coqueteando con el macrismo, para el día del cierre de listas dejarlos sin reacción. Como se puede ver, no creo que su decisión haya sido de último momento. Entiendo que con los botines colgados y sin la posibilidad de ponerla bajo la suela, nos recordó que él no jugaba solo con la pelota. Riquelme entiende el tiempo. Y nos lo muestra lo televisen o no.