Segunda convocatoria (II)

Segunda convocatoria (II)

Crédito: Toty Cáceres

Por Cezary Novek. Segunda parte de la entrevista a David Voloj sobre su nuevo libro de relatos Los Suplentes. Hablamos de la tradición satírica, del inicio de su relación con la palabra escrita, sus nuevos proyectos, sus lecturas de autores contemporáneos y su relación con el sello Raíz de Dos.

En muchos casos, partís del estereotipo de roles cotidianos y desde ese lugar lo vas llevando milímetro a milímetro al borde del absurdo o del ridículo ¿Te divierte el desacralizar situaciones familiares o desnudar actores sociales “respetables”? Contame sobre tu relación con la tradición satírica y humorística.

Me interesa la risa subversiva, que revela las miserias del poder, de esa fuerza opresiva que te impone una forma de comportamiento, de vida en sociedad. Darte cuenta de que te fuiste amoldando a un tipo social definido me parece profundamente trágico. De pronto, sos ese empleado público que deja de atender a las doce en punto porque cumplís el horario a rajatabla, aunque haya gente en la cola desde las ocho de la mañana. ¿Cómo llegaste ahí?

La sátira siempre se fija en los estereotipos y aparece como un gesto liberador, que supone una crítica social pero también una autocrítica, porque vos sos parte de esa sociedad. Siempre me gustaron los escritores que se arriesgaron al humor, aún cuando quedasen expuestos. Cervantes, por ejemplo, logra reírse de sí mismo en los prólogos a Don Quijote, aunque en ese gesto revele cierta tristeza y un grado de exposición muy alto. Swift también lo logra. El Cándido de Voltaire, también.

No obstante, el espectro por donde me muevo dentro de la ficción es bastante próximo, tanto a nivel social como generacional. Quiero decir que no me interesa la burla en tanto agresión, en tanto revancha o agravio hacia un determinado grupo, sujeto o sector. Creo que la ironía y la sátira funcionan mejor en tanto revelen algo insospechado, más duro cuanto más evidente, pero dentro de un universo donde están tanto el lector como el autor.  

Después de tu primer volumen, vinieron los cuentos de Asuntos Internos y la nouvelle Muñecos de plastilina, en  donde explorás el género policial y la novela corta más o menos realista. En el caso de Los suplentes ¿Cuál fue tu búsqueda?

Creo que Los suplentes es el libro donde aparece más clara la línea del humor, sus variables, sus posibilidades. En los anteriores hay oscilaciones entre lo trágico y lo cómico necesarias en tanto responden a la unidad interna de cada libro. En Asuntos Internos, por ejemplo, mueren cinco o seis personajes. Y esas muertes son dolorosas. En Los suplentes, en cambio, el interés era imaginar mundos risibles en los márgenes de lo posible. Supongo que hay algo festivo en la mayoría de los cuentos, de ese concepto de fiesta del que hablaba Octavio Paz, la fiesta que imprime un paréntesis en el tiempo y permite dar rienda suelta a otras formas de comportarse, de entender la vida.

¿Podés contarme sobre tus proyectos en carpeta? ¿Se viene una novela?

Hay en Argentina, y quizás en el Occidente, y quizás en el mundo, un concepto de la novela que supone una etapa superadora en la trayectoria del escritor. No estoy tan de acuerdo. Tengo en mente algunos argumentos que, por su complejidad, requerirían mayor extensión que la del cuento, y estoy laburando en eso, aunque aún están en una etapa larval. Pero la forma breve se suele imponer en mi forma de afrontar la escritura.

Lo más concreto, en este momento, es que estoy armando una serie de cuentos infantiles. Ese mundo me llama la atención, me atrapa. Y el niño es un lector más que interesante, porque te plantea otros desafíos a la hora de captar su atención, de movilizarlo.

Algunos personajes parecen terminar siendo castigados por su aparente tibieza o descompromiso con el mundo que los rodea. Da la impresión de que en esa constante o patrón se desprende un poco de tu visión sobre la realidad ¿Cuánto de vos o de tu visión del mundo hay en esta colección de relatos?

A veces, en algunos relatos, quienes se comprometen tampoco la pasan muy bien que digamos. Pero creo que es necesario tomar una posición frente a cuestiones esenciales, en especial dentro del orden cotidiano. En este libro, como en los anteriores, los que peor la pasan son aquellos que se la creen, es decir, que exhiben su vanidad. Cuando ese aire de superioridad se convierte en el motor de la acción y los personajes (y algunas personas) fracasan, quedan completamente solos. Entonces se consumen en la angustia, incapaces de reír. 

¿Leés a tus contemporáneos? ¿Podrías recomendar algunos?

Hay escritores contemporáneos excelentes, tanto argentinos como latinoamericanos. Córdoba, en particular, está viviendo un interesante momento editorial, que permite acceder a autores emergentes, o que antes resultaban difíciles de leer. Los libros de Sergio Gaiteri son brillantes, en especial Nivel Medio y La moza, dos novelas que son la expresión más lograda del realismo argentino. Otros escritores que me atrapan son Sergio Bizzio, Carlos Gamerro y el mexicano David Toscana, cada uno con su estilo propio y esa vocación de hacer una epifanía de lo extravagante, lo cual realza la noción de literatura como artificio.

Hay un par de libros que descubrí hace unos años y son sumamente recomendables. Uno se llama Modos de asedio, de Ana Ojeda. Está editado por El 8vo. loco y, fuera de Buenos Aires, se consigue en e-book. Es una novela formidable acerca de la amistad, el amor, las búsquedas, los horizontes y las posibilidades de la juventud de los primeros años del siglo XXI. Hacía mucho tiempo que no leía una prosa tan cuidada, dotada de un lirismo y una sensibilidad descriptiva que, paradójicamente, contribuyen a la fluidez en la lectura. El otro es La 31 (una novela precaria) de Ariel Magnus, una novela que es al mismo tiempo un libro de cuentos, un collage de ensayos políticos, fábulas, tratados sociológicos. El humor y la imaginación explotan en Magnus, y ese libro queda tan abierto que te deja con ganas de más.

¿Cómo fue que comenzó tu relación con la literatura?

Mi papá era un alquimista capaz de transformar lo viejo en nuevo y, así, fue armando mi primera biblioteca con libros que conseguía en casas de saldos y usados. Empezó a leerme Edmundo de Amicis, Carlo Collodi, y luego me abrió el panorama hacia lugares diversos. Mi relación con los libros se hizo entonces extraña, caótica; al mismo tiempo leía Homero, Shakespeare, García Márquez, Cortázar y Tolkien. Desde los quince años, tengo la adicción de ir a llenarme los dedos de smog en las casas de usados.

Un par de amigos entrañables, militantes de la lectura, me hicieron conocer a Saramago y a Abelardo Castillo, a Dino Buzzati y John Kennedy Toole. Tuve la suerte de tener una abuela muy lectora, entusiasta y desprejuiciada, que me abrió su biblioteca donde convivían armónicamente best sellers yanquis y los textos más densos de Pasolini. Y la universidad contribuyó con mucho más.

Los suplentes es tu segundo libro en Raíz de Dos ¿Cómo es tu relación con la editorial?

La gente de Raíz de dos confía en lo que escribo y eso es sorprendente. Cuando Asuntos Internos sacó el premio del Fondo Nacional de las Artes, les mandé el libro y decidieron publicarlo sin ningún tipo de reparos. Incluso me permitieron tomar decisiones en relación al arte de tapa, el orden de los cuentos, e hicieron varias lecturas del original que mejoraron el libro de manera sustancial. Además, se mueven bastante y distribuyen en todo el país. La edición de Los suplentes es, a nivel estético, impecable, desde la fotografía (obra del artista Víctor Toty Cáceres) hasta el cuidado en la corrección y la calidad de impresión. No podría pedir más.