Siete caras de la desigualdad

Por Máriam Martínez-Bascuñán* / Foto: Nayko

Pobreza, explotación, desigualdad en el ingreso, en el tiempo libre y el respeto, marginación y androcentrismo. Manifestaciones de la desigualdad a pesar de los empoderamientos y avances reales de las mujeres y las personas del colectivo lgbt en las sociedades contemporáneas.

La mayor parte de nuestra organización institucional, política, económica y social se basa en suposiciones sobre el género cada vez más desfasadas, más desencajadas con las vidas reales de las personas y de la concepción que éstas tienen de sí mismas. Es obvio que se ha producido un colapso del mundo del salario familiar; de la estructura del hombre proveedor/ mujer ama de casa. Cada vez es más frecuente el empleo femenino, aunque con una remuneración muy inferior a la de los hombres, y con una tasa de contratos a tiempo parcial muy superior también a la de los hombres.

El número de mujeres que viven solas ha aumentado, las parejas de gays y lesbianas han planteado otros acuerdos domésticos. Por tanto, se debe tomar conciencia de que tanto las normas de género como las formas familiares tradicionales ya no sirven para pensar el nuevo orden. Hoy asistimos a la agonía del antiguo orden de género y la transición hacia otra fase, a pesar de que el auge del debate sobre el capitalismo financiero y la desigualdad todavía no ha incorporado sistemáticamente a sus análisis las ideas aportadas por el feminismo a este respecto.

En la actualidad, el mundo de la producción económica y de la reproducción social se basa en una realidad descarnada: la violación sistemática del principio de la equidad de género a partir al menos 7 manifestaciones de esa desigualdad que exponemos a continuación.

Pobreza | La literatura feminista se ha encargado de mostrar una pauta clave que estructura nuestras sociedades como es la de la feminización de la pobreza. Esta feminización de la pobreza se debe a dos factores fundamentales. Primero, que todavía hoy las mujeres se ven relegadas a empleos con salarios más bajos que por lo general ofrecen escasas oportunidades de formación. Y segundo, esta vulnerabilidad se profundiza en la medida en que en la actualidad, y de forma sistemática, las mujeres siguen asumiendo las principales responsabilidades familiares.

Explotación | Uno de los objetivos centrales de la teoría de la explotación de Marx fue el de explicar cómo se producía la explotación. La injusticia de la explotación en la sociedad capitalista deriva del hecho de que se produce una transferencia sistemática del poder de unas personas a otras, aumentando el de estas últimas y disminuyendo el de las primeras en proporción mayor a la cantidad de poder transferido. Esta explicación sin embargo, no contempla un punto de análisis más profundo: el del aprovechamiento del trabajo doméstico femenino no remunerado. Para el propio Axel Honneth, Marx dio por buena una premisa de valor equivocada: en su categoría de trabajo socialmente necesario dejó de contemplar el trabajo doméstico como actividad o contribución social indispensable para la reproducción diaria de la sociedad capitalista. La literatura feminista ha resaltado que el trabajo remunerado no podría existir sin ese trabajo del cuidado, y que esa distinción es profundamente sexista, porque se sostiene gracias a la subordinación de las mujeres, y a costa de invisibilizar su importancia social. Por tanto, la condición de posibilidad del trabajo remunerado se basa en una relación de explotación de género previa o lo que Nancy Fraser denomina como la “morada oculta de Marx”.

Desigualdad en el ingreso | Uno de los informes publicados recientemente en España señalaba que, para obtener la misma pensión, una trabajadora debía cotizar 11 años y medio más que su homólogo masculino. Esto quiere decir que esa brecha salarial por género se traduce además en una desigualdad respecto a los beneficios de la seguridad social. A esto hay que añadir que gran parte del trabajo que realizan las mujeres no es remunerado, que muchas mujeres son víctimas de una “pobreza escondida” dentro de sus propias familias, que existe un pago desigual para trabajos iguales, y que se sigue produciendo una subvaloración de los trabajos realizados por mujeres.

Desigualdad en el tiempo libre | Algo que con frecuencia se suele obviar en los debates sobre equidad de género tiene que ver con una de las mayores desventajas que padecen las mujeres: la pobreza de tiempo. A eso aludía el famoso texto de Esping-Andersen y su “revolución inacabada” cuando nos explicaba que todavía hoy, de forma sistemática, las mujeres proveedoras desarrollan una doble jornada de trabajo porque siguen desempeñando la mayor parte del trabajo doméstico no remunerado a pesar de que han ido incorporándose de forma precaria el mercado laboral.

Desigualdad de respeto | La brecha salarial no se entiende sin la brecha de respeto. Ésta tiene que ver con la trivialización de las actividades que realizan las mujeres, muchas veces incluso fomentadas por algunos programas de bienestar que se niegan a reconocer tales actividades como “trabajo”. La actividad del cuidado, todavía asociada con la feminidad, no goza del mismo respeto que la actividad del trabajador proveedor, todavía asociado con la masculinidad. La actividad del cuidado no goza de la misma dignidad que la actividad del proveedor, lo cual dificulta primero, una auténtica igualdad de respeto, y segundo, que los hombres asuman también un rol de cuidadores.

Marginación | La marginación es tal vez la forma más peligrosa de discriminación. Implica que un grupo importante de la población es expulsado de la participación en la sociedad. El hecho de que todo el trabajo femenino de cuidado siga circulando en un espacio informal, hace que se perpetúe la división del trabajo doméstico según el género, que se margine a las mujeres dentro del sistema de empleo bajo la engañosa cultura de la “libertad de elección”, tal y como ha señalado María Pazos, y que se imposibilite su participación en otras esferas como las de la política y la de la sociedad civil. Para liberar a las mujeres de esas actividades no remuneradas y garantizar su igual participación en la sociedad civil, deberían garantizarse cosas como guarderías públicas o la institucionalización del cuidado de ancianos. Sólo así podrían las mujeres asumir empleos a tiempo completo en los mismos términos que hacen sus homólogos masculinos. También debería subvertirse una cultura del trabajo androcéntrica que entiende que el trabajador neutro es el que no amamanta a un hijo o no se embaraza, y por supuesto, habría que desmantelar los entornos políticos hostiles a las mujeres.

Androcentrismo | Todavía hoy habitamos una sociedad en la que los patrones de vida de los hombres representan la norma de lo humano, y que por tanto las mujeres deben adaptarse a esas categorías “neutras” de trabajador, o de mercado laboral o de tipos contractuales. Las instituciones siguen diseñadas de acuerdo a esas normas masculinas. Por eso, estas instituciones androcéntricas deberían reestructurarse “de manera que sean bienvenidos los seres humanos que pueden dar a luz”. Esto implica cosas como reformar los sitios de trabajo, cambios en los roles de socialización de forma que se oriente las aspiraciones de las mujeres hacia el empleo y las expectativas de los hombres a los nuevos roles de las mujeres.

Ningún diseño de políticas públicas tiene sentido si no se formula una representación del lugar hacia el cual queremos llegar. (…) Los programas electorales deberían suscitarnos la pregunta de sobre qué orden de género se apoyan. La equidad de género debería ser uno de los parámetros fundamentales para evaluar cualquier tipo de propuesta que se presente. Cualquier consideración sobre la forma de organización social que diseñe un partido político habrá de plantear cómo se organiza el trabajo del cuidado, y cómo se distribuye su responsabilidad dentro de instituciones tales como la sociedad civil, el Estado, la familia o el mercado laboral. Teniendo claro además, que subvertir la división existente del trabajo según el género debería implicar un diseño de todos los trabajos y contratos laborales dirigidos a empleados que son todos cuidadores, tanto hombres como mujeres. Esto sólo pasará por un cambio radical en la organización de la vida laboral y una nueva visión del rol masculino.

Incorporar a las mujeres al ámbito que tradicionalmente han ocupado los hombres, pasa necesariamente por inducir a éstos a asemejarse a lo que actualmente la mayoría de las mujeres representa. Para llevar a cabo todo esto es necesario revaluar las prácticas que tradicionalmente han desempeñado las mujeres, lo cual, a su vez, implica algo absolutamente fundamental: que los hombres deben de cambiar tanto como las mujeres.

 

*Doctora de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Artículo publicado originalmente en Agenda Pública