Sin callarnos, sin escondernos y sin permitir que nos quiebren, llamarse feminista

Por Antonella D´Alessio* /Foto por Gustavo Pantano

Los factores que explican la opresión de las mujeres son, por antonomasia, patriarcales. Las personas que luchamos contra la inequidad entre los géneros entendemos esto tan fácilmente como que dos más dos es cuatro. No obstante, a lo largo de su historia, el feminismo siempre ha tenido en quienes luchan por mantener el statu quo patriarcal a sus más acérrimos enemigos.

 

Existen dos grandes peligros que acechan a quienes nos identificamos orgullosamente feministas: en primer lugar, vivir en un mundo patriarcal que exhibe constantemente imágenes estereotipadas a las que debemos aspirar, y roles que debemos ocupar; en segundo lugar, el absoluto rechazo que recibimos cuando intentamos problematizar estas cuestiones, rechazo que se manifiesta en forma de degradaciones, falacias y humillaciones.

Nos llaman “feminazis”, critican nuestras elecciones sobre nuestro cuerpo ridiculizándonos y recordándonos que las mujeres ahora pueden hacer lo que quieran, que son libres, que nadie nos oprime… Y claro, que los varones también sufren violencia. También dicen que la violencia de género es una mentira, que somos lesbianas odia hombres, que estamos demasiado enojadas, que necesitamos una vida sexual más activa para dejar de quejarnos… Ah, y que el patriarcado es una invención del feminismo que no tiene que ver con las muertes de mujeres en manos de los violentos.

La opresión del patriarcado en cientos de escenas

Por otro lado, las mujeres que sí nos identificamos con la lucha feminista vemos día a día la opresión del patriarcado en cientos de escenas. Y no podemos entender cómo es que se niega algo que nosotras vemos tan claramente. Prendemos la tele y nos encontramos con que hay mujeres haciendo las veces de decorado en programas de entretenimiento, en carreras de autos, exposiciones, etc. En cualquier programa que tenga como conductor a un varón, siempre hay dos o tres chicas jóvenes, lindas, simpáticas cuya vestimenta no deja mucho a la imaginación, cuya tarea principal es sonreír, quedarse paradas atrás, bancarse el acoso constante del conductor y sus invitados, y caminar elegantemente.

Cuando vemos películas o series, las protagonistas mujeres siempre son lindas, delgadas y jóvenes. En las publicidades, las mujeres siempre están a cargo del cuidado de hijos o hijas, parientes, mascotas, limpieza del hogar, compras, cocina, y obviamente, jóvenes, bonitas y delgadas. Aparte, parecen disfrutar limpiar, cuidar, cuidar su piel, rostro, axilas y piernas con el objetivo de lograr, una vez más, ser jóvenes, lindas y delgadas para siempre.

Las pocas actrices o conductoras que escapan a estas características son aquellas que, por su trayectoria, siguen siendo parte del mundo mediático. No obstante, se observa una cuasi obsesión por permanecer lo más jóvenes, delgadas y hermosas posible, aunque esto implique múltiples cirugías, tratamientos, maquillaje y tecnología destinada a aparentar ser igual que hace veinte o treinta años.

La revolución debe ser en las calles, en las casas y en las camas

Las revistas, tanto para hombres como para mujeres están repletas de chicas de iguales características. Y al salir a la calle, por otro lado, y sentirnos lindas, jóvenes, delgadas y atractivas, lo que recibimos no es reconocimiento sino acoso. Bocinazos, groserías, autos que se detienen, varones violentos invitándonos a subir, siguiéndonos unas cuantas cuadras, y hasta quizás masturbándose al mismo tiempo. En el tren, el colectivo, el boliche, el bar, lo mismo. Las mujeres tenemos que cuidarnos de que no nos toquen, de que no nos abusen, de que no nos violen.

Y en casa… Bueno, en casa en general tenemos a cargo la gestión general del hogar, el cuidado irrestricto de niños y niñas, parientes enfermos, la comida, la limpieza, las compras, los rituales de belleza destinados a detener el tiempo, y a eliminar grasas. Con suerte, si poseemos perspectiva de género y podemos hablar de esto con nuestras parejas, recibimos la ayuda del partenaire masculino (si es que somos heterosexuales), y nos damos cuenta que a nuestros hermanos, primos, tíos, amigos varones en general no se les ocurre poner la mesa, limpiar, cocinar o hacer compras para un evento cotidiano… A menos que sea un asado, y entonces ellos cocinan. Y nos damos cuenta que pedimos ayuda cuando necesitamos una mano en la cocina o en alguna tarea, pero que indefectiblemente gestionamos todo lo que sucede en nuestros hogares.

Si aparte de ser mujeres somos trans, bisexuales, lesbianas o queer, nos encontramos con que la sociedad entiende que somos mujeres anormales, enfermas, que nuestra vida poco tiene que ver con un supuesto orden natural y normal que envuelve al resto de la sociedad, dejándonos afuera. Y nos damos cuenta que no podemos ir de la mano con nuestra novia, por ejemplo. Y que ni se nos ocurra besarnos en público, porque pueden echarnos de cualquier lugar.

Y llegamos a la conclusión de que no somos libres. No somos libres de vestirnos como queremos, porque la respuesta es el abuso, el acoso, o simplemente tildarnos de “putas” por cómo decidimos vestirnos. Tampoco somos libres de decir qué es lo que nos molesta, porque ahí la respuesta es “andá a lavar los platos”, “conseguite un macho” o “sos una malco”, como si las razones por las cuales nos quejamos desaparecieran al cumplir con tal o cual tarea, o al pasar una noche de sexo desenfrenado. Y menos aún somos libres de hacer con nuestros cuerpos lo que se nos ocurra, porque la condena social es enorme si dejás, por ejemplo, de maquillarte, depilarte, ni que hablar si decidís abortar porque no querés ser madre.

Sin callarnos, sin escondernos y sin permitir que nos quiebren

A lo largo de la historia de la humanidad las mujeres hemos sido tuteladas, golpeadas, vendidas y compradas, abusadas, violadas, acosadas, humilladas y asesinadas. Parece ser “natural” el orden social que nos obliga a ser objetos de deseo para otro (y a invertir nuestros recursos en la consecución de esta meta), objetos decorativos en programas de televisión, revistas y películas, objetos dóciles, sumisos y obedientes del poder de la voz masculina, maleables y manipulables según el deseo de nuestro partenaire. Y cuando alzamos nuestras voces en contra de la violencia, somos castigadas socialmente, desprestigiadas, amenazadas, denigradas, hostigadas y perseguidas.

Hoy más que nunca la sociedad necesita luchar contra la violencia que, de mil formas, insiste en que bajemos la cabeza. Y para eso necesitamos al feminismo. Seguiremos dando la lucha por nuestras compañeras, amigas, hermanas, hijas y nietas, y por todas las mujeres que vendrán y por las que ya no están. Sin callarnos, sin escondernos y sin permitir que nos quiebren.

 

*Psicóloga. Integrante de Acción Respeto y la Marcha de las Putas