Sin interrumpir la novela: pensar al macrismo

Por Ana Paula Marangoni / Foto por Nadia Sur

Resultaría difícil entender la aceptación que tiene el gobierno actual, con el armado del PRO, sin revisar las construcciones de “sentido común” que nos atraviesan desde hace muchos años.

“Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: «Viva la patria», sino que dijo: «No me dejen solo, hijos de puta». Después no quiero recordar más, ni la voz del locutor en la madrugada anunciando que dieciocho civiles han sido ejecutados en Lanús, ni la ola de sangre que anega al país hasta la muerte de Valle. Tengo demasiado para una sola noche. Valle no me interesa, Perón no me interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez?”

Rodolfo Walsh, “Prólogo” a Operación Masacre

Tartamudea. Lee sus discursos cuando se trata de momentos importantes. O da conferencias con intervenciones breves. Se niega al discurso como bloque de sentido. Pronuncia palabras, a veces inexistentes y otras en desuso. Se pasea entre el guión y la torpeza al intentar poseer las palabras que pronuncia. Muy pocas veces lo logra.

Pero de hecho, importa poco. Como las medidas impopulares, como los tarifazos, como la corrupción. Más allá de todo lo mencionado, amplios sectores sociales respiran calma. Por primera vez en mucho tiempo se sienten tranquilos. Hay una amenaza que se cernía sobre ellos y que ahora ya no pesa.

Él está a la distancia. No hay amor, ni afecto, ni admiración que lo vincule con sus electores. Hace lo que deba hacer (o no) sin interrumpir la novela. ¿Pero de qué se trata esto último?

Comprender a Macri implica tratar de entender lo que generó el kirchnerismo en todos estos años. Los órdenes que dislocó, más en el orden de lo simbólico que de lo real. Las representaciones que removió y trastocó en una sociedad que se había recostado sobre el olvido, que había aprendido a mirar para otro lado cuando las cosas se ponían difíciles.

Resultaría difícil entender la aceptación que tiene el gobierno actual, con el armado del PRO, sin revisar las construcciones de “sentido común” que nos atraviesan desde hace muchos años.

Aunque nos pese, estamos todavía atravesados por la última dictadura militar. Ese momento altamente represivo que dio calma a mucha gente. No solo se podía mirar la novela. Había que mirarla. Cualquier cosa antes de mirar por la ventana o asomarse a la puerta. Mirar implicaba ver muerte e involucrarse, como debió hacerlo Rodolfo Walsh.

Esa misma sociedad, que descartó a ese gobierno más por desgaste que por otros motivos, debió afrontar tibiamente lo sucedido, más con eufemismos que con verdades. Nuestra democracia tuvo su retorno con la teoría de los dos demonios, y no se toleró más que eso.

Menem colaboró con indultos y con plata dulce. La plata (y sobre todo la plata inexistente) hizo reventar a todos de olvido y alegría. Pero cuando la alegría explotó y las cuentas quedaron acorraladas, la furia estalló.

Estaban los MTD, las asambleas, los comedores. Pero estaba también ese sentido común regresivo de aquellos que querían mirar la telenovela sin que el costo fuera perder los ahorros.

Ese afán regresivo encontró su clímax en una frase anti política por excelencia: “que se vayan todos”. No resulta extraño que algunos de los que sostuvieron el cartel, hayan votado al ignoto santacruceño. Castigar a Menem y hacerle pagar la fiesta, votando a un desconocido.

El ignoto santacruceño, lentamente, recuperó al país en quiebra. Pero puso a la memoria y a los juicios de lesa humanidad como asuntos prioritarios de estado. Luego, Cristina, convertiría todo esto en origen mítico, en emblema, en potencia militante.

Leer al kirchnerismo requiere necesariamente sumergirse en una montaña rusa de avances y contradicciones, de acumulación de poder junto a medidas populares, de enfrentamientos con poderes ficticios y otros demasiado reales. Pero sin duda, puso a la política por delante. Y con ella, la tarea de reconstruir una Nación desde el vértice de la Memoria.

Nadie puede mirar una novela cuando la política está por delante. Mucho menos cuando la novela habla de montoneros y exiliados; cuando alguien en la mesa hace un comentario que genera desacuerdos; o cuando los hijos y los padres se debaten entre el odio o el amor por Cristina.

Ese potencial regresivo sostiene a Macri, no por Macri, sino porque ha logrado ser simbólicamente la oposición más rotunda. Macri es olvido, mirar la novela, olvidar la política: comer pastas el domingo sin tener que pelearse, mirar Tinelli sin culpa, mirar mujeres semidesnudas moviéndose junto a los hijos o hijas, sin creer que haya algo malo en eso.

La fragmentación y el deseo de no pensar son los principales obstáculos a enfrentar. Deseo anestésico de relajar la mente a fuerza de un olvido feroz y necesario. Porque, después de todo, ¿quién quiere asumir que somos una sociedad genocida?