Spinetta y Artaud, en un sólo latido

Por Gonzalo Reartes

Artud y el Flaco. Artud como disco. 1973, el inicio de una carrera solista que enamoró a un público amplio en edades. 

“Allí donde otros exponen su obra

yo sólo pretendo mostrar mi espíritu.

Vivir no es otra cosa que arder en preguntas”.

Y sí. Todas las hojas son del viento. O, mañana es mejor. Más bien podríamos decir que las luces que saltan a lo lejos no esperan que vayas a apagarlas jamás. Sea como fuere. Allá por 1973, Luis Alberto Spinetta iniciaba su carrera solista, sacando a la luz el disco Artaud, bajo el nombre de Pescado Rabioso. Vamos de vuelta. Artaud es el tercer disco de Pescado, pero la banda estaba ya disuelta; sin embargo, por un contrato discográfico, la banda tenía que sacar tres discos. Así nace Artaud, aunque la producción musical y artística se deba enteramente al Flaco. Si Pescado II está dedicado a Rimbaud, Spinetta va más allá y no sólo le dedica su siguiente disco a Antonin Artaud, sino que lo bautiza con su nombre.

En Marcha hemos hablado ya sobre los aspectos musicales y hasta, quizás, técnicos de este disco, por lo que en esta entrega intentaremos hundirnos un poco más en quién fue aquel poeta maldito y qué influencia tuvo su escritura en el Flaco. En una entrevista de la revista Sudestada de Julio de 2013, realizada por Nadia Fink a Rodolfo García, quien fuera baterista de Almendra entre 1967 y 1970, podemos aproximarnos a la ética spinetteana. Según García, “la ética aplicada a la música” de Luis fue algo que lo impactó. La ética de los músicos; es decir, artistas en boga pero comerciales, que se repetían cuando encontraban una fórmula. “Luis se ha peleado con quienes de alguna manera representaban el poder y siempre salió airoso. Lo vi dejando de concretar grandes negocios por sostener esa idea. Tenía sólo lo que necesitaba para ser feliz: una casa y su estudio de grabación, que siempre fue su máxima ambición y con el cual no lucraba.”

En otra entrevista de la revista Sudestada, una de colección dedicada enteramente a Spinetta, Juan Carlos Diez, que en 2006 editaba “Martropía: Conversaciones con Spinetta”, decía: “Hablábamos mucho de lo que significa escribir, no sólo letras, sino de la literatura, la prosa poética y de algunos autores que lo han marcado, por ejemplo Antonin Artaud, y de lo que produce en el ser humano el acto de escribir. No hablamos, para el caso de Artaud, de él como recreador, pero sí de Artaud como un escritor que lo ha conmovido. No de decir: “Flaco, ¿en qué canción, puntualmente, te marcó Artaud? Eso es absurdo. A lo mejor no fue una influencia directa en la escritura, pero como lector, como tipo sensible o artista, te podes conmover con Artaud a los 25 o a los 50”. Pues qué es la poesía sino eso: capacidad de conmover al lector. No metáforas imposibles de comprender, súper abstractas, ni, tampoco, lenguaje llano, sin profundidad. No. La poesía es leer algo y no ser el mismo después de haberlo leído. Por eso hay tan pocos poetas; poetas en todo el sentido de la palabra. Y vaya si Spinetta no fue poeta. Vaya si no conmovió a millones de almas.

Pero, ¿quién fue Antonin Artaud? Ante todo, algunos datos biográficos, en forma de cronología. Nace el 4 de septiembre de 1896 en Marsella. En 1901 padece una grave meningitis. Se salva pero conservará disturbios nerviosos el resto de su vida. Para 1910 funda con compañeros de escuela una revista poética donde publica sus primeros versos (a la edad de 14 años). En 1924 adhiere al Surrealismo y conoce a Génica Athanasiou, su primer gran amor, quien fue la única mujer de su vida con quien mantendría una vida casi conyugal. Hacia 1936 viaja a México, visita el territorio indio de los tarahumara, donde experimenta con el peyote. Un año después es internado en un manicomio, luego será juzgado como “enfermo incurable”. Sufre la falta de heroína. Se alimenta mal. Comienza a padecer la terapia de electroshock. Su estado es crítico. Ya no volverá a vivir en plena libertad. Para 1948 dicta una conferencia en donde denuncia las fuerzas del mal, los psiquiatras y el electroshock. En febrero le diagnostican un cáncer incurable. Toma cloral sin límites. Permanece casi inconsciente. Pero el dolor disminuye. Muere el 4 de marzo, sentado al pie de la cama. Solo. Su deseo era no encontrar la muerte rodeado de gente ni acompañado por nadie. Dice, antes de fallecer, que al morir su cuerpo debe estallar en mil pedazos.

Artaud es el artista de la rebelión. Podemos decir que su obra no incita a la reflexión, sino a la acción. El ser humano debe conocerse a sí mismo, experimentar al máximo sus sensaciones más íntimas. Y debe hacerlo a riesgo de su propia vida. Poniendo en juego su propio cuerpo y su propio espíritu a cada paso. Desde muy joven padece ataques de nervios muy agudos y se debate entre profundas depresiones e intensas crisis nerviosas. Internado en clínicas, medicado a través de grandes dosis de diversas drogas y diagnosticado con diferentes enfermedades, Artaud sabe que él es el único que puede hallar cura a sus padecimientos (“Más aún que la muerte, yo soy el dueño de mi dolor. Todo hombre es juez, y juez exclusivo, de la cantidad de dolor físico, y de la vacuidad mental que pueda soportar honestamente”).

Se acerca al surrealismo a comienzos de la década del 20. Toda su obra posterior llevará secuelas de este movimiento. André Bretón dirá: “El surrealismo no es una escuela artística, sino una forma de ver el mundo. Propone recuperar las imágenes del inconsciente y de los sueños. Para conocer el universo, recurre a la libertad de la imaginación y no al rigor de la razón”. En Artaud, representa el espíritu de ruptura e insurrección contra todos los valores establecidos. La revolución no implica un cambio de una cosa por otra. La verdadera insurrección obliga a destruir lo viejo y empezar a construir desde la nada.

En “Matropía: Conversaciones con Spinetta”, de Juan Carlos Diez, Luis Alberto se explaya sobre lo que implica la lectura de este poeta: “Leer a Artaud y tratar de degustarlo no se trata de una experiencia inicialmente filosófica, sino que parte de una experiencia sensorial. Ver cómo las palabras danzan con un peso inconcebible. Y al razonarlas y advertir lo que él ve, ahí empieza el mundo. (…) Artaud es un atormentado inconcebible. No era muy sano el tipo. Era meningítico, fue adicto a la morfina y a otras drogas toda su vida para tratar de evadir los dolores de cabeza y otros síntomas de su enfermedad mal curada en aquella época. Él reconoce su enfermedad y trata de transformar su lenguaje. Es increíblemente profundo. (…) Él tiene esos raptos, inventa el mundo. Un genio tremendo: insoslayable e inubicable. Insoslayable para la literatura, inubicable para la filosofía. Inubicable. Y grandioso por el aporte lingüístico. La visión es grandiosa. Es un mundo de células que sienten. Se introduce en el ser como la sangre de su propio cuerpo y desde ahí habla. Es mortífero, casi lo más grande que hay para leer”.

Para finalizar, algo que fue leído sobre el cierre de la columna artaudiana; la Segunda Carta Matrimonial, publicada en el libro “El Pesa Nervios”:

“Necesito a mi lado a una mujer sencilla y equilibrada, cuya alma inquieta y confusa no alimente sin cesar mi desesperación. Estos últimos tiempos te veía siempre con un sentimiento de miedo y malestar. Sé muy bien que es tu amor el que crea tus inquietudes por mí, pero es tu alma enferma y anormal como la mía la que exaspera esas inquietudes y te arruina la sangre. No quiero vivir a tu lado en el temor.

Además necesito una mujer que sea únicamente mía y que pueda encontrar siempre en mi casa. Estoy desesperado de soledad. No puedo llegar por la noche solo a una habitación y sin ninguna de las necesidades de la vida a mi alcance. Necesito un hogar, y lo necesito pronto, y una mujer que se ocupe de mí, soy incapaz de ocuparme de nada, que se ocupe hasta de las cosas más pequeñas. Una artista como tú tiene su vida y no puede hacer éso. Todo lo que te digo es de un feroz egoísmo, pero es así.

No es necesario que esa mujer sea ni siquiera bonita, tampoco que sea una inteligencia excesiva, ni que reflexione demasiado. Me basta con que esté unida a mí.

Pienso que apreciarás la gran franqueza con que te hablo y me darás la prueba de inteligencia suficiente: comprender que todo lo que te digo no mengua el intenso cariño, el inextirpable sentimiento de amor que tengo y tendré inalienablemente por ti, pero ese sentimiento no tiene nada que ver con la corriente ordinaria de la vida. Y la vida hay que vivirla. Hay demasiadas cosas que me unen a ti para que te pida romper, te pido solamente cambiar nuestras relaciones, hacernos cada uno una vida diferente, pero que no nos desuna”.

La poesía al servicio de la música. Hacer arte por el placer mismo de contemplar arte. Poesía, música, arte. Luis Alberto Spinetta todo lo conjuga en este gran disco. Algunos no supieron entenderlo. Algunos lo fusilaron sin balas. Pero no importa. Las habladurías del mundo no pueden atraparnos.