Stones en La Plata: La perfeccion del rock and roll

Por Gonzalo Reartes

Argentinos, ¿el público más “stone” o el público más “rollinga”? No importa. Lo importante es que Los Rolling Stones volvieron al país luego de diez años de espera para sus seguidores. El primer show fue el domingo, repite en el Estadio Único de La Plata mañana y el sábado. Aquí, una crónica del día en que todo comenzó. 

El camino a La Plata está atestado de una caravana de autos de los que salen despedidos un sinfín de temas de los Stones. Suenan canciones de discos tan viejos como Flowers o Some Girls hasta las más recientes de Voodoo Lounge o Bridges to Babylon. Desde otros autos suenan grupos como Viejas Locas, La 25, Los Gardelitos y Los Redondos. Es claro. Todos vamos al mismo lugar. Como una procesión de fieles que está dispuesta a realizar el ritual sin esquivar ningún pormenor. Asumiendo las dificultades, pagando los costos, pero sonrientes y expectantes.

El aire espeso, caluroso y húmedo da lugar a la lluvia y la jornada parece presagiar un show mítico, un recital épico. Transitando hasta el Estadio Único, las veredas enseñan su paisaje: puestos de patys y choripán, latas de cerveza por doquier, cadáveres de botellas vacías y cartones de vino pisoteados. Las calles inundadas por un solo sentimiento. Miles de personas en cuero, bajo la lluvia, dementes que cantan y saltan y tiran cerveza al aire y se empujan sin conocerse, unidas en nombre del rocanrol. Alguno pide un cigarro, alguien pregunta si hay reventa, otros sólo quieren hablar de cómo siguen a los Stones hace 30 años, otros se pasaron de rosca y no pueden hablar, otros quieren un trago, un sorbo siquiera de cerveza, una seda, una pastilla, un chicle, algo, lo que sea.

El Estadio comienza a llenarse con fuerza a partir de las 19:30, cuando Ciro sube al escenario a telonear. El sonido parece endeble. Llueve con bastante intensidad. Miradas cómplices demuestran su preocupación. Ahora más que nunca parece salir a la superficie aquella vieja idea y costumbre que dice que en el rock lo importante no es el sonido ni la afinación de las guitarras ni los aspectos técnicos sino dejar la vida en ese recital. Gritar hasta sentir que los pulmones empiezan a pedir auxilio. Bancar el calor de una masa que parece arrastrarlo a uno y tener vida propia. Sí, las miradas transmiten eso. Es un acuerdo no hablado, tácito. Llegamos hasta acá y hay que hacerla valer. Pero también queremos que los solos de Richards suenen claros, que la voz de Jagger no se pierda en la brisa. Un poco antes de las 21 se apagan las luces. La salida de esta banda histórica, de este mito viviente, es inminente.

Y entonces, la magia. Los primeros Do y Fa de Start me Up. Un riff histórico. Se encienden enormes pantallas con una increíble definición. Mick Jagger en escena. Un grito de guerra por parte del público inunda no sólo el Estadio sino, pareciera, toda La Plata. Keith Richards sonriente. Charlie Watts, moderado y prolijo como siempre. Ron Wood, acompaña con algún cigarro colgando en su boca. El público no da cuenta de su emoción. Grita. Salta. Empuja. Entona las estrofas en un inglés improvisado que se asemeja más a intentar reproducir el sonido de las palabras, su fonética, que a las palabras en sí. Poco importa. Es solamente rocanrol, pero a todos les gusta.

La lista continúa con éxitos a prueba de balas. It’s only rock ‘n roll y tumbling dice. Entonces Jagger saluda a Argentina y a Buenos Aires. Uno mira a los costados y reconoce a un público variadísimo, si bien adelante, cerca del escenario reina más el caos y la gente sin remera y la transpiración y el poco aire, unos pasos más atrás hay padres de familia, parejas, niños en los hombros de sus padres, incluso un perro (sí, un perro) callejero que se filtra en la audiencia y se pasea entre la gente. Out of control (hermoso tema) y Wild horses calman un poco los ánimos, la gente comienza a relajarse y a respirar y a comprar botellitas miserables de agua que salen 50 pesos pero que son tan necesarias como inaudito su precio.

Entonces un punteo con cuerdas que vibran, una melodía casi árabe y fácilmente reconocible va generando un grito de sorpresa y de espera que dura unos escasos segundos pero que sirve de preámbulo a lo que viene. Y Charlie Watts empieza a golpear con fuerza su batería anunciando el inicio de Paint it black, y todo el descontrol vuelve a la normalidad, porque la normalidad parece ser este reconocerse así, descontrolado, asombrado por lo que se está viviendo e intentando saltar lo más alto que se pueda al tiempo que se grita la letra lo más fuerte como sea humanamente posible. Pasa Honky tonk woman y Mick Jagger presenta a la banda. Keith Richards se lleva la mayor ovación. Su nombre no es coreado sólo una vez, sino que tiene que volver a saludar para una segunda enorme ovación que da lugar a los dos temas que interpreta en voz (Can’t be seen with you y Happy, del quizás mejor disco (doble) de los Stones: Exile on Main Street).

Este es el show número 13 de los Stones en Argentina. El primero en el Estadio Único de La Plata, que viene a sustituir al Monumental de Núñez. Así lo anuncia Jagger al tiempo que sale al escenario con una viola colgada para tocar Miss you, tema en el que se luce el bajista Darryl Jones, que reemplaza al histórico Bill Wyman desde el año 1993. Luego sí, explota todo al Richards tocar los primeros punteos de Gimme shelter, tema en que demuestra por qué es considerado uno de los mejores guitarristas de todos los tiempos, más allá de no ser un guitarrista súper técnico como Jimmy Page de Led Zeppelin, Slash de Guns ‘n Roses o incluso el mismo Mick Taylor (ex integrante de los Stones, quien reemplazara en su momento a Brian Jones previo a la incorporación de Ron Wood), interpreta esos riff de una forma prolífica y los acompaña desde su mítica personalidad de excesos que tan bien encaja con la historia del rock y de los Stones.

Brown Sugar encuentra a Jagger trotando por el escenario, demostrando por qué es el mejor frontman de todos los tiempos mientras todos en el campo nos preguntamos cómo puede ser que tenga más de 70 años. Con un amplio dominio del escenario, Jagger sabe administrar no sólo los tiempos sino también los solos de cada integrante para que todos resalten y brillen. Ya anunciando el final, comienza a sonar Sympathy for the devil, acompañado de una tremenda escenografía y encontrando a Mick Jagger con una capa de plumas rojas, encarnando quizás al mismo Lucifer que relata el tema. Luego, un coro anuncia el principio de You can’t always get what you want, canción acompañada por Jagger con una guitarra acústica.

Entonces, abruptamente, comienza a sonar el riff más conocido de la historia del rocanrol. Keith  Richards ocupa las tres enormes pantallas del escenario y vemos desde abajo cómo va pasando los dedos de traste a traste para darle vida a ese tema que parece haber marcado un antes y un después en la historia musical del rock: Satisfaction. Todos saben que este tema marca el final y parecen vivirlo acorde: desbordados. Tal como el Jijiji de los recitales del Indio (Skay lo toca pero no cierra con él), el público va dejando la vida progresivamente, como un cinco que se tira a barrer en la última pelota del partido, como un estudiante que llega a las últimas 10 hojas del apunte algunas horas antes del parcial, como el laburante que reparte la última docena de empanadas un sábado a la una de la mañana y sabe que es un preámbulo a lo que viene, que es esfuerzo que será recompensado. Así pues, con un larguísimo solo de Richards, los aplausos comienzan a cubrir las guitarras al tiempo que fuegos artificiales de diversos colores comienzan salir disparados del escenario y todo se va volviendo surrealista, como un poema de Artaud o un cuento de Castañeda, una noche mágica que va terminando y nadie sabe cómo pasó todo ni sospecha la importancia de lo que acaba de ocurrir ni el mérito de haber formado parte de esa cita histórica.

Hacia el final, ya sin lluvia, ya sin guitarras ni batería ni bajo, ya con el humo de los fuegos artificiales esfumado, la gente despide a esta mítica banda coreando el riff de Satisfaction. El 2006 marcaba la última visita de los Stones a Argentina. Diez años después, llenarán tres estadios como si nada. Y siguen en la cúspide. Mick Jagger se mueve con la energía de alguien de 20 años. Keith Richards sigue acertando los riffs. Ron Wood cumple su papel de segunda guitarra a la perfección. Charlie Watts se luce como siempre. Estos tipos parecen ser inmunes al paso del tiempo. ¿Alguien puede asegurar que no van a volver en diez años? Quien escribe estas líneas no se atreve a afirmarlo y cree que, quien lo haga, desconoce profundamente la esencia de esta banda y del rocanrol.

En una entrevista de 1985, Luca Prodan decía: “(…) Nosotros somos rockeros. Yo no pienso que soy un artista como muchos músicos de acá. “El arte… El artista…”, y hablan todo así. ¿Qué artista? Vos sos un tarado con una guitarra. Dale con el rock. ¡Como los Rolling Stones! ¡Esos tipos que son unos viejos y siguen haciendo un rock que parte las piedras…! Ese es el espíritu del rock: rebeldes y reos”. Las palabras de Luca, pronunciadas hace más de treinta años, parecen ser más actuales que nunca. Quien se atreva a contradecir a Luca, que tire la primer piedra.

 

La lista de temas es la siguiente:

1) Start me up.

2) It´s only rock ´n roll.

3) Tumbling dice.

4) Out of control.

5) Street fighting man.

6) Anybody seen my baby.

7) Wild horses.

8) Paint it black.

9) Honky tonk woman.

10) Can´t be seen with you.

11) Happy.

12) Midnight rambler.

13) Miss you.

14) Gimme shelter.

15) Brown sugar.

16) Sympathy for the devil.

17) Jumping jack flash.

18) You can´t always get what you want.

19) Satisfaction.