Tan lejos y tan cerca. El cine de Wong Kar Wai y la Argentina

Por Mariano Pacheco. ¿Qué puede tener en común con nuestra cultura un cineasta chino como Wong Kar Wai? No es un acertijo y tampoco es una pregunta difícil de contestar. La palabra clave es un apellido: Puig. 

Sí, el cineasta chino Wong Kar Wai y el narrador argentino Manuel Puig tienen mucho más que su homosexualidad en común, por la cual se los ha encasillado en cierta supuesta sensibilidad común. Nada de tonterías, el común denominador ha sido una pasión cruzada: así como Puig solía mostrar su “videoteca” cuando le preguntaban que leía; Wong Kar Wai supo declarar, ante la pregunta por sus influencias cinematográficas, que Puig había sido uno de sus principales referentes en cuanto a fuentes de inspiración narrativa. Un breve recorrido por dos creadores un poco incomprendidos por la izquierda y, seguramente también, un poco injustamente tildados de esteticistas.

Con ánimo de amar (2000) y 2046, los secretos del amor (2004) son los dos films que llevaron a que Wong Kar Wai lograra un reconocimiento a nivel internacional. Alguna vez, el Cine Club Eco que se encuentra sobre la calle Corrientes, en la Ciudad de Buenos Aires, proyectó un ciclo con toda su obra. Actualmente, algunas de sus películas pueden conseguirse en los videos club y, por supuesto, buscando en internet, ¡todo se encuentra!

Cuando debutó en la televisión local, a los 19 años, seguramente no imaginó que rápidamente se convertiría en asistente de producción. Mucho menos que sería, a la brevedad, guionista de películas y series televisadas.

Su ópera prima, Wong gok ka moon (As Tears Go By o El fluir de las lágrimas), es de 1988. Le siguieron Dung che sai duk (Ashes of Time o Cenizas del tiempo), y Chungking express en 1994; A-Fei Zhengchuan (Days of Being Wild o Días salvajes), y Duo luo tian shi (Fallen Angels o Ángeles caídos), en 1997.

Wong Kar-Wai nació en Shanghai, en 1958. En 1964 se mudó con sus padres de la China Comunista hacia Hong-Kong. Tenía cinco años y el dialecto que se hablaba en su nueva morada era diferente al que él conocía. Se le hizo difícil hacer amigos. Quizás por eso pasaba las tardes en el cine, junto a su madre. Este dato, aparentemente anecdótico, es sin embargo fundamental para su futura estética cinematográfica. También era común que el niño Wong acompañara  a su madre por los bares de la ciudad, donde escuchaban música latina. “Cuando era niño –recordará años mas tarde– no sabía qué era un bolero, pero ya entonces me fascinaba. Yo los encontraba divertidos, y el ritmo me gustaba mucho. La música latina es muy creativa”.

Años más tarde, muchos de sus personajes que optarán por la soledad y el aislamiento, serán acompañados por boleros como música de fondo. Esto no tiene, sin embargo, que hacernos creer que su mirada sobre el hombre es pesimista. “Es verdad que mis personajes están terriblemente solos, pero quieren dejar de estarlo. Buscan desesperadamente algo: lo malo es que lo que buscan ya pasó. Ahí surge la nostalgia, la culpa y el dolor…”. Lo que en el fondo le preocupa a Wong son los sentimientos del Hombre. “Nosotros queremos saber qué les ocurre a esas personas que no se encuentran nunca”. Por eso, ver una película de Wong Kar Wai es una experiencia que nos traslada a una apertura de la sensibilidad, tanto estética como visual. En su cine no hay grandes historias, ni un desarrollo complicado de argumentos. No es que desprecie los relatos: de hecho trabajó como escritor durante diez años. Pero, según él mismo ha declarado, “la historia es una parte de la película, pero una película no es solamente una historia”. Por eso sus guiones son apenas borradores. Filma y filma y después, recorta, y ahí ve qué es lo que queda.

En su universo, todo está teñido por la nostalgia de la temporalidad, del transcurso del tiempo donde el presente se plantea como algo perecedero. Como si el quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes seremos se planteara como una constante, una suerte de metafísica del tiempo que se escurre. Por eso, quizás, es que pueda parecernos que estamos siempre frente a la misma historia. De hecho, en varias películas, existe una continuidad, a través de personajes que se repiten. Aunque la conjugación de música, colores y planos es seguramente el lugar donde reside su mayor fuerza. En cuanto a la música, Wong dirá que la manera de utilizarla en sus películas es muy impresionista; que cada capítulo o cada historia tienen su propia banda sonora y que cuando escribe, tiene la música en la cabeza. La introducción de música latina (el bolero) y la preeminencia de colores según el film serán dos de sus marcas personales. Si en Días salvajes prima el verde, en 2046 y Con ánimo de amar el color predominante será el rojo.

Uno de los últimos films en esta línea fue Eros (2004, protagonizado por Chang Chen y Gong Li), un corto difundido junto con otros de Michelangelo Antonioni y Steven Soderbergh. En 2008, las pantallas de Buenos Aires proyectaron My blueberry nights (El sabor de la noche), una excepción dentro de su obra, por sus características claramente occidentales (es su debut en lengua inglesa y la historia transcurre en gran medida sobre la Ruta 66, en Estados Unidos), aunque es justo remarcar que mantiene algunos de sus históricos movimientos de velocidad (aceleramiento y desaceleramiento), un entone musical acompañando la historia (esta vez con blues, jazz y country), y una fotografía que no tiene nada que envidiar a sus anteriores obras.

De todos modos, su acercamiento más concreto a nuestra cultura (occidental) ha sido a través de Happy Together, Felices juntos, filmada en Buenos Aires en 1996, basada en una de las historias de Puig (The Buenos Aires Affair), uno de sus principales referentes narrativos, como ya se ha señalado.

Publicada en 1973 e inmediatamente censurada, la tercera novela de Puig fue a parar a la lista de libros prohibidos por el gobierno justicialista. Luego, y tras recibir varias amenazas telefónicas, emprende un extenso viaje por distintos países, desde los cuales va a continuar su producción: El beso de la mujer araña, en 1975 (la novela en donde un preso común le cuenta películas a un preso político); Pubis angelical, en 1979; Maldición eterna a quien lea estas páginas, en 1981. Ese mismo año -viviendo en Brasil- escribe su última novela: Cae la noche tropical. Luego de haber viajado por Estados Unidos, Brasil, Italia, entre otros sitios, se topa con la muerte en México, el 21 de julio de 1990.

Manuel Puig, nacido el 28 de diciembre de 1932 en el pueblo bonaerense de General Villegas, destacó alguna vez que, al igual que Won Kar Wai, solía acudir al cine junto a su madre. El machismo -típico de la época, pero sobredimensionado en un pueblo como el que habita- se le presenta al niño Puig como una sofocante normalidad. De allí que sus por lo menos cuatro visitas semanales al cinematógrafo, aparezcan como lo otro al cotidiano, que estimula su imaginación. Ya de grande, si bien tuvo un paso por las facultades de Arquitectura y Filosofía y Letras, lo suyo, claramente, se fue perfilando para el lado de la narratividad cinematográfica. Que se haya destacado como escritor no contradice la frase precedente, ya que la narratividad de Puig está teñida, entremezclada por el mundo cinematográfico. En 1968, producto de un guión fallido, aparece su primera novela: La traición de Rita Hayworth. Continúa su producción, en 1969, con Boquitas pintadas (donde el género epistolar inunda las páginas), que lo llevará al reconocimiento internacional.

Novela rosa, psicoanálisis, radioteatro, folletín y cine, retazos a partir de los cuales Puig supo, contra viento y marea, hacerse un lugar en la historia de nuestra literatura nacional e internacional. Tanto, que ha llegado hasta la otra punta del planeta. Hasta las lejanas tierras del cineasta Won Kar Wai, quien supo declarar: “El escritor argentino Manuel Puig inspiró mi forma de contar”.