Un año sin Daniel Solano

Un año sin Daniel Solano

Por Nadia Fink*. El pasado cinco de noviembre se cumplió un año de la desaparición de Daniel Solano. Una crónica de las jornadas realizadas; y el surgimiento de la Coordinadora contra la Violencia Institucional de Norpatagonia para seguir construyendo conciencia y unificar reclamos en Río Negro.

El 5 de noviembre pasado se cumplió un año de la desaparición de Daniel Solano. La historia es ya conocida. No importa. Si es necesario, habrá que contarla una y otra vez: Daniel había venido por tercer año consecutivo a trabajar en la cosecha de manzanas para Agrocosecha, una falsa cooperativa que tercerizaba su trabajo para la multinacional Univeg Expofrut. El viernes 4 de noviembre de 2011 se realizaba el primer pago, de unos 800 pesos, lejos de los 2.000 prometidos en el camino desde Salta hasta Río Negro. El reclamo de Daniel se convertiría en huelga el lunes siguiente. Pero el lunes no llegó: ese sábado 5, al menos siete policías lo sacaron del boliche Macuba, lo golpearon, y lo llevaron inconsciente en dos autos hasta perderse en la negrura de la entrada de Isla 92, el balneario de Choele-Choel.

Fue ahí, en ese mismo balneario, rodeado de altísimos árboles, donde la gente del lugar frecuenta los fines de semana en el que el sol empieza a hacerse sentir, donde el domingo cuatro de noviembre se erigió un escenario, se llenó de guirnaldas de colores, parlantes y olor a torta frita para recordar a Daniel, seguir pidiendo por justicia, por la aparición de su cuerpo (aún se esperan las pruebas de ADN del cuerpo que emergió del río en General Conesa, a 80 km de Choele Choel)  y, sobre todo, para que algunas de las prácticas comunes entre poder político, judicial y mafia empiecen a descascararse en Río Negro.

Entonces: música, muestras de fotos, serigrafía, una radio abierta llevada adelante por Asterisco y Guillermina, hiphoperos de Comodoro Rivadavia que también se subieron al escenario para protestar desde su música. Las más de 500 personas que circularon esa tarde ya no oían sólo rumores en Choele Choel: saben que las voces que se corren ya no pueden ser ocultadas, que ante el abuso policial y las complicidades de turno, hay que gritar fuerte…

Y cuando el sol bajaba, la marcha empezó a desandar el camino hasta el acampe que la familia Solano mantiene desde diciembre, frente a la Legislatura. Con los niños al frente y Gualberto, el papá de Daniel, detrás, 300 personas acompañaron el camino y el canto por la ciudad.

El lunes 5 la jornada organizada por la Comisión de Solidaridad y Apoyo a la familia Solano terminaba con una conferencia de prensa en la Escuela 10. Es que otros familiares de pibes asesinados en Río Negro y Chubut se acercaron a expresar su solidaridad, pero también a dar cuenta del accionar sistemático de la policía en esas provincias: allí estaba Julieta, la mamá de Atahualpa Martínez Vinaya (asesinado hace cuatro años en Viedma); María, la hermana de Jorge Pilquimám (asesinado hace 8 años en Bariloche); Roberto, padre de Otoño Uriarte (desaparecida y luego encontrada asesinada en Fernández Oro hace 6 años); César, padre de Julián Antillanca (asesinado hace dos años en Trelew), además de miembros de la CORREPI (Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional). No fue la primera que vez que confluyen en una actividad; ya se habían juntado hacía unos meses para el aniversario de la muerte de Atahualpa. Y en este segundo encuentro decidieron darle forma para coordinar los reclamos a la justicia y los poderes políticos, trabajar juntos, porque todos los casos están impunes.

Por eso, en principio realizarán jornadas los primeros miércoles de cada mes, como fecha fija y paralela, en el que otras víctimas vayan encontrando un punto de referencia para el acercamiento y el trabajo conjunto. Como explica Laura: “Nosotros no somos los familiares del dolor; somos los familiares en lucha”.

Pero siempre que se toca el poder, siempre, los poderosos se enojan, los cómplices se enfurecen y después de esas jornadas varios miembros de la Comisión sufrieron persecuciones y agresiones: balines de aire comprimido disparados a los autos, persecución por las calles de Choele-Choel por parte de Lucas García, hijo del dueño del boliche Macuba (al que el pueblo cantaba la complicidad de su asesinato en la marcha) al auto de Pedro y Mercedes.

Pero ante las amenazas, las situaciones que no parecen cambiar, la prepotencia de quienes se creen con inmunidad para actuar a sus anchas, algunos miembros de la Comisión propusieron redoblar la apuesta: crear  un espacio, la Coordinadora contra la Violencia Institucional de Norpatagonia, con la intención de expandir el trabajo y la lucha hacia otros casos que provengan del abuso policial o institucional en la zona. De esta manera, se amplía el espectro para quienes ya vienen trabajando desde hace un año en aportar a la visibilización de los entramados que subyacen en Valle medio: explotación de trabajadores trasladados desde sus ciudades (principalmente Salta, Jujuy y Tucumán) e instalados en precarias gamelas, complicidad de policía y grupos de seguridad con la custodia y amedrentamiento de los trabajadores; complicidad de los “dueños de la noche”, existencia de prostíbulos (en una provincia en la que la ley los prohíbe), complicidad de los poderes políticos y judiciales. El espacio fue presentado anoche en Choele- Choel, con la concurrencia de algunas autoridades y la adhesión a través de comunicados de la Secretaría de Derechos humanos, sindicatos y organizaciones de todo el país.

Gualberto, junto a su hermano Pablo y a otros familiares que lo acompañan, sigue esperando una respuesta para volver a su Salta natal. Los abogados, que la causa avance hacia los 33 policías separados de sus cargos. El pueblo de Choele, el que se acercó esa tarde, el que caminó por las calles, que haya respuestas y juzgamientos que se extiendan a todos los involucrados en este crimen de un trabajador cuyo pecado mortal fue reclamar un salario digno.

En la tarde pasada del domingo cuatro de noviembre, las banderas con el rostro de Daniel flameaban junto a los de Otoño, Julián, Jorge, Atahualpa, Luciano Arruga y tantas otras banderas con rostros que no vimos nunca, que se pierden en las provincias patagónicas que crecen al ritmo del petróleo y del turismo, de la desigualdad y de la polarización social. Esos mismos rostros que crecen a los costados de las ciudades florecientes de oro negro y camarita digital importada, y que dejan sueños en el camino en nombre del progreso que nunca los roza.


*periodista de Revista Sudestada.