Un líder del pueblo

Un líder del pueblo

Por Nicolás Bauer. Murió Nelson Mandela. Hoy lo lloran hasta quienes hace 30 años lo tildaban de terrorista. Un hombre convertido en símbolo, demasiadas veces manoseado, pero que marcó hondo la historia de los pueblos del mundo.

Nelson Mandela, símbolo de la lucha contra el régimen del apartheid en Sudáfrica y primer presidente electo de aquel país en elecciones libres, falleció este jueves en su casa de Johannesburgo. Tenía 95 años y su muerte fue consecuencia de una infección pulmonar.

Con su fallecimiento se va uno de los últimos grandes líderes del siglo XX, que dio una monumental pelea contra la segregación racial. Paradójicamente, su papel más importante en aquella lucha fue simbólico, ya que pasó la mayor parte del tiempo detenido en la cárcel de Robben Island, cercana a Ciudad del Cabo.

Atacado durante décadas por los gobiernos de los países centrales -Estados Unidos, de hecho, lo consideró junto con su partido, el Congreso Nacional Africano (ANC, en inglés), terrorista hasta 2008-, hoy es llorado por los actuales representantes de las grandes potencias. Barack Obama, presidente estadounidense, dijo que “no habrá otro líder como él”, mientras que David Cameron, el primer ministro conservador de Inglaterra, lo consideró “un héroe de nuestro tiempo”. Irónicamente, en 1987 Margaret Thatcher, máximo símbolo de aquel partido, consideraba al ANC como un grupo terrorista.

Claro que esas lágrimas de hoy pueden explicarse por lo ocurrido a partir de 1994, cuando Mandela llegó a la presidencia de Sudáfrica. La salida del apartheid fue negociada durante cuatro años, luego de su liberación por el presidente blanco del Partido Nacional, Frederik De Kleerk. Por esto, ambos compartieron en 1993 el Premio Nobel de la Paz. Su sola figura modificó el orden político-social dominante, al darle derechos a la enormemente mayoritaria población negra; pero sin tocar un ápice de la política económica. De hecho, entre sus primeras medidas a nivel internacional estuvo el restablecimiento de relaciones comerciales con Estados Unidos y con el retrógrado reino de Arabia Saudita, para luego solicitar el ingreso al Fondo Monetario Internacional.

De hecho, 20 años después de terminado el apartheid, en el país del extremo austral de África el salario promedio de un trabajador negro llega apenas a la quinta parte del de un blanco. De esta manera, el gobierno de Mandela repitió una historia que se había dado en muchos países del continente luego de su independencia en las décadas del 60 y 70: la sustitución, o en este caso la inclusión, de una élite negra en el lugar de la élite blanca que hasta entonces manejaba los hilos del Estado.

A pesar de esto, sin dudas el líder del ANC jugó un factor clave a nivel panafricano. En plena época de retroceso o desaparición de los gobiernos de liberación nacional que siguieron a las independencias (Nkrumah en Ghana, Nyerere en Tanzania, Touré en Guinea, e incluso el tardío de Sankara en Alto Volta/Burkina Faso), su figura fue un factor amalgamante que permitió retomar los sueños de unidad continental.

Con todo esto y mucho más detrás, a Mandela hoy lo lloran su país, su continente y buena parte del mundo. Su efigie, repleta de contradicciones, será siempre símbolo de la lucha por la dignidad de los pueblos oprimidos. “¿Qué libertad se me ofrece, mientras sigue prohibida la organización de la gente? Sólo los hombres libres pueden negociar. Un preso no puede entrar en los contratos”, decía en 1985, cuando el gobierno racista le ofrecía la libertad a cambio de renunciar a la lucha armada.

Bình Luận

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