Un muro nunca es solo un muro

A 30 años de la caída del muro, compartimos una reflexión que analiza el significado de este y otros muros, la vida en el Socialismo Real y los impactos de límites visibles e invisibles en vida cotidiana, lo que se ganó y lo que se perdió con la caída del muro y los desafíos que vinieron después.

Kathrin Buhl (*)

Kathrin Buhl nació el 8 de noviembre de 1961 en Berlín y falleció en diciembre de 2012 en San Pablo. Fue Directora Regional para el Cono Sur de la Fundación Rosa Luxemburgo. Quienes trabajaron con ella destacan su compromiso permanente con las luchas, su coherencia en el respeto a la diversidad de miradas y posiciones, su disposición al intercambio de experiencias y concepciones, su manera de activar en la cooperación internacional con humildad y gran capacidad de escucha, involucrándose activamente en los procesos. En especial, valoraron su manera revolucionaria de dudar de las certezas dogmáticas; la radicalidad en la crítica al capitalismo, al patriarcado, al racismo; su rechazo a la burocracia y a las jerarquías verticalistas; y su búsqueda de experiencias sociales más justas que cuiden la vida que nos rodea y de la que somos parte.

Lo que yo les puedo contar es mi versión de la caída del Muro de Berlín. De cualquier manera, es una versión personal. Las historias se cuentan siempre desde un lugar personal, yo dudo incluso de que exista algo como una “historia oficial”.

Cuando nací, el Muro ya existía, lo quiere decir que no lo cuestionaba tanto, simplemente, porque ya existía. Yo provengo de una familia sin parientes en la otra parte de Alemania, así que tampoco cuando era niña me molestaba tanto esa división. El muro no tenía una influencia tan clara en mi vida cotidiana. Además, me parecía que después de la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, todo el mundo prefería dos Alemanias, un poco más chiquitas y un poco menos poderosas.

¿Cómo era eso de vivir detrás de un muro? Por un lado, era una situación normal, yo por lo menos no conocía otra cosa. Por otro lado, tampoco fue una isla sin salida alguna, siempre existió esa salida hacia Europa Oriental. El muro no tenía puertas, pero sí tenía ventanas. En Alemania Oriental, la otra Alemana siempre estuvo presente, a través de la televisión y de la radio. O sea, cualquier tipo de información tenía dos versiones, por lo menos. A veces, tres o cuatro, pero principalmente, y en una época de Guerra Fría, tenía dos. Lo que significó, también, dudar un poco de que exista una verdad absoluta.

Otro tipo de apertura tenía que ver con una puerta, pero más bien hacia adentro: fue la solidaridad real que existió en la República Democrática Alemana (RDA). Se mostraba, por ejemplo, con la llegada de exiliados y exiliadas, de inmigrantes políticos, chilenos, uruguayos, más tarde de compañeros y compañeras nicaragüenses y salvadoreños, que recibieron tratamiento médico en la RDA. Esto permitía ver la propia realidad con ojos ajenos, extraños. Eran miradas que despertaban discusiones, debates, dudas. Alemania del Este no fue un mundo simplemente cerrado, incluso en una época sin internet, sin correo electrónico, con un sistema de seguridad nacional que controlaba las cartas y muchas otras cosas.

Otra experiencia en ese país que ya no existe, fue que aprendimos muy rápidamente a leer o a escuchar entre líneas. La importancia de la cultura, de la literatura, las películas o el teatro en el Socialismo Real, tenía mucho que ver con que eso representaba, de alguna forma, un tipo de válvula de escape. Muchas veces se interpretaban cosas que no habían sido pensadas por los autores y las autoras tan duramente, como crítica o como propuesta de un socialismo mejor.

En realidad, con la caída del Muro perdimos mucho, y ganamos algunas cosas. Puede que haya sido una sorpresa la forma en que desapareció todo un sistema social y la velocidad con que acontecieron los hechos. Pero la derrota del Socialismo Real como tal, no fue una sorpresa. La mayoría de la gente no dudaba del propósito o la idea de una nueva sociedad en sí, pero se sabía que el socialismo real que vivíamos, no era una alternativa real ni viable. No lo era desde el punto de vista de un sistema democrático con una participación real, porque no existía un debate abierto o una participación independiente del aparato estatal. Tampoco lo era con respecto al sistema económico. Sobre todo porque, por un lado, sí se hizo un intento de socializar, estatizar los medios de producción, pero eso no incluyó búsquedas reales de una alternativa al modelo de desarrollo. Un modelo de desarrollo que no partiera del crecimiento económico a toda costa, especialmente a costa del medioambiente. Los problemas ecológicos que provocó ese modelo de producción fueron un desastre. Si miramos bien, las formas de organización del trabajo colectivo tampoco se diferenciaban mucho de las de una empresa en el sistema capitalista. Lo que sí existía, fue una seguridad social muy clara: el acceso a la educación independientemente de la procedencia familiar o de de las respectivas posibilidades económicas; un sistema de salud y un sistema de transporte público que funcionó, que era barato y eficiente y que evitaba toda esta locura de la movilización basada en el transporte automovilístico.

¿Qué perdimos con la caída del muro? Para mí, lo más importante que perdimos fue un sueño. Probablemente eso tampoco es válido para toda la gente de Alemania Oriental. Nuestra idea, en aquellos tiempos de cambio, fue construir una sociedad más democrática, ver cuáles pudieran ser las formas de conciliar las necesidades económicas y las necesidades medioambientales. Ver cómo se puede organizar una sociedad que también ofrezca autonomía e iniciativa propia, sin criticarla siempre y sin considerarla un peligro para el sistema. Este momento, este instante histórico, empezó más o menos en junio o julio del 1989 y tuvo su punto culminante en una manifestación enorme de medio millón de personas en Berlín el 4 de noviembre. Fue ahí cuando pareció posible el sueño, decirnos: “Sí, nosotros podemos inventar, construir otra cosa que no sea este Socialismo Real, autoritario, ni este Sistema Capitalista, consumista, conservador, que tampoco resuelve los problemas.” Con la caída del muro el 9 de noviembre, se desvaneció esa esperanza. Acabó todo el movimiento popular, que había sido en algún momento un movimiento muy confiable, un movimiento con mucha alegría y con mucho humor. Todos ustedes saben que los alemanes y las alemanas no somos famosos por tener un humor espléndido, pero en este momento sí aparecieron rasgos de humor, de crítica, también de amargura, pero en primer lugar un optimismo y una voluntad de cambiar las cosas. Con la caída del muro, con la apertura al “paraíso de las mercancías”, al sistema capitalista, eso acabó. Esa alegría se convirtió, de alguna manera, en un tipo de nacionalismo que para mí, personalmente, fue una experiencia muy fuerte y muy fea. La consigna fuerte hasta ese entonces: “Nosotros somos el pueblo”, en el sentido de que somos el pueblo soberano, de que nos toca a nosotros tomar decisiones y no simplemente aceptar lo que otros decidan para “nuestro bien”, hablaba de optimismo, de la voluntad de construir algo nuevo. Después de la caída del muro, la consigna se convirtió en “nosotros somos un pueblo único”, que dio lugar a un nacionalismo que, a su vez, muy rápidamente trajo consigo el racismo, una xenofobia brutal que para algunas personas fue letal. La sociedad se metió para adentro, ocupándose casi exclusivamente de asuntos propios, canalizó agresiones y resultó mucho menos solidaria de lo que nosotros nos imaginábamos que pudiera ser posible en el futuro.

Finalmente, también perdimos la seguridad social. Mucha gente perdió su empleo y, lo que quizá es peor todavía, perdió su historia, su biografía ya no valía nada. Las personas de Alemania del este fueron discriminadas de una manera socio-cultural o psico-cultural, lo cual tiene un impacto hasta el día de hoy. Por otro lado, ganamos autonomía. En condiciones difíciles porque, si hablo de ganar autonomía, puedo hablar de mí que sí tenía posibilidades de participación política en las mesas redondas, en organizaciones civiles que surgieron de repente como las flores en la primavera. Pero también estaba aquel conductor de camiones en una aldea remota que simplemente perdió su trabajo y no quedó ni con mucha autonomía, ni mucho menos con la posibilidad de reorganizarse. O sea, algunos sí ganamos esa autonomía, pero muchos otros también perdieron opciones de realizarse. Estábamos acostumbrados a que el Estado resolviera nuestros problemas y nos garantizara las condiciones básicas de vida, también perdimos eso. Por supuesto, no acabó completamente. En comparación con la situación en América Latina, hasta hoy el sistema de seguridad social en Alemania funciona bastante bien, o sea, no es que haya hambre, o el acceso a un tratamiento médico o a la educación completamente vedado. Pero cada vez más, se muestra la exclusión social de los que tienen que vivir del mínimo.

Al mismo tiempo, después de la caída del muro, se instauró el discurso del Fin de la Historia. Fue la época de la victoria del Neoliberalismo: en lo económico, en lo social. Quizás lo peor fue la victoria socio-cultural, o sea, la victoria del discurso neoliberal de la responsabilidad individual: “sálvese quien pueda”, “cada quien es responsable de su destino” y si no logra adaptarse, si no logra “vencer”, ganarse la vida, es un fracaso personal y no un problema estructural de la sociedad. Eso tuvo un impacto en la izquierda. La ex RDA, en comparación con otros países del Socialismo Real es, de alguna manera, es una excepción, ya que la izquierda partidaria como también una parte de la sociedad civil nunca desaparecieron. Pero si miramos a Polonia, a Estonia, a buena parte de la ex Unión Soviética, al ex campo socialista, tenemos que reconocer que una izquierda en ese sentido ya no existe.

Otro resultado interesante es el hecho de que en algún momento, a principios del nuevo siglo, dentro de la izquierda, el eurocentrismo tradicional, también llegó a su fin, porque la nueva esperanza ya no eran los países ex socialistas, sino obviamente lo que aconteció y está ocurriendo, en América Latina. Eso cambió un poco los discursos, pues cambió la discusión teórica sobre lo que podemos hacer después del “Fin de la Historia”, ya que no creemos en este fin de la historia. Experiencias como la de los zapatistas, experiencias de los pueblos originarios, conceptos como el de “buen vivir” entran en un debate de la izquierda internacional en la búsqueda de alternativas reales, posibles, pero que también se diferencien muy claramente de lo que en algún momento histórico fue entendido o percibido como una alternativa posible. Los gobiernos progresistas son una experiencia un poco ambigua, porque muchas críticas que nosotros tenemos o analizamos del Socialismo Real, también se repiten de una u otra forma con estos gobiernos.

Una cierta falta de participación, un cierto alejamiento de los gobiernos con respecto a su base, la necesidad de administrar el capitalismo de una forma que no parece llevar a un modelo radicalmente alternativo, aunque sea mejor que los gobiernos de derecha. Así que analizar las experiencias del Socialismo Real quizás nos pueda ayudar a analizar los caminos que se están dando en otras partes del mundo. Somos nosotros, los y las europeas, las que estamos aprendiendo de eso, y creo que eso es importante.

En 1989, había caído un muro y habían caído muchas mentiras. Habían desaparecido muchas ilusiones, lo cual es duro, lo cual puede ser amargo. Hay muchas personas que habían vivido, habían luchado por otra alternativa, que habían creído que este Estado socialista, que la RDA, era esa alternativa, y para ellas fue difícil, y a veces imposible, analizar y aceptar la derrota. Por otro lado, la desilusión nos da la libertad de buscar algo mejor.

Al mismo tiempo, seguimos viviendo con muchos muros. Algunos son materiales, muros visibles como el muro entre Israel y Palestina, muros en México, muros en las fronteras exteriores de la Unión Europea, muros también entre las favelas y los barrios más ricos como en Río de Janeiro. Muros en urbanizaciones, cerrando barrios en muchas partes en el mundo. Continuamos viviendo con esos muros, pero quizás todavía más difíciles son los muros invisibles, los que no se ven pero que se reconocen, casi instintivamente. Los muros sociales de las “zonas de riesgo” con un nivel de criminalización más alto, el aislamiento y el peligro para quienes son diferentes, sea por el color de piel, por la orientación política, por la orientación sexual o cualquier aspecto que marque lo “diferente”. Muros invisibles son fronteras que no permiten acceder a las necesidades básicas de la vida: educación, cuidado, atención médica, vivienda digna, y otro montón de cosas.

Y, claro, tampoco nos debemos olvidar de otro tipo de muros invisibles: los muros en las cabezas que nos impiden tantas veces unirnos, dialogar, entender la diferencia, aceptar la diversidad. Tenemos muchos desafíos. Uno de mis primeros encuentros con la cultura latinoamericana, con la música latinoamericana, fue “A desalambrar” de Daniel Viglietti. Me estaba preguntando si existe alguna palabra que se pueda aplicar a esos muros, y no sé si “desamurar” podría servir, suena medio feo, pero probablemente ustedes tengan alguna idea mejor que yo. Derribar esos muros—los visibles y los invisibles—es ya un desafío en sí mismo. Y lo que es un desafío todavía mayor, es identificar qué construimos. Claramente, no vamos a construir muros, pero alguna cosa tenemos que construir para evitar esos muros, y entrar en una discusión sobre cómo y donde empezar a caminar. Esto me parece un desafío interesante.

(*) Intervención en el marco de “Contramuros”, una campaña de información y reflexión organizada por la Casa Bertolt Brecht a 20 años de la caída del muro de Berlín, que fue inaugurada en Montevideo en el año 2009.