Una bandera que diga Montoneros

El 16 de mayo de 1976 dos banderas de Montoneros intentaron ser desplegadas en las tribunas del partido que disputaron Estudiantes de la Plata contra Huracán. Y una bala mató al hincha Gregorio Noya. La historia, en las líneas que siguen. 

Por Nadia Fink y Juan Stanisci

“Se ha registrado un tiroteo entre elementos subversivos y personal policial en las inmediaciones del estadio de Estudiantes de La Plata. Se solicita a los  familiares de quienes hayan concurrido a presenciar el encuentro entre Estudiantes y Huracán, que se apersonen en 1 y 57, Ciudad de La Plata, con los documentos de identidad de quienes se encuentren dentro del estadio. Caso contrario el personal policial procederá a la demora o detención de quienes crea necesario”.

Cerca de las 20 hs del domingo 16 de mayo de 1976, más de una madre, un hermano, una novia o hijas e hijos se habrán asustado. “¿Sabés si Jorge fue a la cancha?”; “andá a preguntarle a Carlos si Pascual fue a ver a Huracán”; “Yo le dije que no fuera, que algún quilombo iba a haber, viste cómo está todo en la calle”. El partido había terminado hacía tres horas, pero el público todavía no podía salir. Se rumoreaba que podía haber problemas entre la barra de Huracán y Estudiantes. Hubo problemas. Pero no entre las barras.

“Siga, siga”

Huracán llegaba puntero en el grupo A del Metropolitano de 1976. Visitaba al Estudiantes de Bilardo, que el año anterior había terminado subcampeón del Nacional. Gregorio Noya, hincha de Huracán, tomó el tren Roca ese mismo día junto a su hijo, también llamado Gregorio, para ir hasta el estadio de 1 y 57. “Hoy vamos a la platea –le avisó a su hijo–. Así estamos más tranquilos,  por si llega a haber quilombo”.

Hacía cincuenta y tres días en todas las radios y en todos los televisores se había escuchado: “Las Fuerzas Armadas han asumido el control de la República”. Cincuenta y tres días de calles vacías y falcons verdes que surcaban la ciudad desparramando terror por todas las ochavas y esquinas.

Cincuenta y tres días de desapariciones y asesinatos. Dicen que para que las sociedades digan “siga siga” lo que no debe frenarse es el fútbol. Así fue como, en la noche del 24 de marzo de 1976, la selección Argentina jugó un amistoso contra Polonia. En el ámbito local, el Metropolitano del mismo año jugó la octava fecha en democracia y la novena en dictadura con solo una semana de diferencia.

No lo sabían Gregorio Noya ni su hijo. Tampoco la gran mayoría de los miles de hinchas que fueron a la cancha aquella tarde. Solo un puñado de hinchas de Huracán y otros pocos de Estudiantes estaban al tanto de que, durante el partido, se realizaría la primera manifestación contra la dictadura en un partido de fútbol. Hinchas de los dos clubes habían planeado desplegar banderas  alusivas a Montoneros durante el partido. Lo extraño fue que los de Huracán no estaban al tanto de los planes de los pincharatas, ni los de Estudiantes sabían lo que harían los hinchas del globito de Parque Patricios.

Lo cierto es que, por algún motivo, ambos grupos lo habían planeado en el entretiempo. Mientras fuera del estadio el grupo de Estudiantes de la Plata ataba los globos a la bandera, para que se elevaran; en la tribuna de Huracán un trapo se abría. Decía, en letras negras y mayúsculas, MONTONEROS.

“El objetivo era izar la bandera y retirarnos”, contó Alfredo Bergerot, hoy médico y ayer militante de la JUP en la ciudad de La Plata. La idea era aprovechar la localía de Estudiantes en ese partido. Le contó a la Comisión por la Memoria que “Surge la idea de usar la cancha por la concentración de gente que había y así hacer propaganda. Era una pancarta que decía Videla asesino. Montoneros. La idea era que subiera en el entretiempo del partido o en algún momento del partido, que subiera y así toda la gente, no se la cantidad de espectadores podía haber, la veía. Ese era el objetivo: subir la  bandera y retirarnos”. Alfredo no pudo ser parte del operativo por estar de viaje, pero eso no impidió que fuera detenido al día siguiente y así estar desaparecido por dos años.

La bandera saldría de atrás de la tribuna, atada con globos llenos de gas para que subiera. El problema fue que el trapo se enganchó entre los árboles. Pero, además, los disparos ya habían empezado a sonar unos minutos antes. Eran la reacción de las fuerzas de seguridad a la bandera que decía el nombre prohibido en la hinchada de Huracán: MONTONEROS.

Mientras los de Estudiantes intentaban desenganchar los globos trepados a los  árboleslos que hacían de campana vieron que algo raro pasaba. No atinaron a reaccionar cuando ya estaban llegando los patrulleros.

En el diario no hablaban de ti

La balacera empezó desde debajo de la tribuna. Las fuerzas desplegaron todo su arsenal represivo para que el mensaje no llegara. Gregorio Noya volvía del baño y se sentaba en la butaca para ver el segundo tiempo. “Me pegaron, que traigan una camilla”, alcanzó a decir antes de caer al suelo, puede leerse en el libro Muerte en la cancha, de Amilcar Romero, que reconstruye aquella tarde. La bala que tenía otro destino le había entrado por la espalda y atravesado el pulmón y la columna vertebral.

Los diarios hicieron su parte para desinformar. Aún lo hacen hoy, pero en épocas de dictaduras, lo sabemos, han sido todavía más funcionales. Tanto La Razón como Clarín hablan de tiroteo, disturbios y “un herido”, sin especificar el motivo por el cual Gregorio iba rumbo al hospital y sobreviviría 22 horas.

Clarín no hizo alusión a lo que provocó los “disturbios” y La Razón mencionó las demoras para salir del estadio (se instituyó que toda persona fuera cacheada y chequeados sus documentos antes de salir del predio) el centenar de demorados y menciona a la bandera como “de la organización declarada ilegal en último tiempo”. Una vez más, en algunas pupilas había quedado, a pesar de todo, el nombre en letras negras y mayúsculas: MONTONEROS.

Comisión Asesora de Antecedentes:“16 de mayo de 1976: Fue detenido luego de un enfrentamiento con efectivos policiales luego de finalizar un partido de fútbol en la cancha del Club Estudiantes de La Plata, lugar donde actuó como apoyo de un grupo de Montoneros que procedió a desplegar en el interior del estadio una bandera de la mencionada organización subversiva. Asimismo se tiene conocimiento que el informado habría actuado en agitaciones desarrolladas en el Centro de Estudiantes de Medicina de la UNLP”. Los informes policiales de la época también mentían. Adolfo Vicente Bergerot no fue parte del grupo que intentó izar la bandera fuera del estadio. Sin embargo, fue detenido al día siguiente en la Facultad de Medicina de la UNLP y estuvo desaparecido dos años. Alguien tenía que caer.

Bergerot cuenta que les hicieron firmar las declaraciones después de estar cinco días presos y bajo tortura: “Después de los interrogatorios me sacan, a mí y a otros compañeros, de a uno, y nos llevan, no lo vi, a una especie de oficina, donde yo escucho porque estaba vendado y atado, me toman una declaración policial y al final me la hacen firmar. Una declaración muy armada. Parte de una inexactitud total el acta porque dice que yo participo del acto de la cancha de Estudiantes y a mí me detienen el día siguiente. No estuve en la cancha”.

Los diarios tampoco hablaron de la muerte de Gregorio Noya. Tampoco de Bergerot, su irregular detención y posterior desaparición. Claro que tampoco habían dicho nada sobre el secuestro y desaparición, doce días antes, el 4 de mayo de 1976, del escritor Haroldo Conti. Sí hablaron los diarios sobre el encuentro que Rafael Videla había tenido tres días antes con “destacadas personas de la cultura” entre quienes estaban Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato para poner sonrisas y mantos de piedad.

También  hablaron los diarios, un par de años después, del Mundial que en 1978 intentó ocultar bajo la alfombra las atrocidades de la dictadura. La copa quedó en casa, las calles se llenaron de festejos, Jorge Rafael Videla sonreía desde el palco. Mientras, los gritos y los cohetes artificiales tapaban los gritos de las personas torturadas en los centros de detención; ocultaban los ruidos de los motores de los aviones que realizaban los vuelos de la muerte. Gregorio Noya hijo dejaba de ir a la cancha por un buen tiempo y aún lloraba a su padre junto con su familia. Y un mensaje era inocultable, por más que lo hubieran querido silenciar para siempre: “Videla asesino. MONTONEROS”.