Una hija, Marx y otra saludable opción de lectura

Una hija, Marx y otra saludable opción de lectura

Por Víctor Gómez. Publicada en España a mediados de los noventa pero inédita en Argentina hasta estos días, La hija de Marx es la primera novela de Clara Obligado. La ficción juega en un tiempo político revuelto y azaroso, atravesado por la pasión de seres que buscan algunas redenciones bien terrenales.

Hay verdad histórica que se escribe y que se lee desde un siglo diecinueve sacudido en las turbulencias políticas y sociales de la cuarta parte final de su existencia. Los hechos ocurren entre la ya entonces vieja Europa y una Rusia zarista que reprime o expulsa al pueblo. Los personajes transcurren, a su vez, entre el lujo de sus orígenes, cierta conciencia libertaria y grandes bacanales de sexo. Sí, porque de poder ser una novela histórica en su principio -o en un principio-, La hija de Marx, de Clara Obligado, reeditada por Galerna recientemente, se ofrece como un crisol de búsquedas personales en el medio de grandes ideas y sus consecuentes batallas.

Es así que Annushka Dolgorukov, quizá, uno de los personajes principales y aleatorios a un mismo momento, resume buena parte de la obra -y de su vida-  asombrada ante la mirada ajena, “-¿Me estás diciendo que no tengo ideales? Pues bien, es verdad, no los tengo; al menos no tan grandes y abstractos como para que acaben conmigo sin darme nada a cambio. A mí las grandes ideas de los demás siempre me han estropeado la vida.” Una rica, gozosa y escéptica -o convenientemente liviana-  mujer, ya de vuelta, lo vive y ve todo en clave de presente, de un disfrute que es ya, de inmediato, con la conciencia de no querer tener a tal conciencia -y todo- más allá de su propio deseo.

Annushka es una bisagra sostenida en el tiempo, entramada en su propia saga familiar. En ello se muestra o deja entrever la relación que da el título a la novela, fundada entre un mundo comprobado históricamente -el de los exiliados revolucionarios rusos que recalaron en las principales capitales europeas a fines del siglo XIX y a comienzos del siglo XX-, y entre un espacio dado para la invención, el libre albedrío de la autora, sin más consecuencias de las que puede haber en tal sentido, aunque se planteen todas las conjeturas de “que hubiese pasado si”. Marx nunca tuvo esa hija, aunque nunca se sabe, también y tampoco, puesta la historia a imaginar.

Volviendo a un principio, que es buena parte de muchos párrafos de todo el libro, está, sucede el sexo. El erotismo y el sexo, para ser más precisos, de alguna manera, con esos bacanales mencionados, son recurrentes, con una nueva vuelta de creatividad casi siempre, sumando elementos y personas, que hasta con grados de filiación compartidos se atraen y entreveran a la menor palabra o gesto. Se sugiere en lo explícito, y se deja ver con o sin invitación, tras grandes pliegues y cortinados que se adosan al exilio, a la conciencia ganada que no se riñe con el lujo ni la pomposidad.

Rusia parece quedar tan cerca como lejos, y en esa ambivalencia las personas que son los personajes de esta historia de un mundo hacen lo que quieren, pero mucho más lo que pueden. Natalia Petrovna, Iván Dolgorukov, Lizaveta, Nat, Sacha, Nikólai, Mimina, Eileen son las partes, junto a otras, que llegan, desde aquel destierro, a París, a Londres, y, ocasionalmente, a Nueva York. Mencionan al pueblo oprimido, pero nada dicen de cómo será ese tiempo nuevo que asegurará la libertad. No es ese un asunto suyo, por cierto, pero tal vez es que tampoco quieren saberlo, si es que hay alguna chance de atisbo cuando del futuro se trata. Están y en sus circunstancias, de amores y desamores para siempre, los seres puestos en escena conspiran, pelean e intuyen los grandes acontecimientos que jamás podrán calcular o soñar.

La hija de Marx, primera novela de Clara Obligado, publicada en 1996 en España, donde la autora vive desde que tuvo que exiliarse a mediados de los setenta, es, como puede leerse por ahí, una obra que puede recorrerse tanto desde el erotismo y la sensualidad, así como desde cierto humor e ironía. Ellos, sentidos y personajes, se ven atravesados todo el tiempo por lo trascendente y lo pequeño de las existencias, como en otro mundo, aunque el mundo se les vaya desarmando en pedazos. Serán las grandes ideas, o serán las debilidades que pueden o no asumirlas. El mejor indicio es en esta obra, en cualquier caso, el esmero por el cuidado de la palabra. Un hecho palpable e irrefutable, alentador cuando en cualquier momento, un día de estos, se anden con ganas de leer y perderse en algún camino de buena literatura.

 

Ficha técnica:

La hija de Marx

Clara Obligado

224 páginas

Editorial Galerna

Buenos Aires