Una historia de nunca acabar

Por Ramiro Bringas.

Segunda entrega del especial sobre “fútbol y violencia”. Esta vez, los hechos sucedidos hace unas semanas en las canchas argentinas son el disparador para las líneas que siguen.

En el fútbol vernáculo, el siga siga que nada ha pasado es moneda corriente. Claro que no hace referencia a la frase popularizada por el ex árbitro Francisco Lamolina, sino porque la violencia no se detiene y las soluciones no aparecen. A pesar de que se tomaron medidas irrisorias, como prohibir la asistencia de los visitantes a los estadios, los conflictos entre barras siguen existiendo, esta vez entre los del mismo cuadro, como ocurrió el otro fin de semana hacia adentro de las barras de Quilmes, por un lado, y la de Tigre, por otro. Se suspenden sectores de tribunas por algunos partidos, pero los proyectiles vuelven a caer semanas después, como es el caso de Godoy Cruz. Se juegan partidos sin público, quitándole una de las cosas más lindas que tiene el fútbol: el color y el calor de los hinchas. Sin embargo, la violencia sigue diciendo presente.

Esta vez, fueron varios los episodios de violencia ocurridos en los estadios. El domingo, un hincha de San Lorenzo falleció tras caer al vacío en el encuentro que el local jugó ante Huracán, aunque se desconoce el motivo. Dicha caída provocó que fuera lastimado Esteban Otero, hincha del Ciclón que se encontraba en el playón, y todavía está internado. El fin de semana pasado, los jugadores de Huracán salieron con una bandera en apoyo a él. Pero hubo más: Jorge Anca, directivo de Huracán, denunció que un grupo de simpatizantes de club de Boedo rompió las rejas que separaban los sectores de la hinchada y de las directivas e intentaron agredirlos. En las afueras del estadio, la barra brava visitante, que no podía acceder al estadio por la prohibición que existe, agredió a hinchas cuervos que volvían a sus hogares. Por suerte, no pasó a mayores.

En Mendoza, durante el cotejo que disputaron Godoy Cruz y Lanus, un masajista del equipo visitante fue herido por un proyectil procedente de la parcialidad rival minutos antes del comienzo del partido y tuvo que ser operado por un desprendimiento de córnea. Por este hecho, el conjunto cuyano deberá jugar sin público su próximo encuentro como local ante Independiente. Sin embargo, aparece la pregunta de siempre: ¿Debió darse inicio al partido o” debería haberse suspendido?

En Quilmes, cuando promediaba la primera mitad, hubo disturbios entre barras de la parcialidad por, según algunos testigos, cuestiones meramente políticas. En el entretiempo del encuentro, la policía detuvo 18 personas. Algo similar sucedió en el encuentro que enfrentó a Tigre y Atlético Rafaela. Según fuentes policiales, los disturbios entre barras bravas se produjeron por cuestiones relacionadas “al dinero y diferencias políticas entre personas que responden al partido que lidera el ex intendente del municipio, Sergio Massa”.

Mientras tanto, los dirigentes se lavan las manos. Después de cada hecho violento, salen a hablar a través de los medios para tratar de explicar lo inexplicable. Pero son ellos mismos quienes conviven y alimentan a los agresores. Les dan entradas, liberan la zona junto a la policía, evitan entregar las listas de admisión, les dan trabajo en el club, y así podemos seguir con la lista de beneficios.

¿Quién se acuerda a esta altura de cuando Javier Cantero, en ese entonces presidente de Independiente, intentó plantar la bandera contra los barras bravas? En ese entonces, y hasta hora, lo dejaron solo. Porque no es fácil, porque es un trabajo a largo plazo, porque se necesita colaboración de los dirigentes futbolísticos pero también políticos.

Entonces, habrá que seguirse preguntando si alguna vez se terminará la violencia; si se podrá ir a ver al quipo propio cuando juega de visitante (algo que parece ya tan lejano)… Y más: ¿Por qué pagan todos los hinchas por irresponsabilidad de un par de mercenarios o de la ineficiencia dirigencial? Preguntas y más preguntas que, por ahora, no tienen respuesta. O quizás sí la tengan, aunque habrá que seguir esperando por ellas.