Y Barrientos le pegó de 50 metros

Por Ricardo Frascara. Como si hubiera despertado de un sueño profundo de meses, Pablo Barrientos, el volante de San Lorenzo, anotó un gol el lunes ante Estudiantes que produjo un reacomodamiento de ideas en la mente de este cronista.

La semana pasada lo llamé aburrido, indolente y desteñido a Pablo Barrientos. El lunes, con su aparición en La Plata, me retrucó: marcó un gol espectacular desde 50 metros, apenas cruzada la línea de mitad de cancha. Es decir, el Pitu recuperó su cara brillante. No hay nada que hacer, en fútbol nada está escrito ni es fijo. Desde que volvió de Catania el año pasado, el jugador que surgió en San Lorenzo en 2003 y jugó dos temporadas en Rusia y varias más en Italia, recién ahora aguzó su vista y volvió a ver el arco. A los cinco minutos de haber reemplazado al Pipi Romagnoli, Barrientos clavó la pelota en un ángulo casi desde una distancia en que el arco no se ve. Explotó Boedo, el Pitu volvió.

Mientras la pelota volaba y en las tribunas comenzaban a abrirse las bocas y templarse las gargantas para gritar el golazo, me acordé una vez más de que, pese a la inhabilidad generalizada en nuestras canchas, el fútbol sigue siendo el resultado de la “dinámica de lo impensado” –ya ni hace falta que mencione a Panzeri, esta expresión llega siempre con su firma– y en esa calificación quedó incluido este gol de Pablo Barrientos, quien en 220 partidos oficiales en distintas canchas del mundo, anotó 46 goles.

El del lunes me hizo mover la mente y el primer antecedente de un gol similar surgió nítido: el que José Luis Chilavert le marcó al Mono Burgos en 2006, desde el círculo central de la cancha. Inolvidable, como lo será éste. También el goleador estrella Martín Palermo le anotó, pisando la línea del medio del campo (desde 62 metros), a Independiente. Fuera de nuestras canchas, en México, jugando por el América en 2009, Rolfi Montenegro metió el mismo golazo. Y el último bombazo de este tipo lo anotó el año pasado, también en México, jugando por Pachuca, el cordobés Daniel Ludueña, exactamente igual en ubicación, distancia del tiro y caída de la pelota que el que vimos el lunes en La Plata.

Son ponchazos, dirán algunos; una carambola, dirán otros; lo cierto es que se trata de fútbol. Porque un gol de ese tipo tiene incorporadas virtudes naturales que de pronto se juntan en una simple patada a la bola: oportunismo, decisión, confianza, potencia y puntería. De todo eso se compone la explosión de un segundo. Gracias Pitu por desmentirme.