Yo me muero como viví: crónica de la agitada despedida a Maradona

En medio del llanto colectivo y la represión de las fuerzas de seguridad, el último adiós a Maradona fue un corto sobre su vida: desorden, pasión, amor colectivo y llanto a mares. Todo con el telón de fondo del poder acechando sobre el pueblo.

Por Iván Barrera / Foto: Hernán Vitenberg

¿Cuándo comienza un adiós?, ¿y cuándo termina? ¿Empieza con la primera lágrima o con la última sonrisa?, ¿termina en el abrazo o en el aceptar que una parte nuestra se acaba de ir?

El jueves, cuando el cielo celeste se tiñó del blanco de los gases lacrimógenos arrojados por la Policía Federal, pensé en los adioses pendientes, en la cantidad de almas que se quedaron con las ganas de despedir al pibe de Fiorito, de darle el último adiós a esa parte de su vida tan singular y tan particular que solo une conoce. Quienes lo vieron jugar, quienes escucharon hablar de él, quienes gritaron sus goles con la oreja bien pegada a la radio, quienes lloraron, quienes aprendieron, quienes lo odiaron en todas y cada una de sus actitudes destructivas para con él y para con el resto, quienes lo vieron en video, quienes escucharon sus historias de sus madres, padres, abueles.

¿Qué significa Diego para vos? Una pregunta con 40 millones de respuestas. Pero una pregunta, también, que a persona alguna deja exenta de respuesta. Y de respuesta efervescente, pasional… la indiferencia nunca fue una palabra asociada a su figura.

Maradona nació de las entrañas del pueblo, vivió en el pueblo, llevó el pueblo en cada una de sus camisetas y fue enterrado por el pueblo. Maradona logró lo que ningún gobierno, ningún mundial, ningún slogan ni ninguna publicidad berreta pudo: juntar a cientos de miles de personas en las calles, luciendo sus camisetas, sus gorros, sus pilusos, sus cadenitas y sus banderas, de todos los equipos, de acá, de afuera, de selecciones. Un pueblo futbolero unido, abrazado, que derramó las mismas lágrimas, lució las mismas sonrisas, compartió anécdotas nuevas o las que escuchamos mil quinientas veces; todo mientras cantaba canciones de cancha. Y eso sí, canciones que mostraban el amor por el Diego, porque las camisetas quedaron de lado por un rato y los cantos de cuadro propio, también.

Se respiraba una interminable caravana del pueblo futbolero que solo fue interrumpida por un cordón policial, un “acá no pasa nadie más” De cualquier forma la fiesta siguió, las canciones brotaron, las anécdotas siguieron girando, alguna que otra entrevista y el que no salta es un inglés y el que no salta es un botón, expresión que bien supo acuñar el homenajeado.

Ni el paso del tiempo, ni el sol que arremetía sin piedad contra las cabezas, ni la incertidumbre de qué estaba pasando pudo siquiera pausar el fervor popular. Fue tal vez por eso mismo que la policía intentó, probó apagar a bastonazos tanto fuego. De arremetida, entre canción y canción, el cordón policial comenzó a empujar con sus escudos y luego de que la gente los calmara, comenzaron a llegar motos y motos, con policías que hacían posturas circenses y se paraban amenazantes y haciendo equilibrio, aún lejos de llegar al cordón. Y ahí, también, el comienzo del adiós.

Tirar gases lacrimógenos hacia un grupo de gente que ya estaba llorando desde antes, desde mucho antes, me parece poéticamente estúpido. Esa poesía que sólo pueden escribir las fuerzas represivas. Mira si voy a llorar por tus gases, lloro porque se me da la gana, lloro porque una parte de mí se está muriendo, lloro porque no puedo despedir esa parte de mi infancia que está encerrada en un cajón, que está contenida en este llanto, en este grito de gol que me anularon. Lloro porque nos están mandando a la B con un equipazo. Lloro porque vos, que no entendés nada, me apuntás con un arma y yo, que sí entiendo, no tengo más que un corazón que se parte. Lloro porque se me parte el alma de ver a mi alrededor tanta gente llorar. Tirá todos los gases que quieras, yo lloro porque no tengo más que una camiseta pegada al corazón y una angustia que va de Fiorito a Nápoli ida y vuelta.

En el tumulto, en las corridas, vi a un tipo tirado en el suelo. Pienso que le dieron, que lo alcanzaron las balas de goma o los gases no lo dejaron respirar, pero no. A él le cortaron las piernas de la peor manera. El tipo llora desconsolado, abrazado a una foto suya con el Diego. Llora y no puede siquiera abrir los ojos para ver a la policía que acecha con sus escudos y sus motos cada vez más cerca.

-Vamos, guacho, levantate. Cuando se calme todo entramos

-No puedo

-Dale, dale que ahora se va la yuta y entramos

-No puedo, hermano, no puedo

Era todo lo que repetía, “no puedo”. ¿Con qué piernas se iba a levantar?. Lloraba y se hundía en la foto, abrazado a la foto, abrazado a Diego, abrazado a su infancia, abrazado a todo lo que significaba para él despedirse del Pelusa. Abrazado a ese adiós.

Nos cortaron las piernas, nos cortaron la despedida, pero no pudieron apagar el fuego. Los abrazos que se replicaban en la dulce espera se multiplicaron en medio de la represión. Maradona se despidió del pueblo haciéndose pueblo, así, contradictorio, revoltoso, desprolijo, bochinchero, así, volviéndose canción, abrazo de gol y abrazo de llanto, transformándose en mil banderas de mil equipos distintos, siendo insulto a la autoridad, como la que enfrentó a lo largo de toda su vida.

Chau, Dieguito, nos vamos de la plaza con las zapatillas desatadas, las medias bajas y la cabeza en alto. Nos vamos con el corazón hecho pelota de trapo, con el barro en las rodillas y la mirada en el cielo. Nos vamos con ganas de hacer jueguito con una pelota o con una naranja, con las ganas de tirarle un caño a la yuta ida y vuelta, porque a este pueblo no se le escapa la tortuga. Chau mostro, mandale un beso a doña Tota, de parte nuestra y de la redonda.